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25 may. 2017

Kevin Carter y los buitres de la profesión


Al mismo tiempo en que yo nacía, del otro lado del mundo miles de niños se estaban muriendo de hambre. Kevin Carter tenía una misión: fotografiar todo lo que sucedía en África del Sur en la crisis de hambruna más grave de su historia.

En 1993 viajó a Sudán. Estuvo un día entero fotografiando el pueblo Ayod. Cuando terminó se fue hacia el bosque. De pronto escuchó gemidos. Un niño escuálido estaba tirado en el piso. Pero, según explicó, no podía hacer nada. Le habían advertido y prohibido que no tocara a las víctimas de la enfermedad. Un buitre se paró cerca de él con una mirada hambrienta. Carter no podía hacer nada: decidió quedarse allí hasta que el buitre se fuera. “Encendí un cigarro, hablé con Dios y lloré”.

El New York Times publicó la foto y lanzó a la fama a Kevin Carter, tanto que ganó el premio Pulitzer. Pero la fotografía generó un debate que cambió la vida del fotógrafo: cuál era el límite de su trabajo.

Fue su fotografía más exitosa pero lo llevó a una depresión de la que nunca pudo salir. Un año después se suicidó. En una carta explicó el porqué: “Esa foto es la más exitosa de mi carrera. Pero no la puedo colgar en mi pared. La odio. Estoy atormentado por los recuerdos vividos, por las matanzas, los cadáveres, la ira y el dolor”.

¿Qué pasó con ese niño? Según se pudo saber, sobrevivió al buitre y a la desnutrición. No obstante, a sus 14 años falleció por fiebre palúdica, una enfermedad producida por la picadura de un mosquito de terrenos pantanosos.

¿Por qué volvemos a esta foto?

En un mundo cada vez más marcado por enfrentamientos, los fotógrafos juegan un papel fundamental.

En abril de 2017 un fotógrafo se volvió viral al llorar por un niño muerto en Siria. Cientos de autobuses se iban de Alepo para salvar la vida de miles de ciudadanos. Sin embargo, un coche bomba explotó cerca de ellos e hizo que 126 personas murieran. Entre los fallecidos había 80 niños. Abd Alkader Habak fue enviado a cubrir la salida de todos los ciudadanos, pero se encontró con otra realidad: una imagen llena de muerte, fuego y niños. Decidió olvidar su rol como fotógrafo y ayudar a los más pequeños. Pero, uno de esos niños no sobrevivió, murió en sus brazos. Y Habak se desplomó y lloró: todos sus intentos habían sido en vano.

Este fue un caso de una persona que decidió hacer a un lado su trabajo. Pero, ¿cuál es el límite? En el caso de Carter si él ayudaba al niño de otra manera, podía morir. En el caso de Habak, el incendio y los escombros también podían afectarlo.

Por citar otro ejemplo: el caso de Omran Daqneesh, el niño sirio que fue fotografiado cubierto de polvo y sangre. Una bomba destruyó su barrio y su hogar y fue rescatado. Mientras esperaba a ser atendido, un fotógrafo capturó la imagen que se convirtió en el símbolo del terror de la guerra siria.

Los fotógrafos no deben olvidar su rol como ciudadanos ni tampoco la ética que conlleva su profesión. No obstante, a veces es imposible actuar. En esos casos, la fotografía quizá no permita salvar esa vida, pero sí otras vidas. Con una imagen, millones de personas pueden comprender lo que sucede en otra parte del mundo y actuar para cambiar la situación.

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