9 mar. 2013

El PT, constructor de victorias


Es el socio mayoritario de la coalición que gobierna Brasil desde hace diez años. Y un partido de izquierda convertido en una imbatible maquinaria electoral.

“Yo soy PT, Dilma es PT, todos nosotros somos PT. Y vos, ¿sos PT?”, preguntaba entusiasmado Luiz Inácio Lula da Silva en un corto publicitario por el aniversario número treinta del Partido de los Trabajadores, celebrado el 10 de febrero de 2010. Era tiempo de festejo, aunque también era el momento de encolumnar las bases del partido detrás de la candidatura de Dilma Rousseff. Una figura que, hasta hacía poco, no era más que un cuadro técnico en las filas oficialistas. Por entonces, y pese a la oposición de algunos díscolos, el PT acató las directivas del líder, y no se equivocó. Hoy, quien es la actual presidenta del país logró lo imposible: igualar en popularidad a su mentor, en una cifra que supera el 70 por ciento. Con todo, actualmente, el partido suma más motivos para celebrar. En enero de 2013, cumplió diez años como socio mayoritario de la coalición de fuerzas que gobierna la sexta economía del mundo. Un lapso de tiempo (que abarca los dos mandatos de Lula y los dos años que lleva el de Dilma) que conllevó una gran transformación económica, social y política a fuerza de la aplicación de nuevos mecanismos redistributivos.

Pese a que el futuro sigue siendo prometedor, el ejercicio del poder de esta fuerza política proveniente del campo popular estuvo plagado de altibajos. Los escándalos de corrupción ensombrecieron gran parte del trayecto, e hicieron caer a varios de sus líderes históricos. Sin embargo, las últimas encuestas indican que el candidato del PT será el triunfador en las presidenciales de 2015. El pronóstico vale tanto para Lula como para Dilma, aunque es demasiado temprano para prever cuál de los dos dará la próxima batalla en las urnas.

CON PESO PROPIO

En este contexto, las preguntas sobre la naturaleza de la organización partidaria que instauró una suerte de “socialdemocracia del sur” son materia de discusión. Después de todo, se trata de la plataforma del denominado “lulismo”, una de cuyas virtudes radica en ir más allá de todas las corrientes y fricciones internas del partido. El coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas, Gabriel Puricelli, opina, en diálogo con Debate, que “el PT es prácticamente el único partido nacional que existe en Brasil, aunque tenga distinto peso electoral en las regiones del país”. Según este analista, tanto su unidad programática como su organización homogénea dan forma a una fuerza competitiva frente al bloque opositor. Producto de estas características, el PT funcionó como “un gobierno en espera” antes de su llegada a la presidencia. Por lo que una vez que ocupó el Palacio de Planalto pudo abastecer al gobierno de los cuadros necesarios para ocupar los ministerios clave, desde donde se estructuró la visión estratégica del gobierno, según explica Puricelli (ver recuadro).

En este sentido, el analista Fabián Calle remarca, en comunicación con esta revista, que el PT fue creciendo desde abajo hacia arriba. “Más que un partido es un movimiento que trabajó desde las bases. Es un conglomerado de grupos de diversas raíces, que tienen cierta coherencia ideológica más allá de su carácter heterogéneo”, afirma Calle, magíster en Relaciones Internacionales de la Universidad de Bologna.

ORÍGENES

Entre las condiciones que hicieron posible el nacimiento del Partido dos Trabalhadores se puede subrayar la “transición democrática” iniciada hacia 1978, y que formalmente recién concluyó en 1989. Se trató de un proceso de apertura política que provocó la reorganización de las fuerzas sociales en el ocaso de la dictadura militar iniciada en 1964, tras el golpe de Estado al gobierno de João Goulart, la última expresión de la era varguista en el poder. Asimismo, la fuerte industrialización que experimentó el país durante los gobiernos de facto también funcionó como caldo de cultivo para la creación del PT. El crecimiento económico denominado el “milagro brasileño” (1967-1973) generó, entre otras cosas, un nuevo “proletariado” concentrado en el ABC de San Pablo, lo que propició “una nueva dinámica del movimiento obrero”, raíces del actual PT, afirma el politólogo Ricardo Romero en Alternativas en América Latina. Los dilemas de la izquierda en el siglo XXI. “El PT nace de la nueva estructuración social del Brasil posmilagro”, explica.

El partido fue fundado en febrero de 1980, y su primer estatuto lo identifica con el “socialismo democrático”. Sus creadores fueron sindicalistas, miembros de la Iglesia Católica identificados con la Teología de la Liberación, intelectuales de prestigio, ex integrantes de la lucha armada, y diversas figuras del movimiento popular. Entre los fundadores, como se sabe, se encontraba Lula, de oficio tornero mecánico y prominente dirigente sindical, que fue presidente del partido hasta 1987, e incluso hasta hoy es su presidente honorario.

BARAJAR Y DAR DE NUEVO

Puricelli destaca el carácter rupturista de esta fuerza durante su gestación, ya que “rompe con todas las tradiciones y dogmatismos de la izquierda brasileña”. Así, el PT se diferencia del varguismo y de quien, en los ochenta, se constituyó en su heredero político, Leonel Brizola. Precisamente, el Partido Democrático Laborista (que fundó Brizola y al cual se afilió Dilma Rousseff una vez restablecida la democracia) y el PT fueron las dos grandes fuerzas de izquierda hasta fines de la década del noventa. Ambas se posicionaron como acérrimas opositoras a los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso. Sin embargo, con el correr del tiempo, el PDL perdió fuerza y el PT se convirtió en la organización opositora dominante, referente de la izquierda regional e internacional. 

Asimismo, la trayectoria que hizo de este movimiento de izquierda una imbatible maquinaria electoral hace difícil su comparación con otras experiencias en la región. En el último número de la Revista de Ciencias Sociales de la UBA, el politólogo Amílcar Salas Oroño realiza una comparación entre el “kirchnerismo” y el “lulismo”, en la medida en que se desplegaron sobre terrenos bien diferentes, y responden a herencias singulares. El especialista explica que mientras el kirchnerismo produjo un realineamiento partidario luego de la fragmentación y deslegitimación del sistema político, a comienzos de este siglo, en Brasil, el lulismo resultaba ser la consagración de una larga trayectoria. Así, si bien en los ochenta en el país vecino reinaba el “multipartidismo caótico”, hacia 2002, y en gran medida “a partir de la influencia ejercida por el Partido dos Trabalhadores”, el escenario tendía hacia “una estabilización de las opciones electorales”.

PASO A PASO

Doctor en Economía de la Universidad de Santa Catarina, el brasileño Nildo Domingos Ouriques afirma a Debate que “el PT es una gran conquista y un gran fracaso brasileño. Una conquista porque significó el reencuentro de la izquierda brasileña con la gran masa de la población, cuyo lazo se había roto con el golpe de 1964”. ¿Y por qué un fracaso? Este especialista asegura que el partido abandonó con el tiempo una “perspectiva nacional democrática y popular”, la que había caracterizado, por caso, al gobierno derrocado de Goulart. Domingos Ouriques señala que la fuerza política que había nacido de “la unión de sindicalistas y numerosas fuerzas de la izquierda marxista, sea leninista o trotskista” fue girando progresivamente hacia la derecha a partir de 1989, con la celebración de las primeras elecciones directas en 25 años. Allí, Lula perdió contra Fernando Collor de Mello -cuya candidatura es conocida por haber sido “fabricada” por el grupo de medios O Globo- quien en 1992 dimitió al cargo acosado por el desarrollo de un juicio político casi sin apoyos en el Parlamento. 

En tanto indiscutida principal figura del PT, y en ascenso siempre creciente dado su carisma y capacidad de liderazgo, Lula fue candidato a presidente en representación del PT y sus aliados en dos ocasiones más: en 1994 y en 1998, cuando perdió las dos veces frente a Fernando Henrique Cardoso, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB). Para entonces, y hasta hoy, el sistema político se estructura en gran medida alrededor de estos dos polos antagónicos. Es decir, uno de ellos, liderado por los socialdemócratas, y el otro, encabezado por los petistas.

EN EL PODER

Cuando la victoria llegó al fin en 2002, el PT siguió virando hacia el centro del espectro político. Esto le valió una serie de apoyos importantes, pero también generó disidencias con algunos dirigentes y movimientos sociales que apoyaban el partido, como el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra. Incluso, ciertas tendencias internas conformaron nuevas opciones electorales, como el Partido Socialismo y Libertad, que tuvo una buena performance en las elecciones municipales de octubre.

“Un partido político es aquél capaz de dirigir intelectual y moralmente la transformación de un país. El PT sigue siendo una gran máquina electoral, se constituye en una gran pieza de la democracia pero es incapaz de proponer cambios profundos”, dice Domingos Ouriques.

Con todo, el PT se ha situado, en muchas ocasiones, a la izquierda de la coalición gubernamental, que incluye fuerzas que transitan todo el arco ideológico. E, incluso, no fueron pocas las fricciones entre el partido y las decisiones del gobierno, especialmente en materia económica, ya que Lula, en líneas generales, optó por seguir con la política económica implementada durante los gobiernos de Cardoso. Al respecto, Calle asegura que no debe resultar llamativo que, una vez que el PT consagró su ingreso en la elite política brasileña, “haya mantenido ciertas continuidades”. Opina que “en Brasil, al contrario de lo que ha ocurrido en la historia argentina, no hay incendios fundacionales que inauguren una nueva de vez en cuando”. Por ello, este analista asegura que, previsiblemente, Lula prefirió trabajar sobre un terreno firme, alejado de alternativas extremas. “Como todo país ballena, se mueve lento, con todo lo bueno y malo que eso implica”, remata el especialista.

“PRESIDENCIALISMO DE COALISIÓN” 

En este contexto, otro factor que mueve la balanza a favor de la moderación, es la necesidad de alcanzar consensos en el interior de la coalición gubernamental. Así, pese a que, incluso hasta hoy, “la imagen y la referencia a Lula es lo que sustenta a los gobiernos encabezados por el PT” (como afirma el brasileño Marcelo Valença, ver recuadro) es el denominado “presidencialismo de coalición” el que obliga a la construcción de consensos. Actualmente, la coalición gubernamental suma diez partidos en total -en 2002 eran cinco-, siendo el centrista Partido de Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) el más importante. La alianza con esta fuerza se enmarcó en la necesidad por parte de Lula de extender su red de apoyos en momentos en que el PT vivía una de las más graves crisis en su historia: los escándalos de corrupción de 2005, conocidos como el “Mensalão”, que consistió en una red de sobornos en el Parlamento. Domingos Ouriques define este hecho como una suerte de “ahorcamiento” del PT, que provocó una “crisis moral en el partido”, al verse afectados dirigentes de la talla de José Dirceu, por entonces heredero natural a suceder a Lula en la presidencia. Asimismo, este analista sostiene que los escándalos generaron cierto “alejamiento” tanto de Lula como de Dilma del partido, en un intento por despegarse de la imagen de corrupción que irradiaba esta fuerza política. Entonces, Lula formalizó puentes con fuerzas amigas como un modo de garantizar “la gobernabilidad”. Sin duda, la experiencia de Collor de Mello había dejado una enseñanza importante para la dirigencia.

EL FUTURO

El Mensalão fue un gran golpe para el PT, pero no mortal. Al contrario, impulsó un proceso de renovación de cuadros que tuvo su cumbre con la elección de Dilma como presidenta de la República.

La victoria, en octubre último, del hasta hace poco desconocido Fernando Haddad como alcalde de San Pablo es otro símbolo de los nuevos tiempos.

Su candidatura fue promocionada y respaldada por Lula en persona. Quedó claro que su intención fue promover caras frescas en el PT paulista, un grupo que desde mediados de los noventa dirige el partido a nivel nacional, y cuyos referentes eran nada menos que Dirceu o Antonio Palloci (jefe de Gabinete de Dilma que tuvo que renunciar debido a las denuncias de enriquecimiento ilícito).

En gran medida, la crisis por corrupción fue transferida al partido, y no cargó sobre la espalda de Lula. Mucho menos sobre la de Dilma. Sin embargo, ambos necesitan del PT como soporte para gobernar, y más aún como garante para vencer en futuras elecciones. Después de todo, es la organización partidaria más votada del país, y la más popular entre los brasileños desde el año 2000. Cuenta con un millón quinientos mil afiliados, y una estructura organizativa sólida. Por ello, Lula, de tanto en tanto, sale a aunar voluntades y a interpelar sobre la identidad partidaria. “Todos somos PT”, recuerda.

SE BUSCAN SUCESORES

Profesor en el Programa de Posgrado en la Universidad del estado de Río de Janeiro, el brasileño Marcelo M. Valença asegura, en diálogo con Debate, que el gobernante Partido de los Trabajadores carece de una planificación a largo plazo de cara a la preparación de sucesores o renovación de cuadros. Un proceso, acaso, indispensable a fin de evitar las “brechas generacionales”, que hacen que un dirigente importante no tenga un heredero político definido una vez que se aleja del poder.

El experto asegura que, actualmente, hacia el interior del PT se libra una discusión acerca de cómo fortalecer las instituciones políticas. Asimismo, hay un esfuerzo por mejorar la imagen del partido -afectada luego de sucesivos escándalos de corrupción- y por evitar ser identificados con los manejos partidarios que este mismo criticaba cuando era oposición. Por ello, según este académico, algunas corrientes del PT defienden la renovación interna. “En el Norte, ya van surgiendo nuevos liderazgos con ánimos de cambiar la cara de la organización. El problema está en el sureste y el sur, donde el partido parece ser más homogéneo cuando, en verdad, es más centralizado”, afirma.

Con respecto a qué peso tiene en el partido la figura de Luiz Inácio Lula da Silva, presidente honorario del PT, Valença asegura que, pese a que pueda ser controvertido su análisis, considera que “la figura de culto de Chávez es muy cercana a la de Lula, una persona más allá del bien y del mal, que representa la última defensa de los valores del partido y de la sociedad”.

ASCENSO PROGRESIVO

Sociólogo e investigador del Laboratorio de Políticas Públicas, Gabriel Puricelli considera, en diálogo con esta revista, que “efectivamente hay una relación de autonomía relativa tanto de Lula como de Dilma respecto del PT”. Según este analista, el ex mandatario consiguió posicionarse por encima de las corrientes internas del partido, en gran medida debido a ese “plus” que le otorgan su carisma, gran capacidad de liderazgo y popularidad entre el electorado. La presidenta Dilma Rousseff, en opinión de Puricelli, seguiría los pasos de su mentor, en la medida en que, en primer lugar, no es socia fundadora del PT como Lula, y dentro de esta organización siempre había cultivado un perfil más bien técnico. “De todas maneras, la autonomía que ambos ejercen no ha llegado a provocar conflictos ni rupturas con el partido, en cambio se trata de una tensión con éste más bien productiva”, afirma.

Ante una pregunta de esta revista, Puricelli afirma que Lula proviene de una facción dominante dentro del PT que en un primer momento se denominó “Articulación”, y luego “Campo Mayoritario”. Ésta se define por su “carácter aluvional”, en la medida en que conforma una gran corriente que sintetiza los distintos espíritus doctrinarios del PT.

Por otra parte, ante una pregunta de Debate, Puricelli subraya que Lula, al contrario de otros líderes regionales contemporáneos, no emerge como producto de una implosión del sistema partidario y su consecuente crisis de representación. Este analista destaca, al contrario el recorrido consistente y lineal de Lula en el poder.

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