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20 ene. 2015

Entre sicarios mediáticos y judiciales, la derecha argentina busca candidato

Como sucediera en 2014 en varios de los países de la región, la construcción de un referente del ideario neoliberal en defensa de los intereses concentrados recorre las mismas fallidas estrategias mediáticas y de marketing político.

Por Aram Aharonian

Pese a la enorme ofensiva mediática, nacional e internacional, la derecha sigue siendo derrotada en nuestros países. Y continúa mirando cómo gobiernos populares se han venido consolidando, reeligiendo, con un común denominador, de poner en marcha políticas sociales inclusivas en el continente más desigual del mundo, recuperando el papel del Estado, estimulando políticas de integración subregional y regional, combatiendo la centralidad del mercado.

No hubo magia: solamente pagar la deuda interna con las grandes mayorías. Y por eso, Argentina, que había sufrido la peor crisis de su historia a comienzos de este milenio, pudo retomar el crecimiento económico, con gran distribución de la renta, mientras Brasil revivía de la grave recesión para protagonizar un ciclo expansivo de su economía, mientras ponía en marcha una profunda democratización social.

La crisis de identidad de nuestras derechas es sorprendente. En algunos casos, pretenden desconocer la realidad de los avances logrados por los gobiernos progresistas y hablan de un retorno al pasado, al fracaso. Otros intentan robar las consignas e incorporarlas a sus discursos.

La derecha no ha logrado un fenotipo de candidato: en Ecuador propone un banquero, en Bolivia y en Chile un gran empresario, en Venezuela y Uruguay a jóvenes políticos que siguen proponiendo un regreso al neoliberalismo y su inequidad. Podrán disfrazarse, trasvestirse de centroizquierdistas, autotildarse socialistas, pero se les notan los grilletes del neoliberalismo.

Podrán encontrar caritas frescas y sonrientes, pero eso sólo no basta.

Falta creatividad, imaginación, incluso un baño de realidad… pese a contar con grandes think tanks, las grandes agencias de publicidad y a toda la prensa hegemónica.

Cristina Fernández lo dejó claro: hay dos proyectos de país. “El nuestro comenzó a construir la noción de igualdad para llenar de contenido la libertad”, dijo, y pidió que los opositores definan el suyo. Ese proyecto de país tiene resultados concretos: inclusión social, como la Asignación Universal por Hijo, el nuevo Código Procesal Penal, el plan Progresar, el plan Procrear, el plan Conectar igualdad, el plan Arasat (del satélite de comunicación que envió Argentina al espacio y que transmite ya a todo el país), el plan de infraestructura,el plan de caminos y gasoductos de viviendas, de hospitales.

La derecha busca candidato, dice Alfredo Serrano: de ser posible, que sea joven. Si es guapo y sonríe, mucho mejor. Cuanto menos confronte, más vale. Siempre dispuesto a sacar un aprobado sin importar que sea sobresaliente. Se ruega altamente disciplinado; sin tentaciones para salirse del guión. Cuanto menos improvise, mucho mejor. No conviene exceso de verborragia; se prefiere la palabra justa. Destreza y capacidad política no excluyente. Cuanto menos hábito y experiencia, mucho mejor.

Todo se aprende y moldea en las técnicas de mercadeo político de moda. Este patrón común responde al nuevo currículum exigido en América latina para ser aspirante a ganar elecciones frente a los proyectos posneoliberales en el siglo XXI.

Claro que ni Cobos, Alfonsín, Binner, Pino Solanas, Elisa Carrió, Sanz tienen que ver con ese fenotipo. ¿Macri, Massa? A ninguno se le pega una idea siquiera. ¡Triste! Aunque pareciera que la más lúcida es la señora Carrió, que sabe bien que si no se unen todos tras una candidatura fuerte (y no sólo consensuada), es imposible soñar siquiera con la restauración conservadora.

Edgardo Mocca señala que la argumentación política de la oposición argentina para rechazar las iniciativas del Gobierno ya puede ser considerada un género literario. La retórica combina curiosamente la impugnación del estatismo y el reclamo por la seguridad jurídica del capital con todo tipo de denuncias “progresistas” sobre situaciones de injusticia social de diverso orden.

El Gobierno pasa –a veces en el mismo artículo o nota de opinión– de ser autoritario porque pretende recortes, generalmente modestos, a la tasa de ganancia o restricciones sobre posiciones monopólicas de mercado, a ser un simulacro que esconde en una palabrería populista su verdadera intención conservadora, solamente obsesionada por acumular poder y riqueza.

“Golpean desde todos lados y al mismo tiempo, desde la derecha y desde la izquierda, desde el garantismo y la dureza punitiva, desde la ética y desde el cinismo”, señala Mocca. Las dificultades para la emergencia de un candidato opositor con chances de triunfo en octubre próximo no son ajenas a esta carencia de una promesa política consistente en que pueda formularse con palabras y a la vez pueda vivirse como una realidad.

A la derecha le sobran las campañas de terrorismo económico y mediático, las presiones internacionales, las denuncias diarias sobre violencia y corrupción (en gran medida vacías), el sensacionalismo apocalíptico que se renueva cada día sin memoria ni vergüenza.

Tienen una sola cosa en claro: el intento (y las ganas) de desalojar del gobierno a las fuerzas progresistas para entregarlo al poder económico y mediático, multinacional, y a sus repetidoras vernáculas, en pos de la restauración conservadora (achicamiento del Estado, fin de las políticas sociales, volver a los tratados de libre comercio –tipo ALCA–, etc., etc.). Eso sí está en sus programas y discursos.

Al celebrar los 31 años de democracia, Cristina Fernández preguntó si había diferencia entre los que le decían a Manuel Belgrano que se rindiera a los españoles “con los que me dicen a mí, negocien con los fondos buitre. No hay ninguna diferencia. Claro, antes venían con armas y cañones, ahora vienen con las armas de la economía y el mercado”.

Este gobierno debió soportar nueve corridas cambiarias precedidas por miles de portadas de diarios anunciando catástrofes. Ahora, además, a los sicarios mediáticos se les unen algunos sicarios judiciales.

Pero el mayor problema de aquellos que sueñan con restaurar el orden conservador, es que se enfrentan a millones de jóvenes, que crecieron en un país distinto, más justo, más equitativo.

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