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24 may. 2017

El círculo que cierra cuando falta un pibe

 “Es un cuerpo de preparación para la disuasión, con el uso reglamentario de la fuerza y el armamento, con una capacitación especial y una práctica de intervenciones especialmente urbana”.

Septiembre de 2014. El ministro de Seguridad de la provincia de Santa Fe, Raúl Lamberto, presenta a la Policía de Acción Táctica. Frente suyo hay 540 jóvenes agentes. Ante ellos, y ante las cámaras, menciona que la fuerza se desplegará “en los barrios con mayor grado de conflicto”. La situación en la provincia es apremiante. Sobre todo en la ciudad de Rosario: hubo 264 homicidios en 2013. La inmensa mayoría tienen lugar en las periferias de la ciudad y como principales víctimas a jóvenes menores de 25 años. Para cuando termine el 2014 la cifra total de muertes violentas llegará a 248. Y se repetirán las mismas características. La leve disminución podrá atribuirse a balas que rozaron cabezas o que perforaron tejidos sin comprometer órganos vitales.

El gobierno provincial cae en la estrategia de siempre. Ante el aumento de los homicidios y delitos urbanos, y por ende ante la molestia y preocupación de la sociedad civil, la respuesta vuelve a ser llenar las calles de fuerzas de seguridad. Esta vez crean la PAT. Hombres y mujeres vestidos de negro, con botas enormes y armas largas en mano. Es la nueva fuerza que estrena el Ministerio en el marco del “Plan de Seguridad Democrática”, que también impulsó la creación de la Policía de Seguridad Vial, la Policía Comunitaria y la Policía de Investigaciones. Ahora, sobre la PAT, dicen que es para reemplazar a la Gendarmería y la Prefectura, que en diciembre de 2014 terminará su estadía iniciada seis meses atrás. La llegada de las fuerzas federales se había dado en el mismo marco, en un acuerdo entre el gobierno provincial con el nacional que logró el desembarco de más de dos mil efectivos.

La continuidad del trabajo de las fuerzas federales por parte de las PAT será impecable. El debut de fuego lo dará el 4 de enero de 2015, junto al Comando Radioeléctrico, asesinando a balazos a Jonatan Herrera, un joven de 23 años que lavaba el auto en la puerta de su casa y se convirtió en el blanco de un par de policías que de la persecución a un presunto ladrón, ya reducido en el piso, hicieron una masacre. El episodio ocupará la agenda mediática y llevará a que el ministro de Seguridad decida remover al jefe de la fuerza.

De lo que tardarán en hablar los medios de comunicación es lo que los agentes de la PAT hacen en aquellos barrios considerados los más peligrosos de la ciudad.

Caminantes en Ludueña

Ludueña, al noroeste rosarino, será siempre un laboratorio, sala de ensayo y escenario de las políticas represivas. Ahora es marzo de 2015. La PAT anda cubierta de pies a cabezas por los pasillos de las barriadas. En Ludueña dicen que PAT, en realidad, significa “pegarle a todos”. Esto lo cuenta Mónica, una madre del barrio que junto a otras mujeres y un par de militantes sociales se reúnen en la Comunidad Sagrada Familia, una pequeña casa de material que le da la espalda a las vías del tren que atraviesa al Ludueña.

La reunión es impulsada por la situación que atraviesan los jóvenes. Denuncian requisas espontáneas, persecuciones y abusos físicos y verbales.

- No vas a querer decir que te pegamos.

El Monito, que tiene 14 años, muestra las marcas que un par de “caminantes” le dejaron sobre el pecho después de pegarle con una rama. Cuenta que le insistían en que delatara a su hermano, de 15 años, al que buscaban por algún motivo. Todo esto se ve en un video que muestran las madres y que nunca servirá como prueba de una denuncia que nunca se hará. El temor de los vecinos del barrio a denunciar, temor que se impone con amenazas de la policía, será el obstáculo principal para dar a conocer esta problemática. Al Monito le dijeron que lo matarán si llegan a echar a alguno de los policías.

Kevin

De las reuniones en Ludueña surge la necesidad de que continúen participando los pibes del barrio. Una tarde, Kevin, que tiene 14 años, llega a la comunidad con un par de amigos. Él conoce a varios de los que están en la reunión. Ya en 2014, en silla de ruedas recuperándose de los tiros que había recibido en sus piernas por parte de unos pibes que pasaban en moto, había participado de un campamento con organizaciones sociales.

Los pibes proponen hacer un torneo de fútbol para encontrarse con la pibada de otros barrios. El escenario es ideal: frente a la comunidad hay una cancha de las más grandes y adecuadas para concretar la propuesta. Al tiempo se logra. Villa Banana, Cabín 9, Santa Lucía, Fuerte Apache. Los barrios de las periferias, todos con las marcas de la violencia policial, patean la pelota para el mismo lado.

A los pocos meses las reuniones perderán fuerza hasta diluirse y las problemáticas del barrio continuarán. Kevin y sus amigos seguirán en el potrero del barrio. Imaginarán un club, que llegará un tiempo después. Durante el 2016, un grupo de militantes sociales y vecinos impulsará el Club Social y Deportivo Edgardo Montaldo, en homenaje al cura del barrio, que referencia a la más prolongada militancia social y ecuménica en Ludueña. Kevin, que es de los buenos con la bocha al pie, no puede jugar porque la categoría más grande le queda chica. Sus compañeros le falsifican un carnet, le restan un año de edad y le permiten jugar. Nadie piensa en prescindir de sus habilidades.
Ni siquiera descansar en paz.

Es febrero de 2017 y el calor agobia. Es más insoportable que inimaginable en las casas de chapas de Ludueña en las que el sol pega todo el día. Pasaron los años y poco cambió. Los homicidios siguen contándose de a cientos y acumulando en las barriadas a jóvenes como principales víctimas. Es la noche del jueves 9. Kevin, que ya tiene 16 y arranca el 2017 esperando su último año de secundaria, se sube a la moto que maneja Micha, su primo, y salen a dar una vuelta por el barrio. Frenan por calle Humberto Primo, entre Felipe Moré y Formosa, para hablar con una amiga. A los pocos minutos Kevin queda tirado en el piso, herido por una bala nueve milímetros. Dos jóvenes que habían llegado al lugar y se pusieron a discutir con los chicos terminaron disparándoles desde atrás cuando intentaban irse en la moto. La bala le entró por la espalda e hizo por adentro de su cuerpo el recorrido suficiente para quitarle la vida segundos después.

Los vecinos del barrio identifican a los jóvenes y van a la casa de uno de ellos. Aseguran que tienen relación con el “Diente” y el “Caracú”, conocidos por lograr mantener la venta de drogas a pesar de cualquier desembarco de fuerzas federales, provinciales y de cualquier tipo.

En el barrio, explican, es por la complicidad de la Comisaría 12. Prenden fuego la casa. Ludueña arde en la madrugada del viernes 10 de febrero. Ludueña arde. Una vez más.

El día amanece con el barrio conmovido. A Kevin lo velan en la misma Comunidad Sagrada Familia en la que varias veces propuso torneos de fútbol y amasó para las comidas del barrio. Y en la misma comunidad en la que ya velaron a cerca de diez pibes de Ludueña. Amigos, familiares y compañeros de Kevin rodean su ataúd posado a los pies de un Cristo crucificado pintado en la pared.

Ya es sábado 11 por la mañana. Decenas de allegados a Kevin caminan por las calles de Ludueña en el cortejo fúnebre que se dirige al Cementerio Público La Piedad. La marcha es interrumpida. Otra vez la policía. En un combo multifuerza: la PAT, la Policía Comunitaria, el Comando Radioeléctrico y efectivos de la Comisaría 12. Todas las fuerzas policiales de Ludueña contra el cortejo fúnebre. Hay corridas, golpes, disparos. De goma y de plomo. El plomo va al pie del Micha, el testigo clave del crimen de Kevin. Se lo llevan a la comisaría.

Entre la bronca y el dolor, surgen las preguntas que todavía no tienen respuestas. En Ludueña, que vuelve a arder, pareciera que no hay paz. En Ludueña, otra vez, el círculo cerró por el lado de la injusticia.

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