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13 feb. 2013

Cuando la extrema izquierda se equivoca de enemigo (II)


La «burocracia es incapaz de alimentar a su pueblo» y debe adquirir en el exterior una gran cantidad de alimentos. Este argumento se basa en ocultar el hecho de que la mitad de la tierra en Cuba es muy poco productiva porque está afectada por la erosión, alta salinidad, baja tasa de humedad y de materia orgánica (5), además de fenómenos atmosféricos como la desertificación –que alcanzó el 70% del territorio en la provincia de Las Tunas– y sequías prolongadas asociadas al cambio climático mundial. En el año 2003, una investigadora de la Agencia Cubana del Medio Ambiente señalaba que el 76% del suelo cultivable estaba parcial o totalmente dañado, aunque graciasa los programas del gobierno se estaban recuperando gradualmente.

El patrón por el que se mide el comportamiento de la Revolución cubana y otros procesos revolucionarios y de cambio es la ideología y la práctica de Trotski –personaje transformado en un icono divino y fuente de verdades sagradas para toda la eternidad– realizada hace casi un siglo en las condiciones de la Rusia soviética de la época. De esta manera, como los dirigentes cubanos no siguen los mismos pasos que lo estipulado por la imagen idealizada de Trotski, los trotskistas anticubanos denuncian que éstos están «traicionando el socialismo». Para ello inventan una imagen idealizada, antihistórica y deformada de la Rusia soviética de los primeros años revolucionarios y silencian los textos y actuaciones más reprobables del “maestro”. 

2 - La historia de Rusia que los trotskistas anticubanos ocultan 

Empezaremos por analizar el punto e) referido a la historia de la Revolución rusa y el comportamiento de Trotski. La extrema izquierda anticubana ha creado una leyenda sobre los considerados “años de oro” de una idealizada Rusia (1917-1924) para apoyar su campaña contra Cuba y contra otros procesos revolucionarios que se desvíen del dogma sagrado. Pero para los que no creen en leyendas, sino en la ciencia histórica sustentada en datos objetivos, se muestra la evidencia de que todo proceso revolucionario no se desarrolla en una línea recta, sino en una serie continua de avances y retrocesos, alianzas y conflictos, victorias y derrotas… 

En los primeros años de la Revolución bolchevique -venerada religiosamente por los críticos de la Revolución cubana, pero cuyas experiencias históricas han sido desechadas por ellos-, ante la catástrofe social y económica de Rusia, los dirigentes comunistas tuvieron que hacer concesiones al capitalismo y defender medidas que afectaron duramente a la clase obrera, para poder salvar lo esencial: el futuro de la Revolución bolchevique. En 1921, la mayoría de delegados asistentes al X Congreso del Partido Comunista Ruso (entre los que se encontraban Lenin y Trotski) ratificaron el fin del “comunismo de guerra” y el paso a la llamada Nueva Política Económica (NPE), que consistía básicamente en el fin de las requisas forzadas a los campesinos y la instauración de un impuesto en especie, la apertura al capital privado, tanto nacional como extranjero (en forma de concesiones extranjeras en la minería y la energía, atacado hoy como “modelo extractivista”), la posibilidad de contratar y explotar trabajadores por parte de capitalistas nacionales o extranjeros y, finalmente, la racionalización económica en las empresas estatales con la reducción drástica de plantillas para aumentar la productividad y reducir los costes. 

La NPE, una de cuyas esencias era la relación entre la ciudad y el campo a través de relaciones de mercado, fue definida por Lenin -quien no se amedrentaba por prejuicios o por griteríos escandalosos de los minoritarios sectores de la extrema izquierda- con el término de “capitalismo de Estado”, en asociación con otras formas socioeconómicas como el pequeño capitalismo individual y el socialismo. Anteriormente, durante el período del “comunismo de guerra”, cuando la oleada anarquizante desatada tras la Revolución de Octubre hizo florecer los “consejos de fábrica” en Rusia, tanto mencheviques como comunistas –por razones distintas- criticaron duramente un modelo de relaciones laborales que privilegiaba el beneficio inmediato de los trabajadores en perjuicio de su conciencia de clase. Los trotskistas que defienden la “autogestión” y que se escandalizan hoy de las palabras de Raúl Castro sobre la posibilidad de vivir sin trabajar en Cuba y la baja productividad del trabajo, deberían saber que Trotsky había atacado duramente en los primeros años de la Revolución a los obreros de «mente estrecha» que habían elegido un sistema autogestionario y anarquizante que les garantizaba un máximo de compensación a cambio de un mínimo de trabajo y que hacía impracticable la dirección central de la economía. Se les criticaba que fueran completamente indiferentes al capitalismo o al socialismo, a la democracia o a la dictadura, a sindicatos dependientes o independientes, y que buscaran únicamente alternativas que les resolvieran sus intereses materiales inmediatos. Trotski, asimismo, había luchado por imponer soluciones dictatoriales entre 1920 y 1921 para resolver el problema del trabajo y de la catástrofe económica, defendiendo la implantación de las medidas más autoritarias a través un Estado totalitario: 

El Estado obrero se considera con el derecho de enviar a todo trabajador allá donde su trabajo sea necesario. Y ningún socialista serio negará al Estado obrero su derecho a castigar al trabajador que rechaza el trabajo que le ha sido asignado. (…) El Estado, antes de desaparecer, asume la forma de la dictadura del proletariado, es decir, la forma más despiadada de Estado, que abarca autoritariamente la vida de los ciudadanos en todos sus aspectos» (Trotski: Terrorismo y Comunismo).

Asimismo, Trotski se había situado frente a Lenin y otros dirigentes cuando apostó por la militarización de los sindicatos y por «el establecimiento de un régimen en el que cada obrero se sienta soldado del trabajo, que no pueda disponer de sí mismo libremente; si se le da la orden de trasladarse debe cumplirla; si no la cumple, será un desertor a quien se le castiga»

Acerca de la política industrial y laboral, hubieron fuertes controversias acerca de la “organización científica del trabajo” (cadenas de producción, ritmos elevados, trabajo a destajo). El propio Trotski tuvo la iniciativa en enero de 1921 de organizar una conferencia de ingenieros de Toda Rusia para debatir sobre aumento de eficiencia y productividad, y allí se impuso la visión de los ingenieros tayloristas, es decir, los partidarios de aumentar la productividad de los obreros mediante racionalización, destajos y ritmos de trabajo. Los efectos inmediatos de la NPE sobre la clase obrera rusa fueron muy duros: si el 1º de enero de 1922 se contabilizaron 160.000 obreros desempleados, el 1º de enero de 1923 había 641.000, y a principios de 1924, había 1.240.000 obreros desempleados (cifra que representaba el 13.8% de todos los miembros afiliados a los sindicatos), en las duras condiciones sociales de la Rusia devastada por la guerra y el hambre. Las primeras estadísticas de huelgas, del año 1922, indican que ese año se registraron 446 huelgas que afectaron a 192.000 obreros. Durante los años veinte los conflictos colectivos y las disputas entre los sindicatos y las direcciones de las empresas sobre ritmos de trabajo, salarios, jornadas, etc., se hicieron habituales, y el partido comunista tuvo que mediar frecuentemente para tratar de resolver los conflictos.

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