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29 may. 2015

La teoría y el periodismo de lo falso

A raíz de la reiteración de noticias falsas en importantes medios de comunicación, Sandra Massoni sostiene que no quiere aportar a este periodismo en el que parece normal que las noticias no se vinculen con los hechos e intenta arrimar alguna idea para superar esta situación.

Volvió a pasar. Esta vez la tapa del diario decía: “El ministro Kicillof gana 400.000 pesos como director de YPF”. Era otra noticia falsa. Hubo desmentida tanto del funcionario como de la empresa. Los datos, lejos de requerir una investigación que lograra “descubrirlos”, estaban a la vista de quien los quisiera ver en la web y en las actas de la compañía. Entonces pensé: no quiero aportar a este periodismo en el que parece normal que las noticias no se vinculen ya con los hechos. Quizá desde la ciencia se pueda arrimar alguna punta y empujar un poco para salir de este miserable lugar donde se habla de lo falso haciendo “como si” no importara su conexión con lo verdadero.

En los últimos 200 años en las ciencias sociales se ha avanzado con gran éxito a partir de la conceptualización, generando disciplinas, nuevos científicos y profesionales que se ocupan de ideas que hablan de ideas. Desde mi perspectiva, parece inevitable que más tarde o más temprano tal exploración, aunque valiosa, cuando se queda sólo en ese registro, acabe enredándose en las oscuras tramas de la mentira y la refutación, así en la profesión como en la ciencia. De esto justamente se ocupan hoy los periodistas y también los semiólogos: en palabras del mismísimo Umberto Eco en su Tratado de semiótica general, “la semiótica es, en principio, la disciplina que estudia todo lo que puede usarse para mentir”.

Esa es la teoría dominante. Y desde allí, la comunicación social que organiza cada día las tapas de los diarios y los titulares de los noticieros de televisión nos conmina a vivir instalados permanentemente en la sospecha. Nos exige de una u otra manera que seamos parte del complot. Sostengo que es energéticamente inconducente que este sea el principal aporte del periodismo del futuro, aunque claramente lo sea hoy. Considero que una cosa es la imprescindible tarea de repensar el periodismo –de la misma manera que resulta urgente reconsiderar el aporte de la comunicación social en tantos otros temas apremiantes como el de la seguridad alimentaria, el de la gobernabilidad o el de la violencia urbana–, pero de allí a dejar pasivamente que siga sucediendo y, aún más, de allí a contribuir activamente al crecimiento de este “periodismo de lo falso” hay mucho trecho. Me niego a hacerlo.

Trabajo en comunicación y nuevos paradigmas porque creo que la ciencia puede ser de gran ayuda en la tarea de refundar el periodismo desde una teoría de la comunicación social diferente. Existen otras alternativas a la que hoy es dominante. Por poner solo un ejemplo, desde las ciencias exactas, la física moderna nos muestra que el universo es una unidad. Aunque aparentemente vivamos en un mundo de separación y diferencia, la física nos dice que cada objeto y evento en el universo está completamente entretejido con cualquier otro evento y objeto. No hay verdadera separación. ¿Por qué entonces basar el periodismo principalmente en las palabras? Este, el de los discursos sobre discursos, no es el único camino a la verdad. Esta cuestión se hace evidente, por ejemplo, cuando en la televisión uno ve interactuando en tiempo real a los propios actores de la noticia: en esas situaciones el simulacro salta, se les nota en el cuerpo la mentira y es que la vivencia conecta con algo que escapa a la pura representación. Entonces es necesario que no sigamos avalando el periodismo de lo falso. No es nuestra única posibilidad.

Ciertamente hay otros contenedores fractales que son propios de otras configuraciones comunicacionales también típicas de este siglo XXI. Se les puede ver brotando sonrisas y tristezas en las caras de los jóvenes conectados a sus dispositivos digitales mientras navegan en la red. Por eso me niego a seguir leyendo las primeras planas de los diarios de esta manera miserable que nos envuelve a todos nosotros, pobres lectores, en algún tipo de complot. Quiero aportar a un periodismo distinto, uno que no se organice en base a la teoría de la conspiración. Sostengo que el desafío de nuestro tiempo es el de desplegar una teoría de la comunicación otra, que dé pertinencia a otro periodismo, uno en el que cada quien tenga oportunidad de especificar igualdad y diferencia en su propia comunicación.

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