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9 mar. 2013

Un síndrome de orfandad recorre América del Sur


La muerte de Chávez genera una sensación de desamparo similar a la que produjo la de Perón y Kirchner.

Algunos politólogos sostienen que no hay populismo sin liderazgo fuerte. Tal vez sea porque esos modelos denostados por el pensamiento mundial ilustrado, interpretan de tal modo las necesidades de las mayorías, que sus conductores se convierten en referentes indiscutibles. O a la inversa, porque para imponer cambios estructurales que perjudiquen a intereses concentrados sean necesarios fuertes liderazgos.

Sea como fuere, está claro que la muerte de Hugo Chávez plantea un momento crucial a los venezolanos, porque no será fácil ocupar el enorme espacio vacante que deja el líder bolivariano en su país y en América Latina.

Los perdedores de las transformaciones ocurridas en Venezuela durante 14 años se esperanzan con la posibilidad de que estallen fracturas inconciliables en el bloque gubernamental, que incluye ni más ni menos que a las fuerzas armadas. Pero ese partido recién comienza a jugarse.

En la Argentina, el país latinoamericano en el cual el líder bolivariano posee mayor nivel de adhesión según una reciente encuesta, el kirchnerismo divide aguas de un modo similar al del chavismo. Es más, para ahuyentar al electorado moderado, los conservadores locales agitan el fantasma de la "chavización" del modelo. Un triunfo allá, se celebra o se padece acá, según desde donde se lo mire. Los pobres de los ranchos de Caracas lloran la muerte de Chávez como lo hicieron los excluidos de las villas miserias argentinas por Kirchner. "Hombres como Chávez no se mueren nunca", dijo Cristina Fernández.

De todos modos, hay algunas peculiaridades en ambos procesos: el máximo referente del Frente Amplio Progresista (FAP), el socialista Hermes Binner, confesó que hubiera votado por Henrique Capriles en las últimas elecciones en las que Chávez obtuvo el mismo porcentaje de votos que Cristina Fernández al ser reelecta. Esas declaraciones encresparon a los dirigentes de izquierda que integran el FAP, que ya se habían tenido que tragar el sapo de que el santafesino exhortara a los trabajadores a no reclamar aumentos de sueldo, porque eso impactaba en la inflación. Como si ellos fueran los responsables de las remarcaciones de precios que hacen los empresarios.

El socialismo del siglo XXI que impulsó Chávez es una expresión heterodoxa de las versiones marxistas clásicas. No se planteó abolir totalmente la propiedad privada, pero está muy lejos de haberse aguado como lo hicieron la mayoría de los socialistas argentinos que siguen a Binner, quienes repiten los errores de 1955 y continúan sin entender las causas populares.

El sucesor de Chávez, Nicolás Maduro, no tendrá escrito qué hacer ante cada reto que le plantee la realidad, como tampoco lo tenía Cristina al perder a su compañero. Pero ambos tienen en claro qué es lo que no deben hacer y quiénes son sus enemigos.

El pueblo venezolano padece hoy el síndrome de orfandad que invadió a los argentinos el 1 de julio de 1974, cuando murió Juan Domingo Perón. Aquella desaparición física devino en tragedia, pero los latinoamericanos de bien esperan esta vez una historia distinta.

El 27 de octubre de 2010, los argentinos volvieron a padecer la muerte de otra figura central del escenario político nacional y regional. Junto a Chávez, el entonces presidente argentino bordó una alianza estratégica que, entre otras jugadas, enterró al ALCA en la histórica cumbre americana de 2005 en Mar del Plata, de la que George Bush se retiró humillado.

Si bien Kirchner no murió como presidente en funciones, ya que gobernaba su compañera con plena identificación con el modelo, su partida quebró la alternancia entre pingüino y pingüina. La biología le puso fecha de vencimiento constitucional al gobierno kirchnerista.

Con todo, una fuerza acostumbrada a bregar desde la adversidad, no se entregará fácilmente. Chávez fracasó en 2007 cuando su pueblo votó mayoritariamente contra la reelección presidencial indefinida, pero la obtuvo al insistir en 2009, cuando logró más del 54% de votos favorables a una enmienda constitucional que lo habilitó a recibir el último veredicto. A ambos gobiernos los caracterizó la voluntad política. Carlos Menem, una bestia política de otro color, consiguió la reelección luego de amenazar a la oposición con un plebiscito y tras ganar las elecciones legislativas de medio término con el 40%, lo cual definió un escenario político que empujó a los radicales a pactar. El riojano fracasó en cambio al pretender una re-reelección, cuando las condiciones políticas le eran desfavorables y Eduardo Duhalde le dió una cucharada de su propio remedio, al amenazarlo con un plebiscito en la provincia de Buenos Aires. En suma, la re o la re-re dependen del escenario político, del humor social y de la situación económica.

Eso es lo que explica que pese a que la presidenta de la Nación diga ante la Asamblea Legislativa que no se va a reformar la Constitución, que los cambios en la justicia no serán una excusa para introducir la reelección indefinida, sus allegados continúen insistiendo.

Muchos no le creyeron porque recordaron que en marzo de 2011, en el mismo escenario, también había puesto en duda su postulación para las elecciones en la cuales arrasó meses después.

Cualquier dirigente de fuste sabe que una fuerza política no se suicida conscientemente; mucho menos cuando lidera un proceso de cambios que sería desbaratado si el futuro gobierno no garantiza la continuidad. No es difícil imaginar qué haría Capriles en Venezuela con las empresas nacionalizadas por Chávez o con las "misiones" que son estrategias sociales con los cuales cambió la vida de los pobres. Tampoco hay que ser adivino para predecir que con Mauricio Macri o cualquier otro exponente de la derecha argentina, retornaría la furia privatista y la adoración del mercado. El alcalde porteño lo dijo claramente: "Esperamos que nosotros no sigamos nada de Hugo Chavez", señaló con una coherencia que, tal vez, no tuvo Binner. ¿O sí?

Quienes están muy cerca de la presidenta dicen que no habla de la re-reelección, pero saben que la decisión de ser o no candidata nuevamente, va más allá de sus deseos, algo que –por otra parte– ella misma admitió públicamente.

En el gobierno, la ética de la obligación se impone a cualquier consideración personal. América Latina es pródiga en ejemplos de hombres y mujeres que entregaron su vida a jirones antes que el poder. Perón ya no estaba en edad de gobernar cuando asumió por tercera vez. A Kirchner le avisaron que debía retirarse: "Se cree Superman", le decía Carlos Zannini. Evita no paró de trabajar hasta morir. Chávez ganó un nuevo mandato enfermo de cáncer. Todos dejaron su huella.

Que Diana Conti insista en plantear la re-reelección de Cristina, ya no es noticia. Suma en cambio que la avalen dos gobernadores como el mendocino Francisco Pérez y el tucumano José Alperovich. Pero que lo hagan dos pingüinos de raza como el secretario Legal y Técnico de la Presidencia, Carlos Zannini y el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido, revelan que el intento va en serio. Y no es que no hayan escuchado a la presidenta el viernes 1 en el Congreso, sino que están dispuestos a generar un escenario que habilite a Cristina. Para ello, la condición sine qua non es obtener una victoria resonante en las próximas lecciones legislativas. Nadie puede predecir si lo lograrán.

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