11 jun. 2016

Cuerpo a cuerpo contra la violencia

La convocatoria del Ni Una Menos nació el año pasado en la Plaza de la Biblioteca Nacional, siguió en las redes y se difundió con fotos de famosos que invitaban a la marcha. ¿Cómo llegó al Conurbano? ¿Qué cambió en aquel territorio durante este tiempo? Muchas mujeres empezaron a reunirse y a buscar amparo, se empoderaron y armaron estrategias de contención ante la ausencia de políticas públicas para detener la violencia.

Ni Una Menos surgió en la Ciudad de Buenos Aires, en una de las plazas de la Biblioteca Nacional, en Barrio Norte. Se expandió mediante Twitter y Facebook con fotos de personajes de la televisión. Y pervivió gracias al gran magma del Movimiento Feminista. La cultura de la clase media intelectual y la cultura de los medios de comunicación masivos hablan sus propias lenguas, ¿llegarán a calar en “el boca a boca y en la calle”, para que una chica que nunca fue más allá de la Estación San Martín comprenda y experimente el amparo del cuidado colectivo?

Nancy Salvatierra es la “curinga” o facilitadora del Colectivo de Mujeres Osadía, un grupo que practica Teatro del Oprimido en José León Suárez. Despliega un panorama cruento.

—Por más que en la escuela haya Educación Sexual Integral, que una médica en la salita por pura voluntad enseñe a cuidarse o dónde abortar, por más que se hable de abusos, la piba a las 4 de la tarde llega a su casa, y ahí corre de todo: hay violencia. Y a las 5 ya está en el pasillo, ¿sabés lo que es un pasillo? Esa chica tiene que mostrarse guarra, ser “salvaje”, porque si no hace eso se la violan parada en el poste a las 5 y 5.

“Estoy enojada con Ni Una Menos”, dice Yolanda, una de las actrices del Colectivo. En estos días previos a la nueva movilización asusta la cifra, el modo, la noticia: tres nenas de 12 años fueron asesinadas por ser mujeres. La sensación es de hastío e impotencia: “Podíamos llegar a la nena, pero no se cuidó, a la madre pero no la controló, a la Policía pero tardó de más ¿cuánto puede hacer Ni Una Menos para que ese loco no mate?”.

Desde hace 8 años, Osadía se reúne todos los lunes en la Iglesia de José León Suárez donde practica Teatro del Oprimido. Trabajan temas de violencia contra las mujeres: para ellas el opresor es el macho. El 3 de junio del año pasado sumaron un parche a su bandera: la nenita de Liniers con el puño en alto y el #NiUnaMenos. Y marcharon.

De la estación de tren “José León Suárez” al Bar San Cayetano, tan solo una cuadra, el terreno se pone viscoso: es la hora que los chicos salen de la escuela, la hora en que el tren devuelve la masa de trabajadores y trabajadoras en el final del recorrido, entre ellos cientos de trabajadores de la basura de camperas con cintas fluorescentes. El olor a mezcla de desechos es intenso, a pocos metros de acá, detrás del Camino del Buen Ayre, empieza el predio del Ceamse “Complejo ambiental Norte III”, que recibe los residuos sólidos urbanos de la Ciudad de Buenos Aires y de muchos partidos del Conurbano bonaerense. Ahí encontraron el cuerpo de Angeles Rawson, la chica de Colegiales asesinada por el encargado del edificio donde vivía. Cerca de acá, también, en un arroyo que conecta con el Río Reconquista, encontraron el cuerpo de Melina Romero, la chica de San Martín que desapareció después de ir a bailar hace 2 años y todavía no sabemos quién la mató. Las dos fueron encontradas en bolsas de basura. El reverso exacto de este escenario mortuorio es la escena que empieza cuando Nancy llega al Bar San Cayetano.

La pregunta es bien concreta ¿después del 3 de junio de 2015 cambió algo? ¿el movimiento que los medios de comunicación y las redes sociales promueven llega al día a día de los barrios del Conurbano? Como tenemos bronca, (en 2015 según los datos de la ONG La Casa del Encuentro murieron 286 mujeres y suman 66 en lo que va del año), nos apuramos a decir que no. “Acá lo que importa es ver la realidad del otro, de la otra, no una estadística”, dice Nancy respecto a la importancia que tuvo y que tiene la manifestación del 3 de junio: “lo que me emociona es ver a mis compañeras, por ahí señoras grandes, sintiendo el dolor colectivo”.

“¿Qué llevamos de comer?”. El grupo de Whatsapp de Osadía es como el de todos los colectivos de mujeres.

Llevan armadas 5 obras sin guión fijo, ellas las llaman ”escenas”, la primera es sobre una mujer a quien el marido no deja salir a trabajar, la segunda sobre mujeres abusadas —9 de las 10 habían tenido una experiencia similar—, y ahora están preparando una escena sobre Trata. El teatro del oprimido (de la oprimida, “no víctima: oprimida”, aclaran) es un ejercicio político y performático creado por Augusto Boal en Brasil en la década del 60. La técnica comprende avanzar en el relato mediante juegos de roles dentro de una relación de opresión. Durante la representación se propone al público que suba al escenario a interpretar uno de los roles y que proponga una salida a la situación que, sin la mirada de un otro u otra termina en un círculo vicioso. De esa dinámica resulta la transformación que empodera. Las acciones de Osadía y de Ni Una Menos confluyen en un idéntico resultado: al final del día lo que importa es que una mujer pueda hablar y poner el cuerpo.

Da la sensación de que estas 7 mujeres se conocen desde siempre. Ninguna tiene menos de 40 años. A medida que van llegando descargan sobre la mesa lo que trajeron para compartir: mate, café, cuernitos, pan, pepas. El quincho de la iglesia tiene dos parrillas coronadas por un escudo nacional; si se taparan parecería un salón de baile. Cerramos la puerta y nadie más entra: somos nosotras. Una vez que estamos todas, cada una cuenta cómo llega hoy al grupo: surgen desde temas de salud hasta a qué hora se bañaron. Hoy no habrá juegos, sólo conversación, para pensar cómo llegamos al 3 de junio. “La perimetral no funciona, el botón no sirve”, dice Yolanda, la más charlatana. El mate pasa de mano en mano. “Desde que fue lo de Ni Una Menos hay cada vez más violencia”, sigue Yolanda. Hay un murmullo, “por eso hay que hacer algo”, dice Susana, que tiene la cara brillosa porque durmió toda la tarde, dice. La conversación fluye como una anarquía ordenada: hay un torbellino, pero cuando una empieza a hablar las demás escuchan. Y Nancy dice algo despacito, que funciona como moño: “lo que nos salva es la comunidad del dolor”.

—¿Se acuerdan lo que pasó cuando llegamos a Mar del Plata para el Encuentro de Mujeres?

—Sí, mataron a una mujer.

—A varias.

—Y reprimieron.

—El machismo reacciona cuando nosotras avanzamos.

—Tenemos que dejar de pensar que Ni Una Menos es sólo el 3 de junio.


“¿Cómo hacer para que el compromiso dure todo el año?”. Cuando el accionar del Estado y las instituciones no alcanza, no sirve, no llega, ¿cómo romper con la violencia y la muerte?

Según datos del Observatorio de Violencia de Género (OVG) de la Defensoría del Pueblo de la Provincia de Buenos Aires en la jurisdicción hay 125 Comisarías de la Mujer y la Familia. Pero no hay difusión sobre dónde funcionan esas comisarías. Como respuesta a los reclamos del 3 de junio pasado, el Congreso aprobó un proyecto para brindar protección jurídica gratuita a víctimas de violencia contra las mujeres. La ley no fue reglamentada y el Ministro de Justicia y Derechos Humanos de la Nación Germán Garavano ya manifestó dudas acerca de que haya presupuesto para llevar adelante el ambicioso proyecto. ¿Cambió algo, se cumplió alguna de las promesas y compromisos de los gobiernos? Como parte del grupo fundacional de Ni Una menos tiendo a pensar que no. “Lo que sí ha logrado Ni Una Menos, es decir todas las personas que marchamos en todo el país y que lo promovemos, es que se hable y se denuncie más”, acordamos en grupo con las Osadía. Pero después de la denuncia, ¿qué?. “Los delitos de lesiones leves y amenazas son de las causas más archivadas en el fuero penal provincial”, dice el informe del OVG.

“Tengo nueve restricciones, dos violaciones de perímetro, una restitución de mi hija, allanamientos positivos del padre de mis hijos con drogas y armas ilegales, le inicié una causa penal: hace 18 meses que espero que le hagan una pericia psiquiátrica. Él sale a la calle tranquilo, yo no”, dice Silvina Kudacki desde su casa de Country en Pilar. Fue violentada por su marido durante 13 años, hoy tiene 40. Para ella no hay solidaridad de género que sirva si el poder judicial no es fuerte, y para Silvina eso es “que los metan presos”.

Ana Gómez es Psicóloga social y sufrió violencia psicológica durante años, desde noviembre del 2015 coordina un grupo de mujeres en San Miguel. Para ella “el Estado puede hacer su aporte pero está en los ciudadanos cambiar”. En su rol de coordinadora le ha tocado acompañar a realizar denuncias. Las mujeres cada vez se animan más a hablar y de a poco los “servidores públicos”, como Ana llama a los policías y operadores judiciales, tienen mejor predisposición para atender los casos. Pero no alcanza. Un panorama similar despliega desde Temperley Aixa García, mujer migrante feminista, cofundadora de la Correpi: “si hubo cambios después del Ni Una Menos, son pocos. Si bien hay más conciencia social, muchas más mujeres dicen no al maltrato y hay más denuncias, el problema sigue siendo la desidia de la justicia y la falta de efectividad en los componentes de seguridad”. Tres mujeres de diferentes puntos del conurbano apuntan al mismo núcleo: el sistema judicial deja a las mujeres desamparadas una vez que se han animado a denunciar. Lleva años, como le ocurre a Silvina, recobrar la tranquilidad. De historias como esta van a llenarse las plazas del país. En la de Pilar Silvina marchará otra vez con sus hijos.

“Desde abajo se hace el cambio”, suelta Cristina, la última en sumarse al grupo, a fines del año pasado. “Las mamás de hijos varones tenemos que hacer autocrítica”. Yoly cuenta una situación que evidencia el cambio lento pero certero: cada vez que su hija va a salir, el hermano la censura porque tiene ropa ajustada, pollera corta y tacos. Ese control que suele leerse como cariñoso, encierra una marca de propiedad: “¿quién le dijo que él puede opinar?”, preguntamos en voz alta. Yoli se animó a ponerse lo que se le canta recién de grande; y le contestó a su hijo una máxima aprendida en estas discusiones: “¿Por qué no puede salir así vestida?, ¿porque un pelotudo como vos está pensando en otra cosa?”

Una participante del grupo iba cada lunes con nuevos “accidentes domésticos” marcados en el cuerpo. Le hicieron saber que se daban cuenta de que las marcas eran golpes de la pareja, “se asustó cuando pensó que la queríamos separar del marido golpeador. No vino nunca más”. Romper con el silencio, la vergüenza y el aislamiento es más difícil que reglamentar una ley. Salir del lugar de la débil, revertir esa costumbre anquilosada, sólo puede hacerse de forma colectiva. Como esa pariente de Nancy, que después de Ni Una Menos tomó fuerza y se liberó de las fotos que la mostraban golpeada por la pareja: pudo subirlas a las redes sociales y decir “esta ya no soy yo”. ¿Por qué pudo? Porque hubo 300 mil personas en la calle compartiendo su dolor.

—No alcanza con denunciar.

—Si denunciás el tipo reacciona peor y la justicia encima te deja sola.

—Pero sí que sirve hablar.

Melina Chocarro también fue víctima de violencia física patriarcal. Pasó de grupo en grupo, de terapia en terapia hasta que armó un grupo de contención para mujeres en la Biblioteca Popular de Matheu “Nuestra América”, en Escobar. Cree que el Ni Una Menos no pudo haber surgido de una convocatoria del gobierno. Para ella la marcha marcó la agenda política, los gobiernos tuvieron que hacerse eco de un reclamo que ya se venía dando en el terreno popular y que muchos movimientos independientes atendían ante el vacío del Estado. Hay más denuncias, asegura, muchas más, pero “el sistema revictimiza a las mujeres en un grado casi irreversible, muchas veces tenemos que desarmar además del entramado de violencia doméstica el descreimiento en las instituciones”.

El “cura piola” que le facilitó el lugar al colectivo Osadía fue trasladado hace unos meses. En su lugar quedó otro “cura piola” que nos saluda con la cabeza cuando pasamos por la puerta de la oficina donde toma mate con una vecina. Un patio con aljibe, una parra seca por el ciclo estacionario y los banquitos de plaza en la galería arman un oasis en medio del smog, del ruido de los camiones que reptan como animales prehistóricos, las bases de hormigón gris del puente del Camino del Buen Ayre, los silbatos, las pisadas. Como en muchas iglesias de barrio, hay niños que corren de un lado al otro y grupos de contención social, como Osadía.

Nancy no sabía nada de teatro cuando asistió como participante a un teatro-Foro y trabajó con las opresiones que ella tenía entonces. “Tratamos de empoderar a dos o tres, para que sigan multiplicándose las experiencias de este estilo”, cuenta. De Osadía salieron multiplicadoras del Teatro del Oprimido, por ejemplo Alejandra, que da taller en el Complejo Penitenciario Federal Nº1, en Ezeiza, en el Pabellón de buena conducta. Ella también llegó como participante. Le gustaba el trabajo del colectivo pero al principio no se animaba a actuar. Ahora además de “actriz” es la encargada de la bandera del grupo. Desplegó en el piso del quincho de la Iglesia una tela violeta que supo ser cortina en la casa de otra de las chicas. Ahí va a pintar con letras amarillas las consigna de la marcha para este año: “Vivas nos queremos”.

Las Osadía suelen presentarse en salitas barriales, en el Bajo Flores y pocas veces en ámbitos académicos.

—No vamos a ir a hacer una exhibición a la marcha.

—No, no, lo nuestro no pasa por el espectáculo.

—Tiene sentido lo que hacemos si el otro también ocupa tu lugar, no es para mostrarse.


La discusión acerca de los tipos de públicos echa luz sobre un dilema que atraviesa al activismo feminista. La antropóloga Rita Segato lo expresa en una reciente entrevista:

“Veo negativamente toda forma de vanguardismo porque éstos se apartan de la sociedad como ella es y se constituyen en tutelas de quienes creen estar en la cresta de la onda, en general grupos o logias de illuminati, que están al tanto de lo hay que saber y hacer, pero por eso mismo acaban haciendo daño a lo que dicen defender. Es necesario que las estrategias de autodefensa proliferen pero no como prácticas vanguardistas, sino como prácticas de las rutinas, de las calles, de las casas, en la vida cotidiana de la gente tal como es. Las campañas de Twitter y Facebook son interesantes porque son formas de dispersión a través de las redes. Pero mucho más interesante es la palabra que circula boca a boca y en la calle”.

No es lo mismo un público de clase media, universitario, profesionalizado, que las mujeres en los barrios. Del diálogo con el colectivo surge que el público más culto mantiene una distancia a veces burlona con la representación de las violencias; quizás pueda poner la teoría, pero nunca el cuerpo. “Le cuesta mucho más, hasta parece que tiene más naturalizada la violencia”, dice Alejandra.

Las estrategias para prevenir y erradicar las violencias contra la mujer son inseparables de las condiciones materiales de vida. Continúa el coro de las Osadía: “si vos ayudás a una mujer a terminar con la violencia que sufre en su propia casa, ¿adónde la llevás? ¿quién saca al tipo de la casa? ¿cómo hacés para que no vuelva si no lo meten preso?”. En los juegos de las escenas salen los obstáculos de las oprimidas, y a veces aflora una posibilidad: vamos todas y lo linchamos.

Viviana Rodríguez organizó la marcha Ni Una Menos en 2015 en su localidad, San Miguel. Es la tía de Serena Rodríguez, que en 2014, con 15 años fue asesinada por su novio de 49 puñaladas. “Lo que yo busco es que por lo menos las jóvenes sepan que la violencia en la pareja no es normal”, dice. Viviana cuenta que aún siendo ella una ama de casa sin pertenencia orgánica de ningún tipo hay mujeres que se acercan a consultarla:

“Muchas no saben que acá en la zona hay una comisaría específica para la mujer y la familia”. Ella ve que “las chicas se hacen respetar más” pero que el cambio es lento. Este año vuelve a organizar la marcha en San Miguel.

Lorena Rojas es una de las organizadoras de la marcha en Escobar, municipio que en consonancia con el alza en la cantidad de denuncias, este año creó el Área de Género. “Creo que el cambio necesariamente parte de la sociedad y que ahí no va a quedar otra que desde el Estado se nos escuche, y se haga algo en función de lo que reclamemos”. ¿Pero cómo hace la sociedad para ser escuchada? Con una marcha, es lo que solemos contestar. Sin embargo, recae sobre las movilizaciones masivas una sospecha, comenta Lorena: “A veces decís marcha y creen que nos van a reprimir”. Varias personas que le aseguraron que irían ahora se desdicen, se limitan a compartir en redes sociales, algunas argumentan que están de acuerdo con todo pero que si se habla del aborto no van. “Una me dijo: ¨Yo no sé si iría a una marcha”, como si fuera lo mismo ir a una de Moyano que a la de Ni una menos¨. La idea de “marcha”, tan cara a los activismos tradicionales, tiene su propia historia. Nancy Salvatierra apunta en el mismo sentido: “es difícil quitarle a la marcha el peso de que si vas es porque te dan algo a cambio, porque te llevan, hay un prejuicio con cualquier marcha”.

Norma Salcedo tiene 52 años, es del Oeste de GBA, de Castelar. Sí fue a la marcha en Congreso y lo que más le gustó fue sentir que en la marea humana eran todos “diferentes en origen pero iguales en objetivos”. Está convencida de que gracias a Ni Una Menos se habilita a hablar de temas antes tabú y que eso es indispensable para que las mujeres jóvenes crezcan más fuertes y libres pero también “las mujeres de mi edad traemos mochilas con mandatos que todavía pesan y siento que las vamos descargando, poco a poco”.

En el frasco del dulce de mandarina quedó poco más que un dedo, las mujeres dejamos siempre un fondito por si alguien que no comió quiere probar. El mate ya sale con gusto a edulcorante; nos tomamos tres termos. “Vamos a hacer unos juegos”, propone Nancy. De pie, en círculo, nos pasamos una pelota invisible, la sostenemos entre todas, si alguna la deja caer, nos reímos con todo el cuerpo. Son las formas de la confianza.

Camino a la estación, Cristina me cuenta que sólo para acompañar a su cuñada, otra de las Osadía, hizo el secundario de nuevo, mediante el Plan FinEs. Acompañamiento de las redes de mujeres sí, pero también un Plan del Estado: cómo podemos pensar que una cosa pueda funcionar sin la otra. Ni Una Menos bajó la tolerancia a las violencias, permite a muchas romper con el miedo. Pero no se puede sin un Estado activo que garantice trabajo, salud, justicia, ni tampoco se puede sin contención popular. El frío favorece los abrazos. Viene el tren. Yo me vuelvo a mi casa, ellas se quedan. Y quizás el viernes en la Plaza ya no sepamos quién es quién.

No hay comentarios: