23 ago. 2015

Brasil | El conspirador jefe amaneció de golpe

Ante el fracaso de tantos empresarios, medios brasileños e internacionales cartelizados, diputados, senadores, expertos, opinólogos y otros tantos etcéteras, en lograr la renuncia o destitución de la presidenta Dilma Rousseff y el fin de más de 12 años de gobierno del Partido de los Trabajadores, finalmente el conspirador-jefe se vio obligado a salir a la palestra, dar la cara.

Su nombre es Fernando Henrique Cardoso, pero usa publicitariamente las siglas FHC.

En definitiva, como quedó demostrado esta semana, es quien concibe, articula, organiza la estrategia de la derecha unida en la causa común de desestabilizar y derrumbar el gobierno de Dilma. En otras palabras, es el autor intelectual, el cerebro de la desestabilización y el golpismo, uno de los bastardos de la democracia formal, como lo fuera años atrás –entre 1940 y 1960– “el cuervo” Carlos Lacerda.

Ambos tuvieron su pasantía en la izquierda (¡quién no, a los 18!, me dirá usted) y se travistieron de derechistas y conspiradores al final de sus carreras. Para FHC, Dilma, electa con “apenas” 54 millones 500 mil votos para gobernar hasta 2018, no debía ganar las elecciones. Y si las ganaba no debía asumir, pero una vez que asumió, no debían dejarla gobernar y debía ser derrocada.

A apenas ocho meses de asumir su segundo mandato, Fernando Henrique, líder del Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB) y adulado por la prensa hegemónica, pide la renuncia de Dilma, amenazándola de “caer de golpe” si no lo hacía. Dice que su mandato es ilegítimo. Nadie entiende por qué, porque respeta las reglas de juego (quizá demasiado, dicen algunos analistas), las leyes y hasta la Constitución.

Quizá porque fue elegida por la voluntad de 54,5 millones de brasileños y no por los 135 mil que pedían histéricamente su juicio político en la avenida Paulista de Sao Paulo, de los cuales 77 por ciento eran blancos, 75 por ciento había votado por Aecio Neves en las elecciones del año pasado (y perdido) y el 85 por ciento eran de clase media alta hacia arriba, según Datafolha.

“Lo más significativo de la protesta del domingo es la persistencia del sentimiento popular de que el gobierno, aunque sea legal, es ilegítimo”, dijo FHC. Clarísimo.

“La presidenta, aunque personalmente pueda salvaguardarse, sufre la contaminación de las fechorías de su patrón (Lula) y va perdiendo condiciones para gobernar”, añadió ante las cámaras.

Sí, claro, Fernando Henrique fue presidente (entre 1995 y 2003), uno demasiado narcisista y bastante mediocrecito, él.

Hoy intenta pasar a la historia promoviendo un golpe –blando o no, tanto da– para que el empresariado nacional y trasnacional se apoderen completamente del poder y los recursos del país, pero sobre todo, para satisfacer su enorme ego, de “príncipe de los sociólogos”, como lo define Jeferson Miola.

Los verdaderos líderes son los que llegan al pueblo (y desde el pueblo) y Brasil tiene en su galería a presidentes de la talla de Getulio Vargas, Jango Goulart, Leonel Brizola y Lula da Silva, mal le pese al mediocre egocéntrico devenido en conspirador-jefe.

La historia no lo absolverá, qué va.

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