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10 mar. 2013

Huérfanos de Chávez


Hugo Chávez Frías abrió, desde Venezuela, el camino de un cambio histórico en América de Sur. En 1999, legitimado por los votos de sus conciudadanos, inició una batalla en solitario contra el aluvión neoliberal que sumía en la más profunda pobreza y desesperación a cientos de millones de latinoamericanos. En la Argentina gobernaba el hijo dilecto del Fondo Monetario Internacional, Carlos Menem, quien esta semana fue condenado por contrabando de armas a Croacia y a Ecuador. Los destinos de Perú estaban en manos de Alberto Fujimori, otro neoliberal a ultranza con vocación de genocida, y siguen las firmas. Lula, un trabajador, se perfilaba como posible presidente de Brasil, pero ese horizonte estaba todavía demasiado lejos. En esa soledad batallaba Chávez, después de romper con los votos la hegemonía de un bipartidismo reaccionario que se había alternado en el poder durante décadas. Y aprovechando esa soledad –en muchos aspectos parecida al aislamiento cubano– fue que a principios de 2002 los sectores más retrógrados de la sociedad venezolana, apoyados por el Departamento de Estado norteamericano, intentaron derrocarlo mediante una nueva modalidad de golpe, el golpe mediático. Pero el pueblo de Venezuela salió a la calle y abortó el intento.

Ese camino que Chávez abrió en soledad pronto se transformó en la ruta de otros estadistas latinoamericanos dispuestos a defender, es cierto que con matices, los intereses de sus pueblos y rescatarlos del abismo en el que los habían sumido las recetas del capitalismo financiero internacional: Luiz Inácio Da Silva en Brasil, Néstor Kirchner en Argentina, Rafael Correa en un Ecuador al que le habían robado hasta la moneda, Evo Morales en Bolivia, el Frente Amplio en Uruguay, por nombrar a los más notorios. El punto más alto y simbólico de ese cambio de vientos en la región fue la reunión del ALCA en Mar del Plata, en noviembre de 2005, donde Néstor Kirchner le dijo que no al sometimiento que pretendían los Estados Unidos en las propias narices de George W. Bush, mientras a pocas cuadras de allí, Hugo Chávez protagonizaba una contracumbre histórica.

Desde entonces, América latina no es la misma. Sigue siendo una región postergada, pero la mayoría de sus países han entendido que la defensa de sus intereses nacionales es imposible sin una estrategia conjunta, subcontinental. El Mercosur ampliado, la Unasur, el Banco del Sur y la Celac muestran hasta dónde han llegado, aunque es imposible no ver lo que aún falta.

Ahora, la muerte de Hugo Chávez abre nuevos interrogantes para Venezuela y para la región. La primera pregunta apunta a precisar –algo imposible en este momento– cuáles son los alcances y cuáles son los límites de un chavismo sin Chávez. También, ahora sin Chávez, hay que volver a analizar las realidades del resto de los países del subcontinente. No se trata, a pesar de muchas coincidencias estratégicas, de una región homogénea. En Ecuador, Correa acaba de ser nuevamente elegido como presidente por una mayoría abrumadora; Chile viene oscilando entre un reformismo tibio y un neoliberalismo también tibio, encarnado por Fernando Piñera, que nunca se mostraron dispuestos a ponerle límites claros a los mercados; Uruguay, hoy presidido por José Pepe Mugica, tiene un frente gobernante bajo cuyo paraguas se mueven sectores con intereses muchas veces contrapuestos; Brasil, primero con Lula y ahora con Dilma Rousseff, lleva una década en un camino que lo confirma como la mayor potencia regional, pero ahora con un reparto más justo de sus riquezas; Honduras y Paraguay, en cambio, han tenido el triste privilegio de ser los primeros países de la región donde ha tenido éxito un golpe blando; y Colombia, que oscila entre dos derechismos que parecen no tener oposición de otro signo: el del recalcitrante Álvaro Uribe y el más civilizado de Juan Manuel Santos.

En la Argentina, por último, la realidad muestra que existe un solo partido capaz de gobernarla con cierta estabilidad, pero es imposible dejar de ver que ese partido, el justicialismo, es un aparato de poder cuya única ideología permanente en sus más de sesenta años de existencia ha sido precisamente ésa: el poder. Y que cuando se trata de utilizar ese poder, el justicialismo ha demostrado ser capaz de aplicar las políticas más disímiles, desde el neoliberalismo a ultranza de Carlos Menem al progresismo de los Kirchner. Y de albergar en sus filas –en lugares de poder– tanto a revolucionarios como a delincuentes, a políticos honestos y a corruptos, a verdaderos militantes y cuadros populares tanto como a oportunistas de los más apestosos pelajes. Y se podría seguir. Hoy su desafío es sostener y profundizar las políticas aplicadas por el kirchnerismo en la última década.

Esta es la región que ahora queda huérfana de Chávez. Es mucho lo que se ha construido y que difícilmente sea posible derrumbar. Pero lo cierto es que, sin Hugo Chavéz, el cielo latinoamericano tiene menos estrellas que interrogantes.

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