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20 ene. 2015

Con la vieja no te metás

Hace mucho tiempo, en el barrio, en el club, en los potreros, cuando había una pelea entre chicos se podía insultar, se podían decir cosas agresivas, pero con un límite... ¡con la vieja no! Cuando se llegaba a ese punto, empezaban las trompadas. “Con la vieja no te metás”, estallaba el ofendido, se armaba la bronca, los amigos separaban y una vez en casa, la mayoría de las familias explicaban que no había que reaccionar así –o que no había que decir esas cosas–. En esa tensión se apoya buena parte de nuestra cultura. Se supone que hay un límite que no debe ser propasado y que ciertas reacciones deben controlarse.

Occidente (un ambiente difícil de definir) siempre prestó atención a esa tensión. Durante la Guerra de Troya, los griegos y sus vecinos cometieron toda clase de atrocidades –y debían ser conocidas para no repetirlas–. El magnífico Aquiles, después de matar al héroe troyano Héctor, arrastra su cadáver alrededor de las murallas de la ciudad, a la vista de sus padres, de su viuda y de sus hijos. Eso no se hace. Cegado por la ira, Aquiles pasa un límite que lo descalifica. A veces los héroes actúan como canallas.

Se supone que siempre hay algo prohibido. El caso típico sería la prohibición del incesto. Casi todas las sociedades conocidas apoyan su organización en que no deben procrear individuos con cierto grado de consanguinidad. Para intentar explicar esta constante que apasiona a psicólogos y desespera a religiosos, existen diversas teorías que pretenden aclarar por qué no se deben mantener relaciones sexuales entre padres e hijos, entre hermanos, etc. Ya el Levítico decía: “Cualquiera que haga alguna de todas estas abominaciones, las personas que las hagan serán eliminadas de su pueblo”. Ahora bien, a ningún teórico liberal se le ocurriría proponer que se debe consentir el incesto en nombre de la tolerancia y los valores de la República.

La ley no es pareja para todos. La lamentable matanza de los humoristas franceses desató una oleada de polémicas, incluyendo el problema de la censura. Entre los problemas alrededor de las políticas censorias, está el de “los límites”, esto es, dónde y cómo se pone esa línea que no se debe cruzar. Algunos se preguntaron si los humoristas debieron autocensurarse debido a las amenazas y el atentado previo. Otros plantearon que no deberían ser tan agresivos con los valores musulmanes.

El intelectual democrático y tolerante que defiende la libertad de expresión no aprobaría la exhibición y venta pública de un semanario dedicado a celebrar los beneficios de la pedofilia, para lo cual seguramente hay un mercado rentable. Se podría argumentar que la pedofilia es un delito, que la revista cometería apología del delito y listo: ¡expediente judicial! Pero se podrían responder al menos dos cosas: primero, que judicializar el asunto no aporta nada a esta problemática de extraordinaria importancia cultural y política. Y, segundo, que las leyes van y vienen, lo que hoy está prohibido ayer no lo estaba –y mañana podría dejar de estarlo–. La libertad es un problema demasiado importante para dejarlo sólo en manos de las leyes.

Porque, inversamente, burlarse de algo sagrado puede o no ser un delito según el país o según la época. Esto es tan relativo, que no hay manera de saber qué hubiera pasado si los Estados europeos hubieran desarrollado políticas destinadas a desalentar que sus medios ofendan valores sagrados para algunos o para todos, cosa que sí hacen para otros casos, como el siguiente.

El actor francés Dieudonné M’bala se hizo famoso con un show en el cual se burlaba de ciertos estereotipos raciales. Fue militante de izquierda y un reconocido activista contra las políticas del derechista Frente Nacional. Pero cambió de idea, se hizo amigo de la familia Le Pen y pasó a promocionar ideas antisemitas y negacionistas. En pocos años se convirtió en un enemigo público para el Estado francés.

El actual primer ministro de Francia, Manuel Valls, cuando era ministro del Interior, estimó que Dieudonné había dejado de ser un comediante para convertirse en un racista y antisemita que se burlaba de las leyes francesas contra la incitación al odio racial. Y, en consecuencia, dispuso que se acudiera a todas las instancias legales posibles, porque se trataba de “un caso de seguridad pública”. Autorizó a la policía para censurar los espectáculos de Dieudonné que fueran considerados antisemitas, porque la lucha contra el racismo y el antisemitismo demandaban “una acción vigorosa” por parte del gobierno. El actor fue censurado en distintas ciudades de Francia, lo obligaron a bajar dos videos de YouTube y le impusieron multas por miles de euros. Se trata de información pública aparecida en los grandes medios de Europa y no se produjo ningún alboroto porque la República Francesa limitaba la libertad de opinión.

Todo esto ocurrió durante los últimos 10 años, mientras una revista satírica francesa, al mismo tiempo, se dedicaba sistemáticamente a discriminar y ofender a los musulmanes. De donde siempre quedará una duda: si en vez de burlarse de valores musulmanes, la revista se hubiera dedicado sistemáticamente a ofender a los judíos, o a los negros, ¿cómo hubiera actuado el Estado francés? Y ante la memoria de los franceses asesinados, surge una pregunta adicional, inquietante y sin respuesta simple: ¿todo esto habría sido diferente si el Estado francés defendiera los derechos de los musulmanes como defiende los derechos de la humanidad frente al antisemitismo y el negacionismo?

Mi derecho esmejor que el tuyo. En vez de opinar acerca de las inconsistencias y contradicciones de las políticas culturales europeas, el liberalismo no ha encontrado nada mejor que oponer el fanatismo agnóstico de la comunicación al fanatismo religioso de algunos musulmanes. Antes decían “no estoy de acuerdo con tus ideas pero estoy dispuesto a luchar para que puedas expresarte”. Ahora, banalizando las muertes recientes, declaman que están dispuestos a luchar por su “derecho a ofender”. Los grandes desafíos de una sociedad multicultural apoyada en la tolerancia no se pueden resolver reivindicando la lucha de un fanatismo contra otro.

Frente a los liberales –que ahora tiran nafta al fuego– aparecieron las regulaciones y las intervenciones del Estado, que entre otras cosas sirvieron para salvar de la catástrofe al sistema de vida que defienden con tanto entusiasmo. Palabras como “regulación” y “censura” les causan espanto, pero el hecho es que los mercados sobreviven gracias a los Estados y la libertad de expresión no es un derecho absoluto sino regulado. En la mayoría de los países occidentales las leyes sancionan a los medios si pasan ciertos límites, y los procesan (o podrían o deberían hacerlo) si hacen apología del delito, si injurian a una persona, si muestran la identidad de un menor, etc. Estas regulaciones son formas de la censura y no podría decirse que son mala censura –salvo que se trate de musulmanes, que migran a Occidente para que los intelectuales liberales puedan practicar su derecho a ofender a los demás–.

Ahora tenemos un Papa argentino. Si una revista local lo ofendiera sistemáticamente en sus dibujos y viñetas como el semanario francés ofende a Mahoma, los mismos medios e intelectuales que hoy reivindican el estrambótico derecho a ofender, convocarían a un inmediato cacerolazo bajo la consigna “Yo soy Francisco”. Porque, como decíamos al principio de esta nota, “con la vieja no te metás”.

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