10 abr. 2017

La revolución bolivariana y la fascinación por la democracia liberal

Los acontecimientos de las últimas semanas en Venezuela ponen nuevamente en tela de juicio la discusión sobre la democracia y el respeto por las instituciones. Un sector del progresismo y la izquierda salió al cruce del movimiento chavista para denunciar el avasallamiento de las instituciones democráticas. Ante esto de qué democracia estamos hablando, es uno de los puntos clave para debatir los procesos abiertos de Nuestramérica.

“Al río que todo lo arranca lo llaman violento, pero nadie llama violento al lecho que lo oprime” Bertolt Brecht

Una batalla de ideas que parece perdida

La filosofía política europea ha tenido un triunfo histórico que, como todo triunfo de un pensamiento dominante que perdura en el tiempo, es imperceptible, subyacente, instalado en el sentido común, pero fácilmente recuperable (o digamos “activable”) ante cualquier tipo de acontecimiento político que toque esa fibra.

El valor de la democracia y el orden institucional, los mecanismos de representación política, las formas de la República en sus versiones francesa o yanqui, aparecen como uno, sino el principal, triunfo ideológico de los intelectuales orgánicos de la burguesía europea sobre los pueblos latinoamericanos.

Claro que para que la filosofía política tenga este peso, no sólo se necesitaron unos ejemplos más concretos (y unos cuantos palos también) para que las masas “comprendieran” la importancia de una democracia representativa, las bondades de la república y la igualdad de derechos que permitían estas instituciones. ¡Igualdad, Libertad, Fraternidad!

¿Cuál fue la experiencia concreta que acompañó a esta filosofía que comenzaba a dar los fundamentos de la política burguesa? En un texto muy interesante el viejo Perry Anderson plantea que esa experiencia es la yanqui: la fascinación que tenemos hoy por la democracia liberal tiene mucho que ver con la posición imperialista de Estados Unidos luego de 1945. Más allá de todo lo que sabemos sobre el imperialismo en su pata económica, hay dos dimensiones culturales que se han arraigado en el sentido común de los países centrales y luego avanzaron colonizando paso a paso los modos de vida de nuestros pueblos. Una es la aceptación de que es posible en el capitalismo una realización de los deseos individuales de todos y todas y una mejora constante de la calidad de vida a través del consumo. El American Way of Life (o Modo de Vida Norte-Americano) se nos fue metiendo hasta el tuétano, sobre todo a través del cine de Hollywood.

La otra, es el valor supremo otorgado a la democracia liberal es decir, la democracia à la Norteamericana. Con esta vara se mide si un gobierno es más o menos democrático, tanto en los medios de comunicación como en los organismos internacionales, como en la voz de pueblo de a pie. Esto permitió llevar adelante golpes de Estado en América Latina, en Medio Oriente, entablar guerras interminables con sus montones de muertos “colaterales”.

En Nuestramérica, las odas a la democracia yanqui, sus instituciones y sus lógicas de la representación han sido los pilares de toda la construcción de un relato de igualdad en sociedades económica y socialmente desiguales atravesadas, además, por diferencias étnicas que fueron el caldo de cultivo para el racismo más descarnado. Lo lamentable son las profundas raíces que echaron estas ideas-fuerzas también en el pensamiento progresista y de izquierda en nuestro continente, mucho más allá de los pensadores liberales. La pregunta que nos urge responder es en qué momento las perspectivas transformadoras, emancipatorias del continente, compramos el buzón de la democracia liberal de manera acrítica y a-histórica.

La profundidad y efectividad de una hegemonía cultural se ve más en el consenso automático ante un hecho puntual que en el consenso militante. El acuerdo subyacente de la intelectualidad progresista y las izquierdas europeizadas sobre la democracia liberal como parámetro para evaluar a los gobiernos populares es por demás sorprendente. Como no se adapta al molde el Chavismo es populista, es autoritario, es …antidemocrático ¿Será que debemos poner una vara distinta para analizar el carácter democrático de un proceso de avance popular que se pretende transformador? ¿Será que, como señalaron los padres de la tradición socialista la igualdad formal con desigualdad real es imposible? ¿Será que en América Latina al menos debemos dudar fuertemente de “LA” democracia que nos han propuesto durante años los intelectuales del norte?

En ocasiones, parece que las posiciones de las izquierdas ilustradas (o mejor dicho colonizadas) juegan al oportunismo y la comodidad de no escandalizar los sentidos comunes del votante mediano.

Instituciones y Estado

La cantidad de textos, panfletos, ensayos, libros, revistas dedicadas a discutir qué es el Estado en las sociedades capitalistas, es inabarcable. No tenemos interés de entrar en las precisiones de los debates entre instrumentalistas y estructuralistas (dentro de las tradiciones de izquierda), ni el pluralismo u otras variantes del liberalismo.

El punto es que dentro de la defensa a la democracia liberal a rajatabla (por oportunismo, convicción o lo que fuere) aparece una defensa igual de furibunda de las “instituciones”, que no son más que la expresión misma del Estado capitalista. En este punto, hay una asombrosa convergencia entre las posiciones de la izquierda ilustrada y las derechas políticas, mal que les pese a ambas. Los liberales demócratas de uno y otro lado, piden un respeto por las instituciones que parece desconocer que éstas son, en las sociedades capitalistas, la materialización o cristalización de las relaciones de fuerzas entre clases y, por ello, no son ni invariantes en el tiempo (por suerte) ni producto de un diseño lúcido de algún intelectual brillante, papel y lápiz en mano. El Estado, la densa red de instituciones que se van materializando en una forma concreta de Estado, no es por tanto independiente de las luchas sociales, de las movilizaciones y de las formas diversas de la participación política en cada momento. Pero una cuestión, sobre todo, parece olvidarse: esta cristalización de relaciones de fuerza es asimétrica, porque el poder de un Estado-Nación en sociedades capitalistas periféricas es, principalmente, el poder de clase de las oligarquías que lo formaron y lo reproducen. Las instituciones estatales, reproducen la dominación de clase, le otorgan la garantía y la seguridad a los dueños de todas las cosas, de que sus privilegios están intactos.

Obviamente podríamos profundizar mucho sobre este tema, pero no viene al caso. El punto clave es que si reconocemos el poder de clase que se expresa a través del Estado, no hay forma de alterar radicalmente el orden social sin alterar radicalmente la forma de Estado, las instituciones asociadas y, al mismo tiempo, la concepción de la democracia. De hecho, fue muy caro a los movimientos de izquierda a nivel mundial seguir las afirmaciones de Engels sobre las facilidades que brindaba la democracia de masas y el sufragio universal para el movimiento comunista. Esto decantó en electoralismo, administración del orden y desaparición de la politicidad. Las experiencias decadentes de las social-democracias europeas echaron por la borda cualquier utopía transformadora, por eso no podemos buscar modelos europeos a nuestros problemas.

La centralidad del Estado en un proceso de transformación es a las claras innegable. El tema de discusión es que sólo a través de la modificación radical de su forma y sus instituciones, se puede garantizar un marco para el desarrollo de una democracia real (no liberal) y de un protagonismo del pueblo en las decisiones. No parece ser la mejor estrategia para discutir con el sentido común sobre el Estado y sus instituciones, dar por hecho que deben reproducirse más allá de las condiciones sociales de existencia, como un objetivo ético insoslayable.

El espejo venezolano

Ante las últimas novedades de Venezuela, se activaron sin igual los sentidos comunes. El disparador: una resolución del Tribunal Supremo de Justicia sobre la situación de desacato de la Asamblea Nacional (el poder legislativo). El operativo estaba montado entre los operadores del imperio, la OEA y los medios de comunicación de todo el continente. La consigna: “auto-golpe”. La explicación: en Venezuela hay una dictadura chavista que conduce Nicolás Maduro y que, en este momento, está traspasando los límites rompiendo el orden constitucional, democrático. La gran orquesta de la derecha latinoamericana tiene afinados violines, bombos y platillos para dar por tierra el proceso político que reabrió el horizonte de la utopía emancipatoria en la Patria Grande.

Esto es lo menos novedoso: la derecha continental, envalentonada con los últimos resultados electorales en Argentina, con el golpe blando en Brasil y con una franco avance incluso al interior de los proyectos progresistas y populares de la región. Son los enemigos de clase del chavismo y de todos los proyectos populares de la región que reivindiquen la dignidad de las clases populares.

Lo que entristece es corroborar una y otra vez que el sentido común liberal opera como parte-aguas en el debate de los intelectuales progresistas y de izquierda y de los partidos de la izquierda ilustrada continental. El carácter antidemocrático, anti-institucional y totalitario que le atribuyen al “régimen de Nicolás Maduro” no hace más que recordarnos el grado de colonización al que estamos sujetos al sur del Río Bravo. El totalitarismo, recuerda provocadora y lúcidamente Slavoj Zizek, es “la noción ideológica que cumpla la función precisa de garantizar la hegemonía del demoliberalismo y la necesidad de inscripción en él”. Da cuenta del desvío ético, de la bifurcación del orden, del sendero de la igualdad, la libertad y la fraternidad.

Lo llamativo es tomar esta posición elitista desde una perspectiva, la de las izquierdas, que a esta altura del partido debería haber zanjado la discusión sobre la democracia formal y la democracia real, sobre el rol reproductivo de la desigualdad que poseen las instituciones del Estado en nuestras injustas sociedades, sobre que una voluntad nacional-popular puede conducir a un gobierno del pueblo sólo si se alteran esas instituciones liberales en pos de una democracia real, protagonizada por los de abajo en articulación con las funciones de gobierno.

Sin duda el proyecto de Chávez tiene problemas. Sin duda el Plan de la Patria es conflictivo. Sin duda un ala del movimiento chavista ha caído en el posibilismo y el oportunismo que desbarajusta el proyecto original. Pero la responsabilidad histórica que tenemos como pueblos hermanos, como activistas, intelectuales y militantes, es avanzar en una discusión que se despoje del peso de este sentido común sobre la falsa democracia. El necesario debate de los problemas actuales del chavismo, de los horizontes posibles de resolución de la crisis en curso, de las presiones internacionales, de los sectores conservadores al interior del movimiento, no pueden darse desde el barco de la democracia liberal comandado por la derecha y los enemigos de clase. Este derrotero tiene ya su historia: posturas similares encontramos entre los intelectuales progresistas y la izquierda liberal frente a la crisis que atravesaron los procesos revolucionarios de Chile durante el gobierno de Allende y Nicaragua en el momento preciso en que “los contras” financiados y entrenados por el imperialismo yanqui operaban con crudeza en aquel país ¡Ni que hablar de las posiciones que tomaron frente a cada tensión o problema que tuvo que afrontar la Revolución Cubana!

Aquí creemos que está la clave: ninguna argumentación basada en este sentido común liberal puede permitir una acumulación de los sectores radicales de la revolución bolivariana. En una entrevista reciente, Ramón Grosfoguel nos plantea una clave de análisis interesante: el pensamiento crítico, la intelectualidad crítica de Nuestramérica, debe situarse siempre al interior de los movimientos de cambio más avanzados, pues “quedarse afuera como un francotirador es reconciliarse con el status quo, es una posición reaccionaria”. La crítica sobre las limitaciones y los problemas de las revoluciones de nuestro tiempo no deben darse, por tanto, desde un cómodo lugar de ajenidad o extrañeza. Esa forma de intervención poco tiene que ver con un compromiso intelectual, con una organicidad de los intelectuales al movimiento real de avance del pueblo. Poco se relaciona a la noción mariateguiana de socialismo práctico o a la filosofía de la praxis gramsciana.

Qué democracia, qué Estado, qué instituciones son preguntas completamente asociadas a qué proyecto de sociedad construir. Y no olvidemos que siempre, “cada paso del movimiento real vale más que una docena de programas”…y que varias docenas de críticas intelectuales que miran desde la platea.

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