4 ene. 2015

Los deseos de reencuentro

Entre los deseos que han circulado en los brindis de estos días ha ocupado un lugar el de un reencuentro entre los argentinos, un soplo de tolerancia que venga a apaciguar el conflicto político de estos años. Se puede admitir que esta invocación haya provenido en muchos casos de agencias interesadas en una interpretación de la actual etapa política en clave de agitación innecesaria de diferencias y de creación de pujas artificiales para consolidar el propio poder. Pero sería políticamente equivocado no reconocer, y por lo tanto no apreciar, que todas las sociedades que en el mundo han sido tuvieron siempre un impulso de unidad y de reconciliación que forma parte del fundamento ideal de su existencia. En política no puede hablarse de “deseos equivocados”; las palabras son siempre mensajes significativos. Aun cuando se enuncie con sentido manipulador, en la medida en que hay millones de personas que lo comparten, el impulso hacia la concordia es un valor político relevante.

Es particularmente significativo que la demanda alcance una especial potencia cuando los argentinos hemos entrado en la cuarta década consecutiva de vida democrática, la más larga en toda la historia nacional. El registro histórico tiene mucha importancia porque en estos años el país atravesó agudas crisis, incluida la más profunda de nuestra historia moderna, la que estalló a fines del año 2001 y se cerró con la elección de 2003. Una crisis, recordemos una vez más, que puso en jaque la propia existencia de la nación como comunidad política, en el contexto de enormes penurias sociales, derrumbe económico y virtual implosión de la autoridad política. Digamos que aquellos fueron días de extraordinaria conmoción social y de indignación generalizada; sin embargo, no se los recuerda por un alto nivel de polarización política. Para decirlo con los usos actuales: las familias y los amigos no estaban divididos por razones políticas. Fue más bien una época de infrecuentes confluencias sociales, como las que reunieron a piqueteros y caceroleros de clase media en una lucha que era “una sola”. La deriva política de aquel derrumbe no fue ciertamente muy ortodoxa en términos institucionales, pero el problema del poder no se resolvió por la vía de la fuerza, lo que no es poco decir en nuestra historia. No surgieron fuerzas “antisistema”, según el canon politológico liberal; hubo, claro, profecías apocalípticas y hasta utopías revolucionarias que crecieron en el clima caliente del asambleísmo popular, pero la democracia argentina encontró caminos de continuidad institucional y sometió esos caminos al veredicto popular libremente ejercido. En el proceso transformador contemporáneo, la vigencia de las instituciones propias de la democracia representativa se ha revelado como un valor central.

Como al pasar, conviene decir que algo del clima de nuestro 2001 parece haber reaparecido fuera de nuestras fronteras. Aquel que quiera salir por un momento del cuento de hadas de la prosperidad capitalista liberal no tiene más que darse una vuelta por la información sobre los acontecimientos en Grecia, en España, en Italia, para dar nada más que algunos ejemplos. No se habla mucho del asunto en los medios dominantes locales, pero acaba de caer el gobierno griego, habrá elecciones y la mayor expectativa de voto recae sobre el “populismo” de izquierda del Syriza encabezado por Alexis Tsipras. En España, cuando todavía faltan muchos meses para la elección de gobierno, las encuestas reconocen a Podemos –emergente de la movilización de masas de indignados contra las políticas del bipartidismo español– al frente de las preferencias. Podría sumarse la extraordinaria movilización popular en Italia contra las políticas económicas de la Unión Europea; a tal punto que Renzi, presidente por el centroizquierda, acaba de reconocer la inviabilidad política de la continuidad de esa línea, hasta ahora aplicada dócilmente por su gobierno. Hasta en Estados Unidos se perfila una corriente autodefinida como “populista” en el interior del Partido Demócrata, liderada por una mujer, la senadora por Massachusetts Elizabeth Warren; según se dice, aunque la dirigente no se proclamó como candidata alternativa a Hillary Clinton, sus respaldos han crecido inesperadamente. Si a todo esto se suma el desafío de la ultraderecha, victoriosa en las parlamentarias del Reino Unido, Francia, Dinamarca y con fuerte crecimiento en otros países, estamos ante un complejo panorama para el sistema político europeo, organizado alrededor de un gran consenso centrista del que forman parte entusiasta fuerzas de izquierda de un enorme prestigio histórico. Vale este rápido pantallazo para decir que no siempre la democracia se lleva bien con la concordia, sobre todo cuando ésta consiste en esconder la mugre de la dominación bajo la alfombra.

Volvamos al país. En efecto, nuestra vida política atraviesa por una escala de intensidad y polarización, de la cual hay pocos antecedentes. Aunque suene paradójico, es la continuidad de la democracia la que favorece este despliegue de contradicciones y conflictos. En otras épocas, el conflicto fue hostigado, reprimido y clandestinizado. Incluso en algunos tramos de esta etapa democrática –como durante el menemismo y la fugaz Alianza– la hegemonía político-cultural del bloque dominante fue tan abrumadora que dio lugar a un consenso pasivo que hacía casi inaudible la voz de los que protestaban contra el orden neoliberal. Vistas así las cosas, estos años han mostrado la enorme potencia de nuestra recuperación democrática, porque estamos haciendo la experiencia de llevar los antagonismos políticos hasta sus niveles más agudos, manteniendo la plena vigencia de las instituciones y las libertades: la posibilidad de cuestionar la dominación en el marco de la continuidad institucional es un poderoso activo de nuestra democracia. Esta conquista no quiere decir que la deslealtad con la democracia y la lógica desestabilizadora de ciertos círculos del poder haya desaparecido. En estos días, por ejemplo, se ha informado sin eufemismos y con mucho entusiasmo desde algunas columnas periodísticas sobre reuniones de jueces nacionales en las que se acuerdan y coordinan acciones de hostigamiento contra el gobierno nacional. Claro que esos episodios no suelen incluirse cuando desde ciertas agencias se habla de la intolerancia y el encono, como tampoco de la maquinaria desinformadora y manipuladora en la que se han convertido hoy los medios de comunicación dominantes.

Tal vez en este año que acabamos de terminar haya pasado la democracia argentina uno de sus exámenes más exigentes. La confluencia de innegables problemas económicos, asociados a causas estructurales no completamente removidas en estos años, con la imposibilidad de la reelección presidencial y un resultado electoral de las legislativas interpretado de modo predominante como debilitamiento del gobierno, conformaba la agenda ideal de la ingobernabilidad política. Para más de un observador la única fórmula que podía salvar la continuidad institucional era la de la asunción por la Presidenta del programa de los desestabilizadores. Con una política más “realista”, con devaluaciones, ajustes, concesiones y buenos modales podía comprarse la buena voluntad de quienes, de otro modo, estaban en condiciones de voltear el gobierno. No fue solamente el Gobierno el que denunció esta amenaza en enero de 2014.

En octubre de este año, los argentinos decidiremos sobre la continuidad y profundización del rumbo de esta etapa o el surgimiento de otro proyecto de país. Es muy importante que esto se haya logrado y no es de ningún modo casual: es, entre otras cosas, el resultado de la confianza de la gran mayoría de los argentinos en la ruta del esfuerzo y del respeto por el orden democrático. El comportamiento “en manada” que muchos gurúes pronosticaron tanto como auspiciaron no se produjo: no primó el miedo, ni la angustia, ni la incertidumbre, no hubo verano incendiario y la más importante experiencia de oposición sin partido, los cacerolazos, devinieron minúscula acción callejera de los sectores más recalcitrantes. La democracia ganó la batalla.

Claro que la demanda de mayor diálogo y tolerancia debe ser reconocida y reapropiada por quienes no la identifican con el regreso al dominio político de la convergencia empresarial, la Sociedad Rural, los grandes grupos financieros y los articuladores mediáticos de la defensa de sus intereses. Un posible sentido en el que puede interpretarse el deseo es el de profundizar lo que, de hecho, viene haciendo la gran mayoría de nuestra sociedad y lo que posibilitó llegar a este nuevo año en paz: no entrar en el clima enrarecido que proponen, no rebajar nuestro lenguaje y nuestra conducta, discutir ideas y no descalificar personas. Es decir, mejorar la calidad política de los comportamientos con los que se enfrentan a aquellos que siempre auspiciaron soluciones de fuerza y constituyeron la verdadera fuerza antisistema en nuestro país. Es la propuesta de reencontrarnos como una unidad diversa y contradictoria y no como una inercia del sentido común de la cultura dominante. No es una idea válida para un partido o para un sector, es la apuesta de una sociedad para seguir, desde las diversas perspectivas políticas de cada persona o grupo, haciendo más fuerte a la democracia.

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