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27 sept. 2015

Francisco en el estiércol del Diablo

El papa Francisco llegó a la capital del “estiércol del Diablo”, el término que el Pontífice había usado anteriormente para calificar al sistema capitalista, algo que ya ha generado grandes expectativas y preocupaciones a políticos famosos, líderes religiosos, organizadores comunitarios e inmigrantes anónimos, en el cuarto país por número de católicos en el mundo.

El Papa, con su mensaje central de condena a la extrema desigualdad económica y su llamado a un cambio estructural junto con la paz y la defensa de inmigrantes, predica en un país en que todos estos temas ocupan el centro del debate político y electoral. Francisco recorre un país con la mayor desigualdad económica desde 1928, que mantiene las guerras más largas de su historia y donde se intensifica el clima antimigrante en el contexto de la pugna electoral y el fracaso de una prometida reforma migratoria.

Aunque el marco religioso y político histórico de Estados Unidos es protestante, más de uno de cada cinco adultos estadounidenses se considera católico (activos e inactivos). Como denominación religiosa, la católica es la más grande, con cálculos de entre 72 a 81 millones que se identifican como católicos. Un 35 por ciento de los estadounidenses afirman haber sido criados en un hogar católico, según un sondeo del Public Religion Research Institute (PRRI).

La Iglesia Católica se está transformando demográficamente, ha perdido unos 32 millones de fieles en las últimas décadas (hoy día, 15 por ciento de los estadounidenses se identifican como ex católicos), pero a la vez es rescatada por el ingreso de los latinos –en particular los inmigrantes latinoamericanos–, la minoría más grande del país.

De hecho, los inmigrantes ahora representan casi 28 por ciento de los miembros de la Iglesia, y los latinos en conjunto son 34 por ciento, según cifras del PRRI. El cambio ha sido dramático y rápido: a principios de los ’90, la relación era de 10 católicos blancos por cada católico hispánico; hoy día esa relación es de menos de dos por uno.

Eso también ha generado un cambio geográfico en su presencia, con dramático crecimiento en el sudoeste y el sur, mientras continúa la hemorragia de feligreses en el nordeste, incluso en lo que antes eran sus puntos más poderosos, como Nueva York, Boston y Filadelfia.

Francisco, en su discurso ante el Congreso de Estados Unidos, pidió la abolición de la pena de muerte y el fin del comercio de armas. En un discurso de alto contenido político y moral, el Pontífice no dudó en abordar asuntos muy controvertidos en el país anfitrión, como el cambio climático y la política migratoria. Jorge Mario Bergoglio, que citó varias veces a Abraham Lincoln y a Martin Luther King, ha animado a respetar a los inmigrantes y a acoger con generosidad a los refugiados, rindió homenaje a los indios nativos por los sufrimientos padecidos y ha exhortado a no combatir a los enemigos exteriores con espíritu maniqueo y con métodos que alimentan a los enemigos interiores.

Sin embargo esta peregrinación no está libre de escollos: once cardenales estadounidenses publicaron un libro la semana pasada en el cual advierten contra cualquier relajamiento en la prohibición de la comunión a católicos divorciados y que se han casado de nuevo, reportó The New York Times.

Pero por otro lado, liberales dentro y fuera de la Iglesia celebran un tono más cordial y abierto del Papa, y ofrecen como ejemplo que cuando se le preguntó si condenaba la homosexualidad respondió: “¿Quién soy yo para juzgar?”.

De hecho, las bases católicas son más liberales que sus jerarcas, y ven al Papa más acorde con ellos que los obispos (en gran medida porque los jerarcas fueron nombrados por los antecesores conservadores de Francisco). En un sondeo de Centro de Investigación Pew, por ejemplo, 39 por ciento de los católicos opina que la homosexualidad no es pecado, y 54 por ciento opina lo mismo de parejas no casadas.

También llega a una Iglesia que no ha superado los escándalos de los abusos sexuales de curas y su encubrimiento por las jerarquías que no sólo aceleró la deserción de fieles, sino que costó decenas de millones en gastos legales y pagos a víctimas. El éxodo de nuevas generaciones de ésta como de otras religiones organizadas no se ha revertido, como tampoco la deserción de mujeres por la renuencia a cambiar a fondo sus posiciones sobre sus derechos dentro y fuera de la Iglesia. Todo esto ha llevado a la clausura de parroquias, de escuelas católicas y a la reducción en las filas de curas y monjas.

Sin embargo, este Papa goza de una amplia percepción positiva entre el público en general, mucho mayor de lo que goza su Iglesia en el país en general: según un nuevo sondeo de The Washington Post/ABC News, 70 por ciento ve favorablemente a Francisco, y 55 por ciento opina eso de la Iglesia Católica.

Pero la visita del Papa tiene un impacto mucho más allá del mundo católico. Sus mensajes sobre la desigualdad y el capitalismo salvaje, la ambición desenfrenada de dinero que gobierna. Ese es el estiércol del Diablo, como afirmó en Bolivia este año, que incomoda a los campeones de ese sistema donde juegan de locales.

Pero casi toda la clase política se verá obligada a pronunciarse sobre lo que diga el Papa. Entre ellos hay varios católicos prominentes: el vicepresidente Joseph Biden; el presidente de la Cámara de Representantes, John Boehner; seis de los nueve jueces de la Suprema Corte de Estados Unidos; 31 por ciento de los representantes federales y, además de Bush y Rubio, otros cuatro de los precandidatos presidenciales republicanos son católicos.

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