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15 ene. 2015

¿Quién teme a Alexis Tsipras?

Angela Merkel acaba de lanzar su amenaza. Si Tsipras gana dentro de unos días la elección en Grecia, este país debería salir de la zona del Euro. Y, claro, esto constituiría la ruina definitiva para los griegos. En cambio, según es fácil entender, si gana Nueva Democracia todo seguiría muy bien por ahí. Finalmente sólo se trata de 3 millones de indigentes en un país de 11 millones de habitantes, de algunos centenares de suicidios cada año, de la hambruna de muchísimos hombres y mujeres.

A eso se le llama en Europa “democracia representativa”. Eso es lo que puede leerse en doctos manuales de “ciencia política” en los que el miedo político a exorcizar es el “extremismo” y la “polarización política”. Ahora bien, no hay cosa más extremista que los dichos actuales de la Merker y, en general, de toda la monserga de las oficinas imperiales sobre la seguridad jurídica, la libertad de mercado y el rechazo del estatismo. Son extremistas porque minan cualquier terreno en el que pudiera crecer lo que ellos llaman “moderación”. ¿Qué sería moderación en el caso griego? Sería, por ejemplo, que Grecia renegociara su impagable deuda en formas que le permitieran recomponer su macroeconomía, su tejido productivo y, ante todo, su viabilidad en términos sociales. Leí por ahí en una publicación española que un triunfo del Syriza griego desalentaría el crecimiento de Podemos en España porque el “verdadero Tsipras” es un negociador moderado, a la manera de la socialdemocracia, que viene negociando su eventual gestión con los capos de la Comisión Europea (es decir con los tecnócratas intelectuales orgánicos de los grandes grupos financieros). O sea que el hombre no sería más que un clásico socialdemócrata. Ahora imaginémonos por un momento que eso fuera así; que la Merkel y la Unión Europea consienten una solución de emergencia racional y negociada con el primer gobierno populista emergente de la debacle europea. Para llamarse solución tendría que poder interpretarse como aflojamiento de la cuerda que hoy aprieta el cuello de millones de griegos. ¿Cómo se leería no solamente en España, sino también en Portugal, en Italia y hasta, por qué no, en Francia?. ¿Cómo es esto? ¿Así que la socialdemocracia –como política real y no como decorado histórico de los bipartidismos descafeinados del neoliberalismo europeo- puede existir en un país europeo? Sería difícil recomponer la credibilidad para las derechas clásicas tanto como para las nuevas derechas escondidas en las burocracias “socialistas” de esos y otros países, que han estado diciendo todo este tiempo que la obediencia a la Comisión Europea y al FMI era lo único posible y que cualquier otro proyecto conduciría al caos.

Por eso el mensaje extremista de Merkel. Hay que construir un cordón sanitario alrededor de la pobre Grecia. No tanto preparándose para eventuales futuras quiebras de la zona de Euro sino para un objetivo más concreto e inmediato: impedir que Tsipras gane la elección o para bloquearle toda posibilidad de armar un gobierno de coalición aún en el caso de ganarlas. Habría otra posibilidad, la de domesticar al populismo griego, arrinconarlo hasta que no le quede otra alternativa que virar a la socialdemocracia, no a la de los años del Estado de bienestar sino a su actual versión degradada. Pero eso sería un suicidio para la nueva fuerza griega, porque su marco obligatorio sería la continuidad del desastre humanitario en el que hoy está envuelto su país. Sería consentir el paro, el abandono del Estado a una gran parte de su población, la sumisión plenaria a los poderosos de Europa y del mundo y el estancamiento de la política griega. No parece haber suficientes estímulos capaces de llevar a una fuerza que acaba de irrumpir en el tranquilo paisaje bipartidista y neoliberal, por el camino de una prematura involución hacia la democracia representativa de los manuales.

Por todo eso, por el avance impetuoso de Syriza, por la respuesta destemplada del imperio, por la descomposición social y política en Grecia, también por el nuevo marco cultural creado por los procesos transformadores en América Latina…por todo eso hay que seguir muy de cerca lo que pasa en la cuna histórica de la democracia, que, como sabemos, significa en griego poder del pueblo.

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