4 mar. 2013

La revolución del dragón


Su crecimiento se consolidó a partir de una regulación estatal muy estricta pero con una economía muy abierta al comercio exterior. Cómo impactó este desarrollo sobre Argentina y qué puede venir.

La consolidación de la posición de China en el escenario internacional puede explicarse en gran medida por el fuerte crecimiento económico que logró durante la última década, convirtiéndola en un aspirante a ser la próxima potencia económica dominante. Ese crecimiento se realizó en el marco de una regulación estatal muy estricta pero con una economía muy abierta al comercio exterior, favoreciendo de esa manera la constitución de una nueva división internacional del trabajo alrededor del gigante asiático. En este esquema, el intercambio de bienes industriales con sus vecinos de la región asiática es muy intenso, y los países como Japón, Corea del Sur, Taiwan o mismo Tailandia, Malasia y Singapur son los principales proveedores de las partes y piezas que requiere la industria china para su desarrollo. Por otra parte, desde lugares más alejados, como Africa, América latina y Medio Oriente, provienen los recursos naturales y las materias primas necesarias para su industria y la alimentación de su numerosa población. Por último, los bienes finales fabricados en China son vendidos al resto del mundo, principalmente en Estados Unidos y Europa.

El cambio de los flujos comerciales que implica la implantación de esta nueva división internacional del trabajo no está exento de tensiones con los nuevos socios y con los competidores. A nivel industrial, la productividad que logró la economía china genera una presión sobre los precios que obliga a los demás países a buscar esquemas de defensa comercial, más en un contexto de crisis. En consecuencia, no puede sorprendernos que China lidere en ranking de los países más denunciados ante la OMC por dumping o contra el cual más herramientas de política comercial se aplican.

Este proteccionismo se agrega al bajo o nulo crecimiento de países como Estados Unidos y Europa para sembrar dudas respecto de la evolución futura de las exportaciones chinas. Frente a esa situación, se dice que el desafío del nuevo gobierno chino consiste en incrementar el mercado interno. Esta solución contiene dos complejidades: por un lado, dado el gran componente importado de la producción industrial china, un aumento de su consumo interno podría conllevar a un déficit comercial, con consecuencias imprevisibles sobre la economía mundial. Por otro lado, esa opción implicaría la adopción de pautas de consumo europeo de parte de la población china urbana que podrían tensar el equilibrio entre lo político y lo económico, al llevar a aspiraciones de mayores libertades civiles.

China aparece como un país de grandes contrastes, con gran disparidad en la distribución del ingreso, una desigualdad regional marcada, a lo que podríamos agregar conflictos independentistas más o menos abiertos (Tíbet). Esos desafíos internos se suman al escenario internacional cambiante, con distintos conflictos en Africa y Medio Oriente que ponen en riesgo el suministro de materias primas valiosas. En efecto, la relación de China con sus proveedores de materia prima se traduce en aumentos de precios que generan dificultades para otros importadores de esas mismas materias primas, pero también para los países proveedores, tanto por sus consecuencias ecológicas como por las disputas generadas alrededor de la distribución de la renta extraordinaria.

En el caso argentino, apuntamos en nuestro último artículo publicado en la Revista de Estudios de Economía Política y Sistema Mundial del CCC, que la relación bilateral es más compleja de lo que parecería a primera vista. Por un lado, Argentina logró una fuerte presencia en la provisión de alimentos, especialmente a través de la soja y sus derivados, en la que se posiciona entre los tres principales y casi únicos proveedores, junto con Brasil y Estados Unidos. De esa manera podemos calificar la relación de Argentina con China como de “doble dependencia”, que ubica a nuestro país en una posición más cómoda que muchos de los países que exportan petróleo a China, ya que los proveedores de ese producto se encuentran muy atomizados.

Sin embargo, la debilidad de nuestra posición radica en que más 75 por ciento de los productos exportados por Argentina a China son alimentos, y la mitad soja y sus derivados. Estos datos implican que es necesario tratar de exportar otros productos con mayor valor agregado. Si bien la tarea resulta difícil, no es imposible, dado que el acceso al mercado chino está lejos de estar acotado, tanto por producto como por origen. La mayoría de sus importaciones son de productos industriales y muchas provienen de orígenes que no son los tradicionales del rubro. La oportunidad que supieron aprovechar otros países “emergentes” debe ser un ejemplo para mejorar la inserción por producto de nuestro país en la nueva división del trabajo internacional.

Un imán para inversiones

China combinó el desarrollo de su mercado interno con una agresiva y exitosa estrategia exportadora ligada a la atracción de Inversión Extranjera Directa (IED). Ese proceso de recepción de inversiones se concentró, en un primer momento, en producir para exportar aquellas manufacturas más simples, evolucionando posteriormente hacia más sofisticadas, un proceso que aún continúa.

En 1985 los productos primarios y las manufacturas basadas en recursos naturales representaban el 49 por ciento de las exportaciones chinas, disminuyendo al 12 por ciento para el 2000 y hoy son casi insignificantes. En 2006, el 45 por ciento de las ventas de bienes correspondía a manufacturas intensivas en mano de obra y el 8 por ciento a las que incluían un proceso intensivo en investigación y desarrollo (I+D); en 2008, las primeras descendieron al 27 por ciento del total mientras que las segundas se duplicaron hasta el 16 por ciento.

Hoy el gobierno chino centra su interés en el grado de valor agregado local, que varía según el tipo de empresa: es mayor en las empresas transnacionales y menor en las chinas. A su vez, el agregado de valor chino por producto es alto en bienes de bajo contenido tecnológico y va disminuyendo en la medida que ascendemos en la cadena de valor. Así, las exportaciones chinas de productos intensivos en tecnología son las de menor valor agregado local (desde un 4 por ciento en computadoras hasta un 15 por ciento en equipos de telecomunicaciones). Este panorama está cambiando en la medida en que las empresas chinas incrementan su participación en las exportaciones, proporción que pasó del 5 por ciento en 2001 al 30 por ciento en 2009 y se estima que alcanzaría el 50 por ciento a fines de 2012.

China va reemplazando en su canasta exportadora el peso relativo de productos baratos e intensivos en mano de obra, por otros más sofisticados y de mayor intensidad de capital. Sin embargo, China aún es un poderoso exportador de ciertos commodities como ropa, textiles, zapatillas y juguetes. En paralelo, algunas economías en vías de desarrollo, con China a la cabeza, están “invadiendo” los mercados de ciertas categorías de productos en los que las economías desarrolladas predominaron siempre. Si bien la especialización prevalece, la participación de las exportaciones de manufacturas combinadas y a todo el mundo de EE.UU., Japón y la UE27, cayó del 63,3 por ciento en 2001 al 56,3 por ciento en 2010.

Esos sectores mayoritariamente involucran equipos de capital y sus repuestos, reflejando las notables mejoras alcanzadas por China en los niveles de precisión en productos para cortar metales y algunos procesos metalúrgicos. Hay varios componentes que eran muy difíciles de hacer para los que se requiere cierto nivel de resistencia, durabilidad y precisión, y ahora están siendo producidos masivamente por nuevas empresas que han aplicado “ingeniería-reversa” sobre productos antes importados. El hecho de que se trate de productos sensibles se reflejó en el uso de medidas de defensa comercial por parte de países desarrollados para proteger sus mercados internos. Esas medidas se dirigieron a productos que tienen algún tipo de componente de metal y prácticamente no se usaron para maquinaria terminada, porque la mayor parte de esas maquinarias chinas va a países donde la capacidad doméstica para hacer un producto similar es limitada.

Ahora el hemisferio norte occidental recibe capitales chinos pero como compradores de tecnología y marcas, porque también pretenden desarrollar mercados en Europa y América del Norte y comprar, allí, tecnología y marcas consolidadas para poder gestionarlas dentro de su territorio y competir en él. Consultoras internacionales advierten que no necesariamente los chinos desean conquistar mercados externos, sino que uno de sus principales desafíos es desarrollar y asegurarse el propio.

El Plan Quinquenal vigente enfatiza que deben crecer apoyándose más firmemente en procesos innovativos desarrollados en la industria local, para lo cual deben mejorar el contexto en que se desarrollarán las empresas en condiciones de invertir en I+D y acumular conocimiento que puedan luego traducir en innovaciones. Propone que las regiones costeras sean transformadas desde su actual base manufacturera en una región donde predominen los servicios y se convierta en un verdadero “hub” para las actividades de I+D. En suma, entender el proceso innovativo como un vehículo para la reestructuración productiva, lo que requiere que, simultáneamente a que la atención se fije en la renovación tecnológica requerida por las industrias tradicionales, se impulsen las industrias de avanzada.

Oficialmente, el gasto pretendido en I+D deberá alcanzar el 2,5 por ciento del PIB para 2020. Que se hayan fijado ese target es el resultado del tránsito por un largo camino en el que la presencia de capital transnacional ha sido central. En todo caso, la base desde la que se plantean estos objetivos no es menor: la innovación doméstica requerirá de capital humano de calidad y China produce algo más de 500 mil ingenieros por año, de buena calificación relativa básica.


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