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4 jun. 2015

La batalla por el electorado

Una crisis capitalista supone una brutal paliza con destinatario asegurado. La crisis global no solo no se ha detenido, sino que avanza en Europa y el resto del mundo. En la Argentina, los índices de producción industrial, tanto físicos como monetarios, al igual que las horas trabajadas, confirman idéntica tendencia. Claro que una tendencia no se manifiesta con la misma intensidad en cada lugar. En Caracas no pasa lo mismo que en Porto Alegre, pero la necesidad de defenderse de sus terroríficos efectos resulta homologable.

Los apaleados por la crisis actúan en consecuencia, intentan resistir, pero para hacerlo deben construir, reconstruir instrumentos políticos. Es evidente que los partidos del ciclo anterior han sido colonizados por la bancocracia globalizada. Por tanto ya no sirven. Al tiempo que los sindicatos –en medio de una ofensiva conservadora generalizada– no alcanzan para torcer el rumbo. Las movilizaciones de repudio a las reiteradas políticas de ajuste no han impedido su puesta en ejecución, pero dieron lugar a movimientos sociales y políticos que expresan la nueva tendencia: no bajar los brazos.

En España la derecha tradicional, el Partido Popular, acaba de ser impiadosamente derrotado en las últimas elecciones, y el socialismo español no solo no ha sido el principal beneficiario de ese retroceso, sino que resultó la segunda víctima. Y otro tano ya había sucedido en Grecia. Esto de contar que lo peor ya pasó, cuando la experiencia muestra otra cosa, encontró su límite. Los votantes no son sicóticos; blanco sobre negro: el partido de Mariano Rajoy agotó su batería discursiva, ya no tiene nada que ofrecer, y los españoles lo saben. Pasado en limpio, el orden político existente, sometido a la lógica de una crisis que no amaina, no soporta el veredicto de las urnas.

Nadie debiera ignorar el nombre y apellido de las "futuras" víctimas; buena parte lo sabe de antemano, o lo termina averiguando en el transcurso de la crisis, pero también están los que deciden no enterarse, lo que aun así repiten conductas políticas esperando un milagro que no ocurre: la vieja y peluda mayoría amorfa. Para poder no enterarse es preciso que el agua no te llegue al cuello, y que la experiencia de los demás no te importe. Más aún, que los responsabilices de lo que les sucede. Un fragmento de las víctimas potenciales está profundamente convencida que a ellos no les pasará nada. Que saben cuidarse solos. Y claro, votan "ideológicamente". La realidad por cierto no se deja impresionar, y los suicidas potenciales se transforman finalmente en suicidas reales.

Pero más allá de estas experiencias circunscriptas, al tiempo que generalizadas, la reflexión de alguna densidad sobre cómo remediarlas es francamente muy pobre. No faltan los socialistas genéricos que proclaman su rechazo al capitalismo, y propician una salida a la crisis que de ningún modo sintetiza la experiencia de la derrota pasada. La caída del Muro de Berlín, la implosión de la URSS, el derrumbe del welfare state, el éxito de una contrarrevolución conservadora, no les han merecido una evaluación conceptualmente significativa. Y claro, su manifiesta falta de influencia –incluso donde son votados– los transforma en propagadores de una voluntariosa impugnación moral sin correlato político. La izquierda radical le debe a la sociedad global un balance de una derrota histórica. No estoy diciendo que bastaría ese aporte para cambiar las cosas, pero sin sistematizar las experiencias de semejante cachetazo el mañana no les pertenece.

No es el único balance posible. Están los que solo defienden la "autonomía de la política". Sin ignorar que el capitalismo global existe, postulan una suerte de regulación que lime sus aristas de mercado. Carta Abierta expresa esta formulación política; y queda claro que fuera de sus filas, esta versión del progresismo local, no ha encontrado mayor cobijo en otra toldería. No se trata de que no haya "intelectuales" dispuestos a pensar políticamente, sino del lugar que esa producción tiene al interior de la actividad real. Ni el macrismo, ni el frente radical socialista referenciado en Margarita Stolbizer, otorgan semejante lugar a ningún think tank, con lo que traban su posibilidad de existencia.

De la lectura del documento que ayer publicara Página 12, donde Carta Abierta expone una suerte de balance de la gestión K, queda claro que defienden abiertamente un candidato para las elecciones de octubre. En la tapa del mismo diario, Florencio Randazzo contesta un reportaje poco complaciente. Al hacerlo queda claro que las ideas fuerza de sus réplicas y los argumentos de Carta Abierta coinciden. No se trata de ninguna caza de brujas, el ministro tiene perfecto derecho a utilizar esa caja de herramientas, tanto como yo de señalarlo. Dice Randazzo: "El valor más importante que se va a definir de cara a 2015, y creo que el legado mayor que deja Cristina Kirchner es si la política sigue siendo autónoma o no". Escribe Carta Abierta: "Tensión por la hegemonía, choque de proyectos y autonomía de la política, que en el capitalismo sólo se constituye con la escisión entre gobierno popular y poder real, han sido los pilares sobre los que se construyó la dinámica reparatoria y de transformación radical". ¿Qué se puede añadir?

Argumentos y política
Poder popular y ciudadanía integral, para Carta Abierta, "no son conceptos asimilables a la fetichización del Estado". Para los intelectuales K es "imprescindible desarrollar una estrategia de la continuidad del kirchnerismo fundada en la capacidad de las fuerzas populares para actuar con autonomía respecto de la dinámica estatal".

Vale la pena detenerse frente a esta última afirmación: autonomía frente a la dinámica estatal. Si algo revela el enfrentamiento político en la sociedad argentina es su "falta de autonomía" de la dinámica estatal. No hay un solo candidato que no sea funcionario en algún nivel: gobernador, intendente, ministro, o al menos legislador. No estoy diciendo que un legislador resulte igual que un gobernador, lo que estoy señalando es que no se ha construido ningún liderazgo por fuera de los que facilita la gestión del estado.

Para que se entienda. Lula antes de ser presidente era un importante dirigente sindical, no el gobernador de Pernambuco. Este no es el caso ni de Néstor Kirchner, ni de Mauricio Macri, ni de Sergio Massa, ni por cierto el de Daniel Scioli o Florencio Randazzo. No es el movimiento el que eleva a su dirigente, sino un dirigente que ¿confluye? con una cierta propuesta. Más aun, la propuesta de "profundizar" en la huella - un clásico del nacionalismo popular – solo tiene defensores entre las agrupaciones militantes. Acaba de salir publicada una larga entrevista, con formato de libro, que Horacio González le hiciera a Jorge Taina. Se trata de la vida y los sueños de un candidato a presidente que no fue, y que si bien fuera ministro de Relaciones Exteriores de Cristina Fernández, remite en cierto modo a la reclamada autonomía discursivamente defendida por Carta Abierta.

Cuando Randazzo en Página 12 exige precisiones de Scioli, cuando se pregunta sobre cuál es el verdadero gobernador, el que tiene como asesor económico a Miguel Bein o el que defiende los logros de Axel Kicillof, plantea un argumento atendible. Bein sostuvo que el acuerdo con los fondos buitre debía hacerse, y como Kicillof actuó en otra dirección otras condiciones de negociación resultan practicables. Aun así, una maliciosa inquisición no puede evitarse: Carta Abierta encontró un modo de no postrarse ante el gobernador de la provincia de Buenos Aires, o se trata de dos proyectos genuinamente diferenciados.

Solo podremos saberlo si Randazzo termina siendo el candidato presidencial, y además gana las elecciones nacionales. En caso contrario, uno de los postulados del documento de Carta Abierta, la restauración conservadora, se terminará por abrir camino. Algo queda claro, la voracidad de la política nacional ya se ha deglutido a Sergio Massa, por eso el colorado de Narváez está tan enojado, y cuando se enoja – quién lo ignora – alguien en alguna parte cobra.

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