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15 ene. 2015

Veinte muertos en sólo 56 horas de terror

Fogonazos en el mercado kosher debido al asalto de fuerzas especiales francesas.

Los acusados por la masacre en el semanario murieron en el asalto policial contra la imprenta donde se habían refugiado. También fue abatido uno de sus cómplices, que había tomado rehenes en un supermercado kosher al este de París.

La densidad del miedo y la amenaza se cernieron como una nube de mal agüero sobre el cielo de París a lo largo de una jornada sin precedentes al cabo de la cual los ejecutores de las doce personas asesinadas en el semanario satírico Charlie Hebdo murieron en el asalto final contra la imprenta, situada a 45 kilómetros de la capital francesa, donde se habían refugiado en las primeras horas de la mañana con un rehén adentro. A ese hecho que conmovió al mundo se le sumó otro de un dramatismo extremo cuando Amedy Coulibaly, uno de los cómplices de los hermanos que perpetraron el ataque contra la revista francesa, Chérif y Said Kouachi, secuestró a decenas de personas en un supermercado judío al este de París, el Hyper Cacher.

El país se encontró de pronto con dos secuestros simultáneos organizados por la misma banda y conectados entre sí debido a las condiciones fijadas por Amedy Coulibaly para no ejecutar a los rehenes retenidos en el supermercado de París: el secuestrador, que en la víspera había asesinado por la espalda a una mujer de la policía municipal, exigió que las fuerzas del orden desalojaran la localidad de Dammartin-en-Goële, donde los hermanos Kouachi estaban atrincherados con un empleado de la imprenta. Las fuerzas de seguridad tomaron la decisión de responder de la misma manera. En vez de negociar con los secuestradores lanzaron un ataque simultáneo en Dammartin-en-Goële y en París. Los dos hermanos Kouachi salieron de la imprenta a enfrentar a la policía armados con fusiles Kalashnikov y fueron abatidos. El rehén, que se había escondido en el interior, salvó su vida. El desenlace del secuestro colectivo de París fue más sangriento. El presidente francés, François Hollande, confirmó la muerte de cuatro rehenes y del secuestrador, Amedy Coulibaly, un delincuente de 32 años que se convirtió al Islam radical y que pasó en total dieciocho años en la cárcel. Coulibaly no era un desconocido para la policía. Salió de la cárcel en marzo de 2014, luego de haber sido condenado a cinco años por haber participado en los preparativos para permitir la fuga de un miembro del grupo terrorista GIA, Grupo Islamista armado.

En un mensaje a la nación, el jefe del Estado llamó al país “a la unidad”, recalcó que esa era “la mejor arma” al tiempo que reconoció que “aún no hemos terminado con todas las amenazas de las que Francia es blanco”. François Hollande ocupó el terreno político con su manera de conducir públicamente la gestión de esta crisis. En su declaración, el presidente dijo que había que ser “implacable frente al racismo y al antisemitismo” y que Francia debía ser capaz de “responder a los ataques por la fuerza pero también con solidaridad. Somos un pueblo libre, que no cede a ninguna presión, que no tiene miedo porque defendemos un ideal más grande que nosotros”. Y a quienes están tentados de utilizar estos hechos con fines políticos y hacer de los musulmanes los culpables de todo, François Hollande les dijo que rehusaba toda “amalgama, toda facilidad, toda escalada. Esos iluminados nada tienen que ver con la religión musulmana”. Veinte muertos en 48 horas, dos tomas de rehenes paralelas, París paralizado, miles de policías desplegados, unidades especiales en plena acción y helicópteros sobrevolando la capital. Francia atravesó el viernes una jornada alucinante donde una franja minoritaria del islamismo radical puso en vilo al Estado y a la sociedad y tendió una trampa política de la que no será fácil salir. Por lo pronto, François Hollande puede contar con el respaldo de sus pares europeos. El presidente confirmó que asistirá en persona a la gran marcha republicana contra el terrorismo que tendrá lugar en París este domingo, a la cual asistirán otros jefes de Estado: la canciller alemana Angela Merkel, el jefe del gobierno español Mariano Rajoy, el primer ministro británico David Cameron, el presidente del Consejo italiano Matteo Renzi y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. A partir de aquí las cartas se mezclan con otros colores. La presencia en la calle del presidente francés se justifica. En cambio, resulta menos claro que dos dirigentes comprometidos con oscuras maniobras se unan a un movimiento republicano y cívico: se trata de Mariano Rajoy, que preside uno de los ejecutivos más cuestionados de Europa por la corrupción y sus políticas de ajuste, y Jean-Claude Juncker, el presidente de la Comisión Europea, ex primer ministro de Luxemburgo, defensor a ultranza de los paraísos fiscales e implicado en maniobras fraudulentas para hacerles ahorrar impuestos a las empresas de sus vecinos europeos.

Después del dolor se va a imponer la inevitable pugna por el espacio político que esta crisis permite recuperar. La primera que empezó a disputarlo fue la líder de la extrema derecha, Marine Le Pen. En medio del drama todavía sin resolver, la dirigente del Frente Nacional propuso que se restableciera la pena de muerte para los casos de terrorismo. En busca de ganar más posiciones, Marine Le Pen se mostró molesta con François Hollande porque el presidente no la invitó oficialmente a la marcha republicana de este domingo. “No voy a romper los retenes policiales”, dijo Marine Le Pen en tono de crítica. Sin embargo, la unidad nacional propuesta por los promotores de la marcha, en lo concreto el Partido Socialista francés, tiene los límites que le impone la misma ideología xenófoba e islamófoba del Frente Nacional. El primer ministro francés, Manuel Valls, recordó que la convocatoria de este domingo apunta a una manifestación destinada “a defender ciertos valores, entre los que están la tolerancia, la lucha contra el racismo, contra el antisemitismo, contra los actos antimusulmanes. No es una manifestación por la pena de muerte”.

El islamismo radical plantó una bandera de guerra en el corazón de la república. Para ello jugaron a varias puntas, inclusive la de la abierta provocación antisemita al haber elegido como blanco un supermercado kosher situado en un populoso barrio multicultural de la capital de Francia. El escenario de este viernes negro se empezó a esbozar la víspera cuando los hermanos fueron identificados en una estación de servicio del norte de París. Con un auto Peugeot robado, se dirigieron en la mañana del viernes hacia la capital, donde fueron localizados otra vez. Un retén de la gendarmería los bloqueó, pero los dos hombres lograron esconderse en una zona industrial de Dammartin-en-Goële, en el norte de París. Entraron en la imprenta CTD Creation Tendance Decouvert y dejaron salir al gerente mientras uno de los empleados se escondía dentro de los locales. Es lícito resaltar que los hermanos Kouachi tenían una misión que cumplieron como soldados. Asesinaron a los periodistas y a dos policías pero en ningún momento agredieron a los demás civiles que se cruzaron por su camino, ni a los propietarios de los autos que robaron, ni a los otros empleados de la imprenta. Datos convergentes dan cuenta de que las fuerzas especiales intentaron primero negociar la liberación del rehén que tenían en su poder así como su rendición. Said y Chérif Kouachi respondieron que querían “morir como mártires”. El canal de televisión BFM TV consiguió entrar en comunicación telefónica con Chérif Kouachi por la mañana y con Amedy Coulibaly por la tarde sin que se sepa con exactitud el contenido completo de las conversaciones. Las acciones protagonizadas por los hermanos Kouachi y su cómplice, Amedy Coulibaly, habían sido “sincronizadas” con anterioridad, según reveló al canal el mismo Coulibaly. El hombre también precisó que los hermanos Kouachi eran miembros de Al Qaida en Yemen, que los financiaba el imán Anuar al Aulaki, y que él era un miembro del Estado Islámico (EI).

Quedan ciertos momentos confusos por aclarar. Primero: cómo es posible que un comando tan aguerrido, entrenado y decidido como el de los hermanos Kouachi llevara con ellos los documentos de identidad que fueron encontrados por la policía en el auto con el que cometieron el atentado en la revista francesa. Dos: no se entiende aún por qué Amedy Coulibaly se expuso a que lo reconocieran al asesinar el jueves en la localidad de Montrouge a una mujer policía. Fue precisamente su identificación la que les permitió a los servicios de seguridad establecer con certeza que Coulibaly formaba parte de la banda de los Kouachi. Todavía se desconoce también el paradero de su compañera, Hayat Boumeddiene, de quien se sospecha que estaba con él cuando ingresó en el supermercado judío de París y logró escaparse en el momento en que los rehenes fueron liberados. Fuentes de la investigación revelaron a la prensa que Amedy Coulibaly intentó comunicarse por teléfono con varios secuaces para pedirles que atacaran otros blancos, especialmente comisarías situadas en la periferia. En una de esas llamadas, el secuestrador dejó mal colgado el teléfono y la policía pudo escuchar lo que estaba sucediendo adentro y decidir así el mejor momento para el asalto final. “Estaba muy tranquilo y sonreía”, contó uno de los rehenes que salió ileso. Muchos se salvaron también gracias a que lograron esconderse en las heladeras del supermercado.

Francia vivió 56 horas de horror, de intimidación y de miedo. La policía tardó dos días en identificar a los terroristas que perpetraron la matanza en Charlie Hebdo, en localizarlos, en decodificar la composición de la banda y, finalmente, en dar con ellos y abatirlos. Un tiempo breve que impidió que hubiese más víctimas. La herida se respira aún en la naciente madrugada de París. Y será mayor en los próximos meses con dos amenazas latentes, una de ellas para los derechos individuales, la otra para la limpidez de la democracia. La primera atañe las medidas suplementarias que el ejecutivo se verá forzado a adoptar en materia de represión y prevención. Tal y como ocurrió con el 11 de septiembre de 2001, los ciudadanos perderán muchos de sus derechos. El ex ministro de Justicia socialista Robert Badinter –el hombre que abolió la pena de muerte en los años ’80– ya advirtió: “No es con leyes ni jurisprudencias de excepción que se defiende la libertad contra los enemigos. Si esto ocurre, sería una trampa que la historia ya les tendió a las democracias. Aquellas que cedieron a esa tentación no ganaron nada en eficacia represiva, pero sí perdieron mucho en términos de libertad, y sobre todo de honor”. La otra amenaza la encarna la extrema derecha. Los lobos europeos de esta corriente política ya se frotan las manos en toda Europa calculando el beneficio político que sacarán de estas espantosas jornadas de muerte, duelo e incomprensión.

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