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10 may. 2015

Cuando el capitalismo se volvió loco

La crisis del capital en el siglo XXI es el reciente título de las crónicas realizadas por economista francés especialista en desigualdad económica y distribución de la renta que sorprendió a todos con El Capital en el siglo XXI.

La crisis del capital en el siglo XXI Thomas Piketty. Siglo XXI Editores.

El futuro de los Estados Unidos será la oligarquía o la plutocracia? Una decisión reciente de la Corte Suprema, que retira todo límite al financiamiento privado de las campañas políticas, acaba de relanzar este temor. Las centenas de millones de dólares que los millonarios e hiperrepublicanos hermanos Koch (*) desembolsaron para los spots y los think tanks al servicio de los candidatos que se ubican más a la derecha se transformaron en un símbolo del dinero todopoderoso. El espectro de una deriva hacia la hiperdesigualdad y una captura creciente del proceso político por el 1% agita como nunca los debates del otro lado del Atlántico. Hace algunos años ya, el movimiento Occupy Wall Street y sus extraños eslóganes (“Somos el 99%”) sorprendieron a Europa. Nuestro continente está muy preocupado –en parte con razón– por la modernización de su Estado social y los fracasos de su moneda única. Si Obama explicó recientemente que la desigualdad era “el principal desafío de nuestro tiempo”, fue ante todo porque el aumento de las desigualdades ha sido infinitamente más masivo en los Estados Unidos. En un primer momento, asistimos a un despegue sin precedentes de las remuneraciones de los superejecutivos. Ahora, la concentración creciente de los patrimonios está pasando a ser el problema principal. La parte que el 1% de los más ricos posee en el capital nacional norteamericano se acerca peligrosamente a los picos observados en la Europa del Antiguo Régimen y de la Belle Époque. Para un país que se construyó en gran medida como la antítesis de las sociedades patrimoniales europeas, el impacto es fuerte.

El crecimiento perpetuo de la población norteamericana, el dinamismo de sus universidades y de sus innovaciones, vienen preservando por ahora al país de esta deriva. Pero ya no alcanza. Una primera vez, hacia la década de 1900 y hasta la de 1920 –en la época de la Gilded Age, de Rockefeller y del gran Gatsby–, el aumento de las desigualdades había suscitado un vasto debate nacional. Así, el país tuvo que inventar, en el período de entreguerras, una fiscalidad fuertemente progresiva para los ingresos más altos y los patrimonios heredados más importantes, con tasas marginales superiores que alcanzaron o superaron el 70-80% durante medio siglo.

¿Vamos a asistir, durante los próximos años y décadas, a una reacción similar de la democracia norteamericana? La decisión de la Corte Suprema muestra que la batalla política promete ser dura, pero se puede ganar. Los jueces constitucionales estadounidense ya habían intentado bloquear el impuesto al ingreso en el siglo XIX y el salario mínimo en los años 1930. Hoy ha comenzado a desempeñar el mismo rol reaccionario, como lo hace por otra parte el Consejo Constitucional francés, cada vez más atento a dar fuerza de ley a sus opiniones fiscales conservadoras, con total y absoluta buena conciencia.
Una dificultad suplementaria es que la regulación del capitalismo patrimonial del siglo XXI exige el desarrollo de nuevas herramientas y de nuevas formas de cooperación internacional. Sólo los Estados Unidos representan cerca de un cuarto del PBI mundial. El país tiene el tamaño suficiente para actuar, en particular para transformar su impuesto proporcional sobre los bienes inmuebles (producto del siglo XIX, al igual que los impuestos similares en Europa, al estilo del impuesto a la propiedad en Francia) en un impuesto anual y progresivo sobre el patrimonio neto individual (tomando en cuenta los préstamos y activos financieros). Esto permitiría mejorar la situación de todos los que buscan acceder a la propiedad, y a la vez limitaría la concentración en lo alto de la pirámide. Los Estados Unidos ya demostraron su capacidad de doblegar a los bancos suizos para lograr la transmisión automática de información sobre los activos financieros de sus residentes.

Para ir más lejos, sería necesario que la Unión Europea desempeñara por fin su rol y desarrollara con los Estados Unidos un verdadero registro internacional de títulos y activos. La opacidad financiera y la concentración creciente de patrimonios son los desafíos que afectan al conjunto del planeta. Según las clasificaciones establecidas desde 1987 por Forbes, los patrimonios mundiales más altos progresaron a un ritmo promedio del 6-7% por año entre 1987 y 2013, contra apenas el 2% para el patrimonio promedio a nivel mundial. El riesgo de una deriva hacia la oligarquía existe en todos los continentes.

En China, las autoridades eligieron por el momento regular el problema caso por caso, al estilo ruso: se tolera a los oligarcas en la medida en que sean dóciles con el poder, y se los expropia si amenazan a los príncipes rojos del momento, o si se percibe que el límite de tolerancia de la opinión pública puede ser superado. Sin embargo, las autoridades chinas parecen empezar a tomar conciencia de los límites de una estrategia de este tipo, y los debates sobre la aplicación de un impuesto a la propiedad ya comenzaron hace rato. El tamaño del país, muy pronto un cuarto del PBI mundial, y su carácter fuertemente centralizado –mucho más que los Estados Unidos– le permitirán, llegado el caso, actuar con eficacia.

Este país global, la Unión Europea (el tercer cuarto del PBI mundial), sufre evidentemente de su desmembramiento político. Sin embargo, teniendo en cuenta las necesidades financieras de su modelo social, es la parte del mundo que tiene el mayor interés en actuar contra los paraísos fiscales. Si se ubica esta cuestión en el corazón del futuro tratado euro-americano, tiene todas las chances de ser escuchada por una Norteamérica acechada por la desigualdad.

*Dedicados a los negocios petroleros, Charles y David Koch son dueños del segundo conglomerado industrial de los Estados Unidos y de la tercera fortuna de ese país.

Anticipo del nuevo libro de Thomas Piketty




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