13 feb. 2013

Cuando la extrema izquierda se equivoca de enemigo (III)




La perspectiva histórica de las reformas en la Rusia bolchevique y en la Cuba actual 

¿Se debería condenar a los dirigentes soviéticos por haber implantado tales medidas «ensuciando en nombre del socialismo», como sostienen ciertos trotskistas para el caso de Cuba? Desde el punto de vista del economicismo primitivo y demagógico, tales medidas -defendidas entre otros por Lenin y Trotski-, afectaron duramente a la clase obrera de forma inmediata. Pero si entendemos que el socialismo no se construye en un día, sino que es un proceso histórico a largo plazo realizado en las condiciones particulares de la Rusia de la época, sometida a un entorno internacional muy agresivo, es indudable que tales medidas crearon las condiciones para que la URSS pudiera sobrevivir a medio plazo y que pudiera más adelante construir una sociedad que elevó el nivel de vida de su población, tanto material como cultural, y creó un consenso social alrededor del régimen soviético, proporcionándole los medios materiales y humanos para defenderse con éxito de futuras invasiones y guerras de agresión. Esta es la perspectiva histórica en la que hay que juzgar los duros ajustes generados por la implantación de la NPE.

Es preciso recordar en este lugar, a esta extrema izquierda obsesionada con la política interna de Cuba, cuál es la perspectiva histórica en la que nace y se desarrolla la Revolución cubana, y los hechos objetivos y tangibles determinantes, para que no se pierda la perspectiva en el análisis: hace más de medio siglo, gracias a la Revolución, el pueblo cubano se ha liberado de un pasado colonial de 500 años de vergüenza y explotación caracterizado por el subdesarrollo económico, la dependencia extranjera y la miseria de una gran parte de la población, el reinado de las mafias, los monopolios yanquis, los latifundios, la mortalidad infantil, el analfabetismo, el hambre, etc., y ha conquistado una serie de derechos sociales y democráticos –educación y salud gratuitas y de calidad, democracia popular y participativa, pleno empleo, cultura universal, etc.- desconocidos en la inmensa mayoría de países del entorno de Cuba, oprimidos y dominados por las potencias imperialistas.

Evidentemente, las vicisitudes históricas por las que ha atravesado la Revolución unidas al efecto del bloqueo económico, los esfuerzos internacionalistas, la devastación de los ciclones, las amenazas militares imperialistas y también errores de concepción y de gestión surgidos de las entrañas de la propia Revolución -inevitables en todo proceso de bruscos cambios sociales-, han conspirado para impedir que el proyecto revolucionario se desarrollara de forma plena y liberara todas sus energías para crear una sociedad mucho más avanzada y eficiente que la Cuba actual. La inserción en el antiguo bloque soviético, aunque no pudo mitigar completamente los efectos del bloqueo, proporcionó un alivio frente al imperialismo al recibir créditos blandos, petróleo, equipamiento militar, tecnología industrial, y un marco de intercambio comercial considerado por los propios dirigentes cubanos como equitativo y altamente favorable para Cuba, y que satisfacía en gran parte las necesidades de la población.

Ese marco de desarrollo y de integración iniciado desde 1960 y cortado bruscamente en 1991, implicó la pérdida del 80% del comercio exterior de Cuba y una caída del Producto Interior Bruto (PIB) de un 35%, empobreciendo bruscamente a la población y paralizando en seco el desarrollo económico del país, mientras que las amenazas yanquis de invasión se multiplicaban. Excepto la Unión Soviética, Vietnam y Corea Democrática, no hay otros países en el mundo que hayan podido salir de una crisis tan gigantesca manteniendo un elevado consenso social alrededor de la Revolución. Son datos que evidentemente prefieren no tener en cuenta los críticos de la extrema izquierda anticubana, pero que conocen bien todos los internacionalistas y solidarios con el pueblo cubano y su revolución.

Ahora, a todas las deficiencias y problemas acumulados en el transcurso de su historia se le une la reciente crisis económica mundial, que ha provocado la bancarrota de algunos países desarrollados y que está golpeando duramente también a Cuba. La política de reformas que impulsa el gobierno cubano y que incluyen determinados elementos de pequeño capitalismo y mercado –controlados por el Estado–, no significa una traición al proyecto revolucionario iniciado en 1959, sino una necesidad de realizar concesiones para tratar de salvar lo esencial de las conquistas sociales y garantizar la viabilidad de la Revolución en un futuro que se prevé cada vez más conflictivo y militarizado.

La esencia de las reformas en Cuba

La respuesta de los países capitalistas a la crisis económica mundial y a la caída de los beneficios de las elites que controlan el planeta (los grandes grupos financieros, las multinacionales, las fuerzas ocultas tras las instituciones de los Estados) ha sido invariablemente la misma: drásticos programas de recortes sociales, baja de salarios, despidos masivos, desindustrialización, aumento de la edad de jubilación… La miseria y el hambre, que anteriormente era “patrimonio” de los parias del sistema (países africanos, asiáticos y latinoamericanos), ha regresado a la rica Europa y está arrasando los Estados Unidos. En muchos lugares como Francia, España, Grecia, Portugal, Italia, etc., la clase obrera trata de frenar los golpes con masivas manifestaciones ante los recortes sociales y la pobreza, mientras que en Cuba –desmintiendo los pronósticos de los trotskistas adversarios de la Revolución- los trabajadores mantienen un elevado grado de consenso en torno a las medidas y no se prevén protestas. ¿Cuál ha sido la respuesta del gobierno cubano ante la crisis? Los movimientos del gobierno cubano ante el deterioro de la situación internacional y de los problemas económicos acumulados en Cuba consisten en un programa de reconversión económica que comporta la eliminación o reconversión de medio millón de puestos de trabajo estatales considerados excedentes, la reestructuración de las ayudas sociales de carácter universal, y la creación de nuevas cooperativas y de pequeñas empresas que podrán contratar personal asalariado. Los trotskistas anticubanos interpretan tales medias como una agresión a los trabajadores en beneficio de una «burocracia corrompida y explotadora» y del capitalismo internacional.

Como ejemplo del mecanismo ideológico del trotskismo anticubano, analizaremos el último artículo de la LIT, Cuba: En nombre del “socialismo” despiden 500.000 empleados estatales, cuyo título es toda una declaración de intenciones contra la Revolución. Muchos de sus argumentos, con pequeñas matizaciones, están presentes en todos los adversarios trotskistas de Cuba, por lo que este artículo nos servirá para conocer la metodología utilizada en su guerra contra la Revolución.

La LIT parte de la base de considerar que Cuba es un país tan capitalista como pueda serlo Marruecos, Colombia, Honduras o Rumanía y califica la política de reestructuración económica promovida por el gobierno cubano como «ajuste capitalista». A la LIT y otros similares –en su afán desesperado de acusar a los dirigentes revolucionarios de «restaurar el capitalismo»- no le interesa que se conozca el complejo entorno que afecta a un pequeño y frágil país como Cuba: la crisis económica (que ha provocado la brusca caída del comercio exterior y la dificultad de acceso a créditos), los efectos de la pérdida del 20% del PIB por los huracanes del año 2008 (10.000 millones de dólares y medio millón de viviendas afectadas, de las cuales 90.000 completamente arrasadas), y el persistente bloqueo (que hasta la fecha ha provocado pérdidas por decenas de miles de millones de dólares). En esas condiciones, la precariedad de la vida cotidiana de los trabajadores cubanos se ha agudizado inevitablemente, y el Estado no dispone de recursos –que requieren fuertes inversiones– para resolver muchas de las necesidades de la población y paliar la escasez de artículos de todo tipo. En este sentido, si la LIT y otras organizaciones de la extrema izquierda anticubana se hubieran dedicado a promover la solidaridad internacionalista en lugar de convertirse en el eco de la propaganda imperialista y obcecarse con la mitológica «burocracia», quizás la situación del pueblo cubano podría haber sido un poco mejor.

Las reformas en Cuba no implican abandonar los principios que han regido la economía de la isla hasta ahora, ni la implantación de un capitalismo salvaje, como los demagogos extremistas sostienen: los documentos presentados a la discusión del pueblo en vistas al VI Congreso del Partido Comunista de Cuba hablan claramente de que la propiedad socialista «será determinante», en la esfera privada «no se permitirá la concentración de la propiedad», «el sistema de planificación socialista continuará siendo la vía principal para la dirección de la economía nacional» y abarcará «no solo el sistema empresarial estatal y las empresas cubanas de capital mixto, sino que regulará también las formas no estatales que se apliquen» (11). Como vemos, todo el escándalo organizado por la extrema izquierda anticubana acerca de la liquidación de los elementos socialistas en Cuba, no constituye más que demagogia: el objetivo es confundir toda propiedad privada con capitalismo, cuando todo régimen socioeconómico (entre ellos el socialismo) está formado por un conjunto de formas de propiedad entre las que pueden aparecer –como se vio en el caso de la Rusia de Lenin – pequeñas y medianas empresas privadas, la propiedad cooperativa y los elementos de mercado–, algunos de los cuales también estuvieron presentes en la URSS de Stalin, como la ley del valor –aunque modificada por la planificación central–, la red de tiendas del Estado, los mercados campesinos y las cooperativas agrícolas.

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