2 feb. 2015

Je suis Hollande

El presidente galo revirtió su alicaído índice de popularidad y fortaleció al oficialismo de cara a las elecciones departamentales de marzo. En Argentina, La Nación ponderó su accionar contra el terrorismo para criticar lo hecho por la Casa Rosada en el caso Nisman.

Una intervención artística callejera a metros de la redacción del semanario Charlie Hebdo sacude el paso cotidiano de los parisinos. Perimetrado con las clásicas cintas policiales que protegen la inviolabilidad de una escena criminal, un lápiz de dimensiones humanas mutilado en partes iguales recuerda la furia del yihadismo contra las caricaturas de Mahoma. A casi un mes de los atentados terroristas que pusieron a París en el centro de la agenda internacional, Francia retoma el pulso de una nueva cotidianidad, con cambios significativos en el orden cultural, editorial y, por supuesto, en el tablero político. Evidentemente, el país de Charles de Gaulle y François Mitterrand ya no es el mismo. La opinión pública parisina ávida de consumir noticias relacionadas con el asesinato de los famosos caricaturistas disparó las ventas de las mayorías de diarios y semanarios, que así han devuelto a la denostada pata gráfica el otrora rol de constelación central en el sistema de medios. En el mercado editorial, la nueva novela de la star literaria Michel Houllebecq –Sumisión, un relato ficticio sobre una Francia del futuro dominada por la comunidad musulmana, donde La Sorbona se convierte en una mezquita– se vende como pan caliente en todas las librerías.

Sin embargo, el hecho más significativo del nuevo escenario francés pasa por la inesperada recuperación política del presidente François Hollande. A fines del 2014, el devaluado líder socialista no llegaba ni a la categoría de cadáver político. Criticado desde su base partidaria por haberse convertido en el virtual “chico de los mercados” de la Canciller alemana Ángela Merkel en su comportamiento regional, lo que implicó una política doméstica austera en el ámbito público y el corrimiento del ala ministerial roja del oficialismo, Hollande languidecía en los sondeos. Sin embargo, el supuesto rol componedor del presidente en pos de recuperar el orgullo francés herido tras la masacre terrorista revirtió su alicaído índice de popularidad y fortaleció al Partido Socialista de cara a las próximas elecciones presidenciales, que hasta pocas semanas atrás parecía un menú dispuesto para sólo dos comensales: la derecha moderada de Nicolás Sarkozy y su versión triple x encarnada en figura de Marine Le Pen.

“Los franceses aplauden la buena gestión del Ejecutivo francés tras los tres atentados que dejaron 20 muertos. El presidente, que había caído a mínimos históricos a finales del año pasado, ha visto recuperarse su cuota de popularidad en diez puntos en apenas unos días. Con un 34% de opiniones positivas, Hollande recupera su mejor cuota de apreciación desde mayo de 2013, según el sondeo realizado por el instituto BVA para Orange e i-Télé. El 47% de los interrogados ve positiva su capacidad para tomar las decisiones adecuadas, frente a sólo el 17% en noviembre pasado. En un contexto de unidad nacional, plasmada en la manifestación del pasado 11 de enero en París, a la que sólo faltó el ultraderechista Frente Nacional, el 39% le considera un mandatario unificador, cuando sólo lo hacía el 10% en noviembre. Por último, el 37% lo define como competente (el 21% lo hacía hace dos meses)”, pone en números la Hollandemanía el corresponsal del diario El País en Francia. “La repuntada de Hollande es un fenómeno rarísimo en la historia de las encuestas. El único caso parecido es el de François Mitterrand, que subió 19 puntos de popularidad durante la guerra del Golfo, entre enero y marzo de 1991”, concluye Frédéric Dabi, experto de la consultora gala Ifop.

Firme contra la barbarie terrorista, articulador de la dirigencia política nacional y valiente en haberle puesto el cuerpo a los hechos –acudió tempranamente a la redacción de Charlie Hebdo y encabezó la movilización internacional en París sin “usar chaleco de balas”, a diferencia de sus pares–, el líder del Ejecutivo galo parece estar escribiendo el nuevo manual de conducción para jefes de Estado en situaciones de conmoción nacional. Otros hechos colaterales a la enérgica respuesta estatal para desmantelar las células dormidas ancladas en París, como el apoyo de Hollande a las guerras de baja intensidad que la OTAN despliega en la región africana del Sahara-Sahel –previamente, definida por el Pentágono como un corredor del terrorismo islámico–, no parece conmover el corazón del parisino medio. Recapitulando, Francia sale a la calle y su sociedad recupera cierto ethos perdido para enfrentar la resaca de la masacre, Hollande sube como espuma en los sondeos, el antiquísimo Tratado de la Tolerancia, de Voltaire, escala al segundo puesto en venta de libros, la guerra sucia ejercida por el Eliseo en la periferia global no escala posiciones en la agenda nacional. Todo tiene que ver con todo.

“Con la urgencia y el coraje del caso, el presidente François Hollande se puso al frente de la difícil situación, como corresponde a un jefe de Estado que comprende las exigencias de su cargo y actúa con serenidad, sentido común y la justa cuota de decisión requerida”, editorializó una semana atrás el diario de los hermanos Saguier en una pieza titulada “El presidente de Francia y su liderazgo”. En el final de la nota editorial, La Nación proclama que: “Frente al dolor y el rechazo que generan los atentados terroristas, con su brutalidad característica, se necesita un temple particular para interpretar las necesidades de un país y sus habitantes. El singular contraste entre lo sucedido en materia de liderazgo en Francia y lo que acaba de ocurrir en la Argentina a causa de la más que dudosa muerte del fiscal Alberto Nisman exime de mayores comentarios. La diferencia de calidad en esta materia es lamentablemente abrumadora”. La inesperada aparición de Hollande en la patria periodística criolla gracias al súbito enamoramiento del matutino porteño con la alta política gala tuvo su continuidad cuando el presidente francés anunció, oficialmente, esta semana, que reprogramaba su visita a Buenos Aires por “cuestiones de agenda”. Ese normal imprevisto diplomático fue música para los oídos de las corporaciones mediáticas locales que acusan al gobierno argentino de no haber elevado el tono lo suficiente para condenar con firmeza el fusilamiento de los caricaturistas franceses. “Me siento más fuerte, más firme. El país cambio y también la mirada hacia mi presidencia”, confirma Hollande en una entrevista cedida al diario Le Monde. París, y hasta la recoleta prensa argentina, le rinde honores al socialismo francés.

El repunte de François

47% de los ciudadanos franceses valora la capacidad del presidente para tomar decisiones rápidas en un contexto nacional difícil y sensible.

39% de la opinión pública gala pondera la actitud “unificadora” de Hollande para buscar denominadores comunes con los demás partidos.

La Nation

“El singular contraste entre lo sucedido en materia de liderazgo en Francia y lo que acaba de ocurrir en la Argentina a causa de la más que dudosa muerte del fiscal Alberto Nisman exime de mayores comentarios”, editorializó, días atrás, el diario de los hermanos Saguier.

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