4 ene. 2015

El juego está abierto

Un escenario abierto hacia las elecciones. Diferencias y semejanzas con las de cuatro años atrás. Candidatos o partidos durante el 2014: transiciones, avances, retrocesos. La prioridad, de Cristina. Adversarios y presidenciables a la derecha del kirchnerismo. Una sociedad que cambió, dato que pocos miran.

A principios de 2011, en vísperas de las anteriores elecciones presidenciales, la prospectiva política era más clara que la actual, pero no polarmente distinta. Una gran diferencia era que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner podía ir en pos de la reelección y que todo lo sucedido en 2010 indicaba que la lograría. Sus adversarios políticos y los poderes fácticos, envueltos en su propia sanata, no advertían ese desenlace, se negaban a ver lo evidente. Los festejos del Bicentenario, las exequias del presidente Néstor Kirchner y el devenir económico generaban un contorno propicio para el oficialismo. La rabia moraba en los medios dominantes, el conjunto social estaba más tranqui: sabía congregarse y celebrar, velaba por sus propios intereses, los indicadores económicos-sociales mejoraban.

Cuatro años no pasan sin dejar huella y la historia no se repite, aunque tiene continuidades remarcables. En la inminencia de los cambios democráticos, el oficialismo sostiene la gobernabilidad, con niveles razonables de aceptación social. Es más complejo, acaso imposible, augurar con certeza el veredicto popular de 2015.

El transcurso del tiempo, el desgaste, un largo lapso sin crecimiento económico y la exclusión constitucional de la principal protagonista de la política son parte de las nuevas condiciones.

De ganadores seguros a la segunda vuelta: Aupada por las parlamentarias de 2013, “la oposición” no consiguió quebrar el núcleo duro de adhesiones al Frente para la Victoria (FpV). Tampoco produjo desplazamientos en masa de dirigentes o militantes.

El jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, seguramente fue quien más mejoró su posición relativa.

El diputado Sergio Massa frenó su ascenso, pero se mantiene “competitivo”, como concordaron los más conspicuos consultores en la nota de tapa de este diario del domingo pasado.

Ninguno de los dos ensambló, ni por asomo, un armado nacional comparable al que tuvieron los gobiernos ungidos por el voto desde 1983.

El Frente Amplio-Unen (FA-Unen) se diluyó en internas desabridas, no pudo instalar (no tiene) un referente creíble y taquillero. Es la fuerza que más retrocedió en el año. Los sondeos y el análisis concuerdan, por una vez: muchos potenciales votantes van rotando sus preferencias a favor de Macri. La entente se describe “de centroizquierda”, los medios VIP consagran el rótulo. Los ciudadanos con su desplazamiento y los dirigentes con sus tácticas (que no excluyen una fórmula conjunta, yendo como furgón de cola), enfilan hacia la alternativa de derecha. La sociología política indica una “fuga” llamativa, los encasillamientos verbales van perdiendo la partida.

Sondeos y horizontes: Las encuestas deben tomarse con pinzas esterilizadas, máxime a esta altura del match, pero sería fatuo desacreditarlas sin más. Sobre todo porque las profecías calificadas inducen comportamientos o tácticas de campaña.

Los “cuadros de situación” de los principales aspirantes contienen factores comunes notables. Entre ellos que, a diferencia de lo que pensaba un año atrás, el FpV es favorito para llegar a la segunda vuelta. Y, eventualmente, ganar en la primera superando el cuarenta por ciento. “Todos” (es un decir, que simplifica un cachito) suponen que en el mejor de los casos para sus rivales habrá doble vuelta con el FpV ocupando un sitio. O sea, la puja se resume a evitar un aluvión oficialista en octubre, primar en la interna de “la opo”, quedando a tiro con un segundo lugar en la primera ronda.

Los aspirantes mejor posicionados para esa chance son Macri y Massa, candidatos y líderes indisputados de sus espacios. No han congregado aliados de fuste aunque todavía pueden hacerlo. Macri mira más a FA-Unen, para redondear una propuesta no peronista, antiperonista o gorila (táchese lo que no corresponda, mézclese o espérese a su momento).

Massa ya debería dar por perdidos a los gobernadores del FpV que se quedaron en la otra orilla del Rubicón (casi todos bancando a su colega Daniel Scioli) y ver cómo sumar a los compañeros justicialistas “federales”. No le está vedado ni lo tiene adquirido.

La prioridad de Cristina: El kirchnerismo conserva el timón del Gobierno tras el año o el bienio más difícil de todos sus mandatos. La gobernabilidad es la prioridad de la Presidenta. La Cámpora es el sector que más a gusto (compartido en Olivos) la acompaña en esa opción.

Este cronista sigue creyendo que la idea fuerza dominante de Cristina es terminar su segundo período con paz social, estabilidad, tras un año de realizaciones y de conservación de consensos, con una firme base en los sectores populares. Desde la otra tribuna la acusan de poner bombas de tiempo, de socavar el legado, de querer vaciar las arcas públicas, de pensar en un cargo en el Parlasur. De dejar un suelo yermo o arado con sal. Por ahí, incurren en un error similar al de predecir que Kirchner sería el Chirolita del ex presidente Eduardo Duhalde, que Cristina lo sería de “Néstor”, que no superaría su pérdida. Que “el campo”, Clarín, las corridas financieras o los fondos buitre dejarían game over al oficialismo, que sus cuadros tornarían al útero del peronismo convencional.

“La gestión” es el alfa y el omega del kirchnerismo. La indefinición sobre su postulante a presidente lo relega en la competencia respecto del PRO y el Frente Renovador (FR). Pero en materia política lleva la iniciativa, nadie emparda el liderazgo de Cristina. Siguió gobernando, legislando, buscando soluciones o reparaciones... lo que enardece a quienes pregonan el “fin de ciclo”. Reacciona ante situaciones adversas: colocó al mejor equipo económico desde 2007, combatió la merma de reservas con swaps y acuerdos con los productores agropecuarios. Intentó emitir los Bonar, tomando crédito contra deuda externa a largo plazo, no le salió: seguramente volverá por la revancha o buscará otra herramienta. Los programas Progresar y Pro.Cre.Ar son contracíclicos, aumentan la cobertura social. Son de alcance mediano, claro, pero rumbean bien en lo esencial. La nueva moratoria para trabajadores desprotegidos es un ejemplo de solidaridad social y esfuerzo fiscal con pocos parangones en el mundo. Nadie, desde la otra tribuna, sugiere una medida novedosa tan protectora.

El kirchnerismo aborrece el vacío o la pasividad. La gestión es su ecosistema predilecto y su brújula. El resto del espectro político habla, produce fotos o imágenes, denuncia, funge de repetidora del multimedios. Su apuesta mayor es que una mayoría decida cambiar después de doce años. Es factible, aunque la afea que se la adorne poco con propuestas sugestivas, con un par de ideas generales, con alguna innovación.

Referencias acá y en este Sur: La izquierda radical se consolidó en las elecciones del 2013. Quizá consiga ampliar su bancada en el Congreso nacional y mejorar su cosecha en varios territorios. Todo modo, sería una hazaña o hasta un milagro que llegara a los dos dígitos porcentuales en la suma nacional. Así las cosas, las alternativas al Gobierno se sitúan, con comodidad, a su derecha.

Si dicha tendencia se mantuviera, se repetiría el patrón común de las elecciones en países vecinos y hermanos. En todos triunfaron fuerzas afines al kirchnerismo, con variantes alusivas a las diferencias nacionales y al color local. Claro que hay una diferencia con esos procesos: el kirchnerismo no ha consagrado un candidato “del palo” como en Brasil y Venezuela ni podrá postular a sus líderes como en Bolivia, Chile, Uruguay y Ecuador.

Si Macri, Massa y el gobernador Daniel Scioli son los aspirantes con mejores chances, puede decirse que el tablero general se movió hacia la derecha, en mayor o menor medida. La clave, queda expresado, no son los opositores sino el FpV. Todavía puede suceder que Cristina Kirchner se juegue por una figura bien “K”, pero el correr del calendario acota los márgenes para esa instalación. La reconocida capacidad de supervivencia de Scioli y su asombrosa aptitud para conseguir votos serán puestas a prueba, pero hasta acá funcionaron.

La Presidenta no revela su juego, lo que abre espacio a especulaciones o pálpitos: los ahorraremos, de momento. Lo cierto es que si las primarias fueran hoy, todo indica que Scioli ganaría las del FpV. El dato no es irreversible, pero sí significativo porque quedan sólo siete meses para las PASO y porque el hombre creció en un año que asomaba como poco propicio.

También dejamos para su momento la lucubración acerca de si el corrimiento de la oferta se debe a cambios de talante social o a déficit de construcción del FPV, hipótesis que pueden mestizarse en el análisis.

El ministro Florencio Randazzo, su par Agustín Rossi, el ex canciller Jorge Taiana, el gobernador Sergio Urribarri, el diputado Julián Domínguez y hasta el secretario Aníbal Fernández se perciben en carrera. Su mejor futuro sería recibir un aval de Cristina, el second best unificar personería todo lo posible contra Scioli.

Acá paramos con la faz, pongamos, competitiva. Añadamos solo un hecho extraño. Ninguno de los partidos que podrían ganar en la provincia de Buenos Aires tiene ya su candidato. El espacio en blanco es chocante por la gravitación de “la provincia” en el padrón general, sobre todo si las elecciones son simultáneas.

Los que votan: La crónica se fija en los protagonistas, que son decisivos. El cronista cree que se subestima al pueblo soberano, que será el que dirima supremacías. Si usted quiere, hablemos de “la sociedad”.

Pongamos entre paréntesis la polémica acerca de cómo definir a los doce años de kirchnerismo: ganados, perdidos, empatados, relatados. Y aún la discusión acerca de cuánto de bueno o de malo hizo el Gobierno. Cada ciudadano se lo preguntará, se expedirá en base a sus ideas, valores, creencias e intereses.

Los candidatos y el debate pre electoral deberían advertir que la Argentina de 2015 no es la del 2003. Otra su morfología social, otro su nivel de empleo, otra la configuración de la clase trabajadora. Las provincias con recursos naturales crecieron y modificaron su estructura productiva. Las petroleras serán un nuevo factor de poder en los próximos años.

Los ciudadanos de a pie que llegaron a ser propietarios de bienes a los que nunca accedieron antes (laburo estable, jubilación, Asignación Universal, viviendas, autos o motitos) son –sociológica y culturalmente– distintos de lo que fueron en 2003. Sus (re)alineamientos pesarán en el cuarto oscuro. Llegarán a él chicos que tenían 6 años cuando Néstor Kirchner entró en la Casa Rosada.

Otra Argentina se pronunciará, aunque muchos de sus dilemas y desafíos se mantengan. Ninguno se frizó, ni es idéntico a como fue antaño.

Final abierto y algo más: Una sociedad que, en su mayoría, se acostumbró al crecimiento, al consumo y la ampliación de derechos puede considerar que el FpV se estancó, tocó su techo o sencillamente estar hastiada de ver al mismo elenco dirigente. Pero está por verse si está dispuesta a arriesgar lo que consiguió entre un puñado de competidores cuya principal agenda son generalidades sobre la inseguridad o la inflación. O un listado de nombres propios con la foto típica de las películas del Far West, esa que señalaba “Wanted”.

Los medios hegemónicos fuerzan ese menú, demasiados políticos de nivel van a su zaga. En 2011 les costó caro. Ahora, ya se repitió, no tiene por qué ser igual, pero el antecedente debería aleccionar a una oposición que descansa mucho en la fuerza de gravedad del fin de ciclo.

En fin, sin la bola de cristal hay que amarretear los vaticinios. Los desempeños del Gobierno, como en todo el globo terráqueo, influirán lo suyo.

El balance es entonces, precario, con muchas incógnitas para despejar. Quedó pendiente comentar algo sobre lo que no pasó en 2014. Lo no sucedido aunque pudo ocurrir, forma parte de eso que llamamos “realidad”, vale la pena reseñarlo o explicarlo. Ampliaremos, como dice Crónica TV, aunque sin placa roja. Ya hay demasiadas en los medios argentinos, en particular en los que se vanaglorian de ser serios e “independientes”.

Problemática y febril

El fallecimiento de Tulio Halperin, posiblemente, motivó a sus lectores a reencontrarse con su obra. Este escriba, uno de ellos, releyó La larga agonía de la Argentina peronista y dio con un razonamiento que quiere retomar, parafraseándolo a su manera. Halperin escribió que el presidente Raúl Alfonsín consideraba que “su tarea histórica debía ser la regeneración institucional de una sociedad a la que se negaba a ver como problemática y que esa hazaña exquisitamente política era aún posible”. La cita es textual y, se confiesa, imperfecta para traslucir el pensamiento del gran historiador. Este se refería al anhelo de Alfonsín de minimizar o superar al peronismo, manteniendo los ejes del Estado de Bienestar.

La idea de que una fuerza política es el obstáculo a remover para llegar (o volver) a la tierra prometida es un clásico argentino, cuya remake ofrece ahora la llamada “oposición”.

El kirchnerismo no sería, entonces, el emergente de un proceso histórico complejo, con luces y sombras, sino un gigantesco equívoco que desvió el rumbo promisorio de un país, sencillo y sin núcleos problemáticos. La propia conflictividad no es una tradición criolla, sino un invento K. Las divisiones, hasta en la mesa familiar, las acuñaron dos presidentes. Hubo un eclipse gigantesco, que está cercano a su fin.

El oficialismo a menudo peca de compararse con el país del 2001. El parangón lo favorece, claro, a costa de simplificar demasiado la mirada. Lo acecha un riesgo típico de sociedades en cambio ascendente: que las personas que sobrellevaron esa crisis que se supuso terminal y progresaron pueden no resignarse a medir su futuro contra ese pasado ominoso. Seguramente aquilatan lo conseguido, lo dan por adquirido. Valoran sus conquistas, suponen que las ganaron y que son un piso a elevar.

De cualquier modo, hubo en este lapso una evolución y se abrió una perspectiva de futuro.

La contraparte canta una elegía a “la república perdida” que conlleva una errada visión del pasado y una empobrecedora lectura de la realidad actual.

La Argentina idílica de los consensos, del Congreso que debatía los temas sin supeditarse al Ejecutivo (o a los poderes fácticos), de políticos prestigiosos, “segura y estable”, es pura mitología para quienes estábamos ya criaditos cuando advino la recuperación democrática.

La exaltación del pasado sin beneficio de inventario es, acaso, mucho más que un desvarío intelectual. Es casi un programa de gobierno transversal a muchas fuerzas opositoras, que subestiman las características problemáticas de la sociedad argentina. Y, ya que estamos, su lógica complejidad. La vastedad y disimilitud de sus territorios, la combatividad de sus militancias sociales o gremiales, la capacidad de resistencia o de protesta de los argentinos, las fallas del sistema político o las dificultades proverbiales de su economía.

El simplismo en cóctel con una utopía anacrónica es, a menudo, algo peor que pobreza de pensamiento. Es una propuesta de acción. El foco en “la corrupción” y en las críticas ad hominem huye de toda comprensión estructural mientras propone demoler mucho de lo construido en estos años.

La ya clásica frase del jefe de Gobierno Mauricio Macri, “terminar con el curro de los derechos humanos”, es una muestra acabada de esa matriz de pensamiento. Demasiadas personas la aprueban, algunas serán incautas y supondrán que se podrá arrojar el agua sucia sin el niño adentro. La intención fundante es bien otra: dar la vuelta la página, arrojar al niño. Volver atrás a esa república perdida que nunca existió y que, por ese motivo entre muchos otros, es imposible de recuperar.

Dos postdatas imprescindibles. La primera es que lo escrito no niega el imperativo recurrente de mejorar, aggiornar o reformar las instituciones democráticas, siempre imperfectas.

La segunda es que la cita libresca sirve como disparador pero no intenta equiparar a Alfonsín con la dirigencia opositora actual. Sería una falta de respeto para Alfonsín, que lideró una etapa fundacional. Uno de sus objetivos primordiales era remover todo lo posible (todo, si fuera posible) el legado de la dictadura. Alfonsín quiso hacerlo, se comprometió, pudo en cierta medida. A más de treinta años de continuidad, con zozobras y peripecias, la vuelta atrás es imposible. Ese fue su gran legado, que ahora algunos buscan ningunear, homologando a un gobierno popular democrático y legitimado varias veces con una dictadura.

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