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16 abr. 2016

La culpable de todo

“Si estaba sufriendo una diarrea por tragón; había un choque de trenes en Canadá, o la mujer le puso los cuernos, ¿de quién era la culpa? ¡De Cristina!”. El análisis de Carlos Malbrán sobre el momento que vive el país, los medios y las maniobras gubernamentales para distraer la atención sobre lo evidente.

Es probable que usted lo sepa, amigo lector, porque hace algunos días, al igual que lo hicieron varios colegas, informé que usted paga con sus impuestos a un equipo de más de 40 especialistas que trabaja en la Casa Rosada, cuyas funciones son buscar atenuar el aluvión de publicaciones negativas que en las redes sociales reflejan las medidas impopulares, y apuntalar la imagen del Presidente, que las encuestas muestran día a día en picada; caída que algunos estudios indican en hasta 27 puntos menos con respecto a noviembre pasado. Hecho inédito. Porque por lo regular un mandatario mantiene la imagen positiva que lo llevó al poder durante un lapso mucho mayor. Richard Nixon entró a la Casa Blanca en 1969, y a pesar que al igual que el actual Presidente Argentino no era un buen orador, hechos como poner fin a la guerra con Vietnam, traer a casa a los prisioneros de guerra; terminar con el servicio militar obligatorio; promover un tratado de desarme con la URSS; imponer el fin de la segregación en las escuelas y otros, hicieron que su imagen siguiera en ascenso, tanto como para ser reelecto en 1972, y recién cayó por el famoso escándalo Watergate, que lo obligó a renunciar. Fernando De la Rúa, que terminaría derrotado por sus medidas impopulares, mantuvo su imagen hasta que incluyó a Domingo Cavallo en su gabinete.

Al actual mandatario se lo puede considerar sitiado en la Casa Rosada. Donde vaya será recibido por gente con pancartas de protesta y animados cantos, que evocan supuestas costumbres amorosas de su progenitora. Para evitarlo, se programan sus actividades en locales cerrados de acceso restringido, y sus desplazamientos se hacen a velocidad y rodeado de una guardia pretoriana. A su llegada al Congreso, el día de la inauguración de sesiones, había más elementos de seguridad que militantes de Cambiemos para recibirlo. A pocas cuadras de allí, un nutrido grupo de trabajadores era reprimido con balas de goma para evitar que se acercaran. Su imagen y su comentario: “Qué lástima el feo día. Mucha gente que habrá querido venir…”, son cuando menos patéticos. Es un presidente huyendo de su pueblo.

A principios de febrero, los cuidadores de la imagen del Presidente tenían dos preocupaciones: la primera era que, según todos los manuales del marketing político, la imagen de un mandatario no tiende a bajar en verano, (es el período más optimista para la sociedad). Por esta razón, se trabajó precipitadamente; porque es un grave error atribuir el descalabro de la economía a supuesta impericia, errores de principiante, o la tan cacareada pesada herencia. El equipo de gobierno tiene un plan, basado en una ideología determinada: beneficiar a un sector determinado de la población argentina, que no es precisamente la mayoría. El aspecto más difícil era que todas las medidas a tomar para que ese plan funcione contradecían las promesas de campaña: “¿Por qué le mentís a la gente Daniel?”, (le dijo a Scioli en el debate): “No vamos a devaluar, ni ajustar, ni sacar los subsidios. No tenemos previsto tarifazos”.

Ya sé, ya sé. Me dirá usted que mintió. ¡Claro que lo tenía que hacer! Y si a usted le parece reprobable, no olvide que un amplio sector de la clase media, no deja de aplaudir a aquel, cuya picardía lo catapulta a los lugares más altos de la sociedad. El tilingo no es corrupto, simplemente porque no ha tenido la oportunidad. Casi siempre es hijo de aquel inmigrante que yugaba todos los días y sentenciaba: “pobres, pero honrados”; pero al mismo tiempo le compraba la revista Patoruzú, donde Isidoro Cañones tenía como únicos valores el jolgorio, los burros, la picardía y el disfrutar la vida sin trabajar. Allí muchos argentinos aprendieron que eran pobres, y no PERO, sino POR honrados, y con esa crisis de principios, entraron alegremente en la clase media. “El argentino suele carecer de conducta moral, pero no intelectual; pasar por un inmoral le importa menos que pasar por un zonzo. La deshonestidad, según se sabe, goza de la veneración general y se llama viveza criolla.”, (Jorge Luis Borges).

Lo meritorio, lo genial, no es que Pelusa Maradona nos haya regalado el prodigio de su juego y un mundial, sino que le haya metido un gol con la mano a los ingleses, sin que el árbitro se diera cuenta. Porque de eso se trata: burlar las reglas. No está mal que el Presidente haya sido descubierto con cuentas offshore para lavar dinero o evadir impuestos: eso es ser “vivo”, y el mundo está dividido entre “tontos” y “vivos”; por supuesto el vivo vive del tonto y este de su trabajo. Esta es la concepción del mundo que tiene el tilingo, para quien siempre será más importante tener que ser, en consecuencia está dispuesto a aceptar la corrupción de aquellos que pertenecen al círculo al que él quiere entrar. Los posibles actos de corrupción del gobierno populista servían para descalificar toda la acción de gobierno, porque lo que le molestaba no era la corrupción, sino la equidad. Que cada niño fuera poseedor de una computadora y tuviera acceso a Internet era algo inaceptable, porque generaba igualdad de oportunidades. Desconectar a esos “negros de mierda” del servicio de Internet ha sido una de las medidas más aplaudidas por los votantes PRO. El tilingo carece de conciencia de clase, porque no está conforme con aquella a la que pertenece: quiere subir; tampoco posee ideología, porque está movido por el individualismo y el arribismo. Ahí fue donde apuntó todas sus baterías la disociación psicótica desarrollada por Clarín, que necesitaba imperiosamente que el gobierno anterior cayera para anular la Ley de Medios, que ponía fin a su monopolio.

La disociación psicótica es un proceso de manipulación mental a través de la implantación de códigos psicológicos por medio de imágenes y mensajes audiovisuales dirigidos al consciente y al subconsciente de los individuos con el objetivo de establecer determinados modelos de comportamiento que crean una realidad distorsionada que se adapta a los fines del emisor. El individuo disociado pierde paulatinamente la capacidad de discernir entre lo verdadero y lo falso y se le hace dificultoso analizar e interpretar objetivamente sus propias necesidades y los acontecimientos cotidianos fuera de los patrones que le han sido implantados. Separado total o parcialmente de la verdadera realidad circundante, pierde su libre albedrío y se hace vulnerable y dependiente de quien emite una idea. Se crea en su subconsciente una realidad ficticia en la que “TODOS” los males, y por ende “TODO” lo negativo que le sucede, proviene de una sola causa o de una sola persona. Establecido el patrón mental, el individuo llega a un estadio que le induce a creer que eliminando la causa de los males que le aquejan, habrá de alcanzar la felicidad absoluta. El disociado niega todo lo que pueda ser distinto a la escala de valores implantada y aún ante una realidad contundente buscará alternativas y argumentos ilógicos y hasta irracionales para negarla, porque necesita eliminar de cualquier forma todo obstáculo en su camino a la total felicidad. El código implantado le decía: “todos los males provienen de un solo lugar: el gobierno”. Si estaba sufriendo una diarrea por tragón; había un choque de trenes en Canadá, o la mujer le puso los cuernos, ¿de quién era la culpa? ¡De Cristina! De allí que todas las manifestaciones antikirchneristas portaran carteles que expresaban un odio recalcitrante y visceral, llegando a un paroxismo que se podría alcanzar si la Presidenta les hubiese matado un familiar, y convocaban a la muerte. Muerta Cristina todos sus problemas quedaban resueltos. Pero resulta que durante el gobierno anterior, mientras repetía como un loro, el mensaje de Clarín: “Este es el país más inseguro del mundo, acá no se puede vivir”; “Estamos aislados del mundo”; “El país está en ruinas”, el tilingo cambió su coche, siguió concurriendo a costosos restaurantes sin importarle el monto de la factura y viajó al exterior. Por supuesto, no admitió que esto era algo que podía hacer gracias a un gobierno que apoyaba a las mayorías. “Yo todo lo hago con mi esfuerzo.” “No le debo nada al gobierno.” “Este gobierno lo que hace es mantener vagos con mis impuestos.” Mientras gozaba de servicios subsidiados, el valor de un viaje en subte era de $10.76, pero gracias a los subsidios él pagaba $4.50.

Esta es la otra preocupación del equipo destinado a apuntalar la imagen del Presidente, porque ahora, terminado el veranito de los globos amarillos, el tilingo regresa a una realidad que no se puede tapar con disociación psicótica, porque afecta directamente al bolsillo. El humor del votante de Cambiemos se verá afectado con las boletas de luz recargadas y los aumentos propios de la vuelta a la actividad y al inicio de clases. ¡Pobre tilingo! Que vive entre “la vergüenza de haber sido, y el dolor de ya no ser”. Jugó con pelota de trapo, recuerdo que guarda entre los mejores de su infancia, pero ahora se impone aprender a jugar golf, porque es lo que hacen los de arriba, a los que en realidad teme, porque tiene pánico a que lo humillen diciéndole: “Oiga, usted no es de aquí. Retírese, ¿cómo podemos admitir en nuestra tertulia a alguien que no la puede disfrutar completamente, porque está preocupado pensando cómo va a pagar las cuotas de su auto?” ¡Pobre tilingo! Con su salario y gracias al apoyo de un gobierno populista que le enseñaron a odiar, pudo cambiar los azulejos del baño y eso lo hizo creer que ya está en condiciones de entrar a la fiesta de los ricos. ¡Ahora lo dejan afuera y con el globito desinflado! La revolución de la alegría quedaba lejos y él no pudo llegar. El gobierno sabe que tendrá que afrontar, además de las protestas de los humildes a los que se les prometió “Pobreza Cero”, para ahora admitir que es un imposible, las iras del tilingo engañado. ¿Cómo explicarle que no puede entrar a la fiesta de los ricos? ¿Cómo justificar que el Presidente no pueda reunir 200 personas que lo aplaudan, mientras la oposición suma millares en cada manifestación? Entonces el magno equipo de los cuidadores idea una estrategia “genial”: ¡Les pagan!

Ryszard Kapuściński, reconocido y admirado maestro al que tanto debemos los que trabajamos en los medios; de mirada lúcida y voz de narrador peculiar, tierno, irónico, observador detallista, profundamente político, casi filosófico, auténtico animal de la comunicación, nos enseñó que para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen ser humano. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino. “Los cínicos no sirven para este oficio.” decía.

Veamos la obra maestra del equipo cuidador de la imagen del Presidente: “En las últimas horas comenzó a circular la información del ofrecimiento de la suma de 500 pesos por acompañar a la ex jefa de Estado a Comodoro PY. Y hacerle el aguante de forma “desinteresada”. Recordamos que la ex presidenta argentina debe declarar ante el Juez Bonadío por la causa de dólar a futuro. Una vez más el Kirchnerismo intentará demostrar poder por medio del clientelismo político ante la incertidumbre de poder ver a su máxima exponente detenida”. Transmitida a través de “Argentina viral”, “Escándalo total”, y otros blogs, más todos los medios disponibles, estos “profesionales del periodismo” omiten la fuente, lo que lamentablemente nos deja sin saber dónde tenemos que cobrar. Porque, en mi caso, de haber obtenido 500 pesos por las últimas asistencias, habría reunido para pagar la luz, que me vino con 185% de aumento.

La primera cosa que se pone de manifiesto es que estos individuos jamás han militado por ninguna causa. No tienen idea de lo que es luchar por el bien común, porque de acuerdo al sector social al que pertenecen, usan el YO y desconocen el NOSOTROS. Inútilmente el primo del Presidente, Jorge Macri, pidió a los seguidores del Cambiemos que militaran como lo hace la Cámpora, “con la misma convicción y entusiasmo que lo hacen ellos”. ¡No, don Jorge, no! Eso no es posible por lo mismo que usted dice: hacen falta la convicción de que juntos podemos construir un mundo mejor y el entusiasmo de saber que no estamos solos en ese sueño. Pensemos, por un momento, que la última manifestación del campo nacional y popular le habría costado a Cristina la friolera de 800 millones de pesos y previendo que sólo fuera la mitad a acompañarla a Comodoro PY, tendría un costo de ¡400 millones! Es difícil imaginar a un político dilapidando su fortuna, sólo para oponerse a un gobierno.

El problema es otro, señores: un día, hace ya tiempo, como un desecho, y eso era, caí sobre la colchoneta mugrienta. Sonó la puerta metálica de la celda y entonces supe que ya podía quitarme la capucha. A tientas y desesperadamente busqué el pequeño recipiente con agua, escondido en el rincón y me mojé los labios. Moría de sed, pero no se puede beber después de más de una hora de picana eléctrica. Me dolía todo, pero sabía que había ganado. No sentía los dientes ni los huevos; tenía la boca hinchada. Me había meado y mi ropa estaba toda mojada. Pero había ganado. Cuatro días de tortura eran suficientes para que los compañeros, al ver que no concurría a las citas de chequeo, comprendieran que me habían chupado y tomaran sus medidas. Ahora sólo quería dormir y los alaridos de otro torturado no me dejaban. Tomé un pequeño sorbo y lo retuve en la boca: era como un sommelier catando y disfrutando mi mínima ración de agua. Entonces descubrí lo que alguien había escrito. Era un garabato leve, un trazo vacilante, hecho quizá con un clavo o un pedazo de alambre. Me costó descifrarlo en la penumbra: “NO PUEDEN MATAR EL FUTURO”. El problema, señores, es que seguimos soñando y hoy nos acompañan muchos.

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