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29 ago. 2015

En Europa hay ataques neonazis y sólo atisbos de humanitarismo

Por Es noticia corriente el drama humanitario de los inmigrantes. Esas tragedias tienen como denominador común las guerras y la extrema pobreza. Recrudecen ataques xenófobos y sólo un par de gobiernos europeos muestran atisbos de comprensión.

El drama de los inmigrantes es revelador de las injusticias flagrantes del mundo globalizado y capitalista. Por eso la corriente de gente huye de Siria, África, Afganistán, etc, y no de Alemania, Suecia ni Francia, que -por el contrario- son las metas para centenares de miles de personas, en rigor millones si se cuentan dos o más años de ese éxodo.

Conviene no aburrir con cifras, pero las oficinas de refugiados de la ONU, Acnur; la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y dependencias europeas, estimaron que de enero a julio casi 300.000 personas arribaron a Europa procedentes de aquellos países empobrecidos o donde la guerra pone en serio riesgo sus vidas. Esas agencias creen, con fundamentos, que cuando termine el año 2015 aquella cifra habrá alcanzado el medio millón, superando en mucho la del año anterior.

Las rutas de llegada a Europa son básicamente dos.

Una, desde el norte de África, particularmente de los puertos de Libia, por vía marítima hacia Italia, que es un camino relativamente más corto pero también más mortal pues el grueso de los 2.300 muertos en lo que va del año ocurrió allí. Lo de “vía marítima” es una forma de decir porque en realidad son viejos barcos atestados de gente, que en muchos casos terminan hundiéndose con su valiosa carga.

La otra arranca generalmente en Turquía y de allí pasa a Grecia, a alguna de sus muchas islas, para dirigirse al norte, vía Macedonia o Serbia, hasta Hungría, integrante de la Unión Europea y firmante del Tratado de Schengen, que permite el libre tránsito de las personas dentro de los países miembros. Cuando este pacto se firmó, en 1985, estaba pensado para luxemburgueses, franceses, ingleses, alemanes, belgas y otros ciudadanos del Primer Mundo. Nunca quiso ser un pase libre para los hambrientos libios, senegaleses, sirios y afganos.

La ruta griega viene siendo más usada por las constantes tragedias en el mar cerca de Libia e Italia, al punto que ha crecido un 750 por ciento el número de inmigrantes que la emplearon en el primer semestre de este año en cotejo con igual lapso del anterior. De hecho el número de muertos es mucho mayor en el corredor marítimo enumerado más arriba.

Fenómeno imparable

Lo que indican los números es que la inmigración desde África y Turquía es un fenómeno imparable. Los gobiernos europeos han intentado de todo, menos soluciones humanitarias, y han fracasado. Su política principal fue dejar sola a Italia y lavarse las manos, algo en lo que los británicos son especialistas. Los operativos supuestamente humanitarios como “Mare Nostrum”, Frontex y otros, podían rescatar una parte de las personas que ya estaban en el agua, mientras la mayoría moría ahogada, y no atendía a las necesidades sociales. Querían impedir o reducir el número de inmigrantes, para que la vieja Europa siguiera viviendo más o menos apaciblemente, al menos sin esa presencia molesta de africanos y asiáticos que además obliga a los estados a invertir ciertos dineros en programas para éstos, creación de empleo, viviendas, etc.

De allí que los gobiernos de la UE redoblaron sus muros de contención, como en Macedonia y Hungría, tratando de blindar sus fronteras (el ultraderechista norteamericano Donald Trump quiere hacer lo mismo en los 3.145 km del límite con México). España hace otro tanto en sus enclaves africanos de Ceuta y Melilla. En isla griega de Kos los inmigrantes son encerrados en estadios de fútbol sin agua ni comida, y cuando hay reclamos terminan reprimiéndolos. Las fuerzas de seguridad de Macedonia también les pegan palos, tiran balas y granadas lacrimógenas, sin complejos.

Hasta abril de este año los gobiernos europeos encabezados por Alemania se reunían en Bruselas para acordar blindajes antiinmigración y programas de expulsiones rápidas, como válidas para los 28 socios de la UE.

Esa política fracasó pues la ola inmigratoria se hizo más alta e irresistible. Angela Merkel y sus colegas estudiaban si iban a dar “luz verde” a 10.000 refugiados con los papeles listos en Turquía, cuando el drama, según la estadística de las Naciones Unidas, abarca a 6.100.000 refugiados de Siria, Eritrea, Somalia, Irak, Mali y Nigeria.

Culpa de la OTAN

Además de las multinacionales y bancos que saquearon y pauperizaron a África -tal la causa general de la pobreza y subdesarrollo de ese continente- hay que enfatizar en las guerras como motor del actual fenómeno de la inmigración.

Se pueden poner dos ejemplos y ambos arrancan en el 2011: Libia y Siria.

En el primer caso la OTAN, o sea Estados Unidos y sus socios europeos, armaron a la oposición libia y generaron una guerra para sacar del gobierno y asesinar a Muammar Khadafy. Libia hoy no tiene un gobierno unificado y las milicias y mafias gobiernan determinadas regiones y hacen negocios grandes con el petróleo. Un negocio menor, pero lamentable, es el de los grupos mafiosos que embarcan a desesperados por huir rumbo a Italia o a donde sea, que generalmente mueren en el mar o en el mejor de los casos llegan con una familia diezmada a Sicilia o Calabria.¿De quién es la culpa de la guerra en Libia? Claramente de la OTAN.

El otro caso se refiere a Siria. También en 2011 las potencias occidentales financiaron y armaron al Ejército Libre de Siria y una coalición política opositora al presidente Basher al Assad, queriéndolo asesinar como al líder libio. Lo peor de todo es que, tal como les advertía el presidente sirio, estaban apoyando a Al Qaeda y sucedáneos, como terminó siendo el ISIS o Estado Islámico. Este califato criminal con sus atentados terroristas asoló Irak y Siria, con incursiones en El Líbano y Turquía.

Uno de los resultados fue que -de la población siria de 23 millones de habitantes- más de cuatro han buscado emigrar. Ellos son la espina dorsal de la columna de inmigrantes que vía Turquía quiere llegar a Europa. La pregunta se repite. ¿De quien es la culpa de la guerra en Siria? Otra vez, claramente, de la OTAN.

Esos imperios atacaron a Libia y Siria, con un resultado negativo tremendo: miles de muertos, inestabilidad política, aumento de grupos terroristas como ISIS y drama humanitario que se vuelve en su contra. El único que se mantiene lejos, geográficamente, es Estados Unidos. Italia y Grecia quedan más cerca...

Neonazis versus aspirinas

La contención del problema mediante muros fronterizos y operativos navales fue un fracaso total. Además, desde el punto de vista político, para buena parte de la humanidad, no toda por supuesto, el drama de la inmigración no debía ser resuelto con los medios represivos. El alcalde italiano de Palermo, por ejemplo, cuestionó que los gobiernos europeos estaban actuando con esas pobres personas con la lógica de los nazis de setenta años atrás.

En esa misma línea crítica, el Papa dijo en junio en Turín que “el migrante es víctima de esta economía del descarte”. Otros obispos retomaron esa línea humanitaria y se armó flor de polémica con la derecha italiana de Forza Italia y Liga del Norte, que cuestionaron al Vaticano. La derecha italiana, como la de otros países, se encrespa y agita cuando aparecen inmigrantes, pues su veta es esencialmente xenófoba. Además, si tienen recetas de ajuste y pobreza para con sus propios ciudadanos, mucho más para con llegados del extranjero (personas pobres, obvio, si fueran empresarios e inversionistas les darían una calurosa bienvenida).

El desbarajuste político europeo es casi total. Está en crisis el tratado de Schengen, que permite la libre circulación de personas pues los inmigrantes que pongan pie en Budapest, por ejemplo, podrían seguir viaje a Alemania o Suecia. Hungría, con su derechista presidente Viktor Orban, está erigiendo un segundo y más alto muro para contener el alud proveniente de Serbia. ¿Darán por finiquitado aquel tratado? El premier británico David Cameron debe desear dinamitar el Euro túnel para obturar el camino de llegada de esos indeseables a su Reino Unido.

Al calor de esas políticas antiinmigración volvió a levantar cabeza la ultraderecha xenófoba, con Marine Le Pen del Frente Nacional francés y el NPD neonazis alemán, que agredió al centro de recepción de refugiados en Heidenau, Sajonia, sur de Dresden. Para esos fascistas, como para el premier húngaro Orban, los refugiados son sinónimo de delincuencia, terrorismo y desempleo.

Llegado a ese punto de ataques a los extranjeros, la canciller germana tuvo un buen gesto, pues declaró: “es repugnante ver cómo los extremistas de ultraderecha y los neonazis están expresando su odio, pero también es una desgracia ver cómo ciudadanos alemanes, e incluso familias con niños, los apoyan. Alemania respeta la dignidad de cada persona”.

Como respaldando esas palabras con ciertos hechos, se supo que Alemania y Suecia están recibiendo el 43 por ciento del total de inmigrantes y que Merkel elevó a 800.000 las solicitudes de asilo que su país espera recibir este año. El dato es auspicioso, si se cumple, aunque es una aspirina grande y no una solución para los más de 6 millones de refugiados que tiene el inventario de la ONU.

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