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16 abr. 2016

Un paso al frente

En las afueras de los tribunales de Comodoro Py miles de argentinos, muchos con militancia partidaria, sindical o social, escucharon bajo la lluvia a la única política por quien se sienten representados. Cristina Kirchner les pidió barajar y dar de nuevo: pasar de las plazas de la resistencia al armado, de abajo hacia arriba, de un frente que convoque a los desencantados con el kirchnerismo. El regreso de una líder, las tensiones del peronismo y las intrigas de la justicia federal que el PRO no logra controlar.

La ola de aplausos les avisa a los de atrás: Cristina Kirchner subió al escenario y está a punto de hablar. La avenida Comodoro Py, en la puerta de los tribunales, es un espacio poco habitual para una marcha política tan masiva. Los manifestantes, a pesar de que muchos son adolescentes, ya acumulan un historial intenso de presencia en actos callejeros. Pero acá, en esta punta ventosa de la Capital, justo frente a Comodoro Py, no se terminan de hallar. El escenario fue armado a las apuradas: es bajo, sólo se ve desde muy cerca, y casi no hay amplificación. La llovizna, los paraguas y el cansancio de los militantes, que aguantan parados desde hace horas, le agregan confusión al evento. Tras cuatro meses de gobierno macrista, esta vuelta de Cristina Kirchner no fue buscada. Al contrario, fue forzada por el juez Claudio Bonadío, uno de los mayores enemigos judiciales que se ganó el kirchnerismo a lo largo de sus 12 años. Ahora, sin embargo, en un contexto de inflación alta, despidos y ajustes, pretende ser aprovechada al máximo tanto por los dirigentes, como por el famoso núcleo duro que apoya a la expresidenta.

“Gracias por este regalo que me dan de bienvenida”. Esas fueron las primeras palabras que, salvo los de adelante, casi nadie pudo escuchar. Otra tanda de aplausos advirtió que era momento de prestar atención. Desde su silla de ruedas, Olga, 72 años, jubilada, ex crítica de teatro y habitante paria de Recoleta, saca una radio a pilas gris. Es digital, pero imita a las antiguas. Pone AM 750, una de las pocas señales críticas hacia al gobierno. “Acá seguro que lo pasan”, le dice a su esposo Guillermo. Sube el volumen y se arma una convocatoria espontánea alrededor de su silla. Un pelirrojo de barba, anteojos de carey y remera de Nuevo Encuentro acerca la oreja. También una morochona teñida de rubio, con jean nevado y camperita militar; y una pareja clasemediera con paraguas violeta. Se suman otros, y de golpe se arma una mini-comunidad kirchnerista alrededor de la radio. Parece un fogón.

“Como decía ayer una señora, que pedía que me habiliten de por vida para ocupar cargos públicos. La proscripción otra vez en la Argentina. Qué poco originales”, ironiza Cristina, y la tribu celebra. “¡Genia!”, grita un pelado con una remera que dice “Cristina Fernández de Kirchner, mi madre”. Interpretan sus frases y las discuten: “está pegando, eh”, advierte un flaco treintañero de buzo canguro. Cristina es una metralleta de referencias históricas: se compara a la pasada con Hipólito Yrigoyen y Juan Perón. “Si pudieran prohibir la letra K del vocabulario, lo harían”, dice CFK, y una chica camporista de La Plata interpreta un “paralelo con el proceso”. Los demás asienten, y ella saca el celular para pedir en su grupo de wasap “Militando con aguante” que la esperen y no se vayan.

En el medio del discurso, y con especial énfasis al final, la expresidenta propone “conformar un gran frente ciudadano“, en el que “no se le pregunte a nadie a quién votó, en qué sindicato está o si es trabajador o jubilado. Que sólo se le pregunte cómo le está yendo, si mejor que antes o peor. Ese es el punto de unidad de los argentinos: reclamar los derechos que les han arrebatado”.

Justo cuando Cristina nota que está “hablando mucho”, un morocho de campera negra tira la toalla. “Me tengo que ir: chau compañeros, nos estamos viendo”, avisa y saluda con ambas manos al grupo de desconocidos.

Al lado de una ventana con vista a la punta de Plaza de Mayo, el funcionario macrista mandó a poner lo que cualquier secretario de Estado tiene en su oficina: tres pantallas. En TN, aparecen Macri y Vidal, con una textual del presidente sobre un zócalo rojo: “Cristina estuvo muy ausente estos meses”. Es una repetición de la breve conferencia de prensa que dieron a la mañana, tras un acto en Quilmes. C5N elige mostrar otra repetición: la de Axel Kicillof, rodeado por una nube de movileros, a la salida de Comodoro Py. Acusado por Claudio Bonadío en la misma causa que Cristina Kirchner, Kicillof dijo y ahora vuelve a decir por C5N que “todo es una maniobra política”. Unas 24 horas antes de que Cristina Kirchner declare ante el mismo juez, Kicillof también tuvo su mini-marcha del aguante. En las escalinatas de los tribunales de Retiro, al diputado y ex ministro de Economía lo esperaron Mariano Recalde, Dady Brieva, Liliana Herrero, María José Lubertino, Gabriela Alegre, Eduardo “Wado” de Pedro, Julio De Vido, Carlos Kunkel, Nilda Garré y Andrés Larroque. Kicillof es uno de los dirigentes más queridos y valorados por Cristina Kirchner: la ex presidenta retuitea casi exclusivamente sus opiniones, en lo que muchos interpretan como una señal de preferencia electoral anticipada. Para el cristinismo, su presencia en los tribunales es como una de esas peleas preliminares muy importantes, a la espera del enfrentamiento principal del día siguiente.

El funcionario macrista, sin embargo, no les presta demasiada atención a Kicillof ni a su jefe: alterna en automático entre su celular samsung 6 y las TV. “De esta causa zafa, pero si se le suman varias eso la va a desgastar, porque la muestran a la defensiva, teniendo que hablar del pasado, y le complica la construcción política en el peronismo. Según nuestras encuestas, bajó en imagen. Pase lo que pase, no se va a convertir en mártir”, afirma el secretario cincuentón.

Dentro del PRO todavía no se ponen de acuerdo sobre qué prefieren. Meses atrás, Jaime Durán Barba afirmaba: “Sólo el 14% de la gente quiere verla tras las rejas, pero el 86% no”. Pero el riesgo de acorralar judicialmente a la ex presidenta es agrandar el mito: el kirchnerismo siempre golpeó más y mejor cuando iba en retroceso.

Sin un gran poder de influencia sobre Comodoro Py, el gobierno presenta su debilidad como virtud: “No bajamos línea ni operamos sobre los jueces federales”, se jacta el funcionario. Mientras tanto, aprovecha la coincidencia de intereses con Bonadío.

El acto tuvo lugar en el epicentro de la información política y judicial de las últimas semanas: Comodoro Py es un hormiguero. Una parte de los jueces federales que habitan los despachos de Comodoro Py quieren revancha. El PRO no logró aún una interlocución fluida con los distintos sectores de la justicia federal. El ministro de Justicia Germán Garavano no es lo mismo que Ernesto Sanz. El radical declinó misteriosamente ese cargo. La UCR tiene historial en el trato a los jueces. Sabe caminar Py, Tribunales, el Consejo de la Magistratura, las facultades de Derecho de todo el país.

Pero hay algo más: el macrismo apuesta a un enfriamiento de la política, casi como la contracara de la marcha a Comodoro Py y cierta jactancia altanera de los simpatizantes de Cristina Kirchner. Así, mientras los kirchneristas ven un déficit en la escuálida presencia y el escaso fervor de los actos públicos de Macri (el de discurso de asunción y el de apertura de sesiones, por ejemplo), los macristas perciben total normalidad. La vida privada, con sus goces y bemoles más íntimos, constituye el alma de la ciudadanía a la que apunta el PRO.

Las muchísimas parejitas sueltas, desde adolescentes hasta veteranas, se plantan a un costado y miran el desfile de los militantes organizados. Pasan con banderas de La Cámpora, de Nuevo Encuentro, Kolina, Partido Comunista Congreso extraordinario, el peronismo de Avellaneda con el intendente Jorge Ferraresi a la cabeza; La Martín Fierro, Solidaridad e Igualdad, Movimiento Evita, Miles de Luis Delia, Movimiento Octubre, de los radicales de Los Irrompibles y de la cibermilitancia “Resistiendo con Aguante”, y un grupo del ex intendente de La Matanza Fernando Espinoza.

“A mi no me cambió la vida, pero vi que a otros sí, y ahí me hice cristinista. En 2003 yo había votado a Lilita. ¡Qué boluda! A Néstor no le creía. Pero ahora me emociono al ver el amor que tanta gente le tiene. Es algo que los liberales no van a poder entender nunca”, explica Susana, una coqueta jubilada de ojos celestes que se vino desde Flores junto a su esposo Daniel.

Emponchada con una bandera Argentina, María Lobos salió a las 6 am desde La Plata porque “cuando una amiga te necesita, hay que estar”. Es acompañante terapéutica y vino con un grupo de colegas. “A mí me abrió los ojos Néstor. Yo era una burgués boluda”, afirma, y amaga jocosamente con ponerse a llorar. “Es que si lloro mucho me pagan más: podemos llegar a mil pesos por persona”, ironiza. Es una respuesta a la versión que circuló en twitter –retuiteada por antikirchneristas, trolls y bots- y repetida también por Eduardo Feinmann, según la cual había militantes que cobraban 500 pesos (más vianda y traslado) para ir a Comodoro Py.

Casi no hay ruido de bombos, y la presencia del aparato peronista (el no kirchnerista, al menos) es minoritaria. Desde el peronismo más ortodoxo, el ex gobernador de San Juan, candidato a presidir el PJ, ensayó una solidaridad algo fría. Y el ex gobernador Daniel Scioli se limitó a calificar de “injusta” la acusación contra CFK, en la intrincada causa por el llamado dólar a futuro. Otros peronistas directamente optaron por darle la espalda. Mientras Cristina castiga a Macri desde el escenario de Retiro, el presidente comparte acto con el gobernador Juan Manuel Urtubey en Salta.

“Más de 70 intendentes nos acompañan”, dijo la locutora que animó la previa, cuando faltaba casi una hora para la llegada de Cristina a los tribunales. Pudieron ser 70, tal vez menos. Vale la pena leer el dato como una muestra de fuerza de los jefes comunales de cara al rearmado del justicialismo.

Tal como empezó a ocurrir desde la ruptura con la CGT de Hugo Moyano, los grandes sindicatos tampoco estuvieron en Comodoro Py, salvo algunos grupos aislados como el gremio de los curtidores, una rama de los petroleros, algunas seccionales de Luz y Fuerza, algunas de Uocra, el Satsaid (telecomunicaciones), ATE Capital y los docentes privados nucleados en Sadop, entre otros. Muchos de los gremios presentes –enrolados en la CGT o CTA- fueron los que firmaron una solicitada contra el pago a los fondos buitre y quienes luego marcharon en conjunto el 24 marzo.

En el “frente ciudadano” que imagina Cristina también hay lugar para los sindicatos. No sin ironía, se escuchó a la expresidenta: “Convoquen a los dirigentes sindicales también, a esos que nos hacían paro porque no querían pagar el impuesto a las ganancias y hoy ven cómo se pierden puestos de trabajo”. Por la tarde, Macri recibía en Olivos a representantes de las tres CGT (la que comanda Moyano, la de Caló y la de Barrionuevo), que a su vez tienen pensado hacer una gran movilización el 29 de abril.

Tan difícil como tender nuevos puentes con el sindicalismo que se alejó del kirchnerismo a partir de 2012, será sumar al frente a los peronistas que se fueron hace un mes, como Diego Bossio. Las columnas ubicadas más cerca del escenario –mayoría de agrupaciones de Unidos y Organizados- le dedicaron insultos al diputado y ex titular de la Anses. “Así ustedes no van a poder convencer a nadie”, les dijo Cristina.

Con referencias repetidas al ajuste y la inflación, el camino que Cristina pareció marcarle a la militancia organizada y a los “empoderados” no sería el de llenar plazas los sábados o domingos para escuchar a exfuncionarios o panelistas de 6,7,8 sino sumar potenciales votos. Votos que se perdieron y que hoy son parte del 51% que llevó a Cambiemos al poder (de la Nación y de la provincia de Buenos Aires)

El himno informal del acto de Comodoro Py es “ohhh, vamos a volver”, pero también se canta que “si la tocan a Cristina qué quilombo se va a armar”. Un grupo impone un hit inesperado: “Hay que saltar, hay que saltar, el que no salta tiene cuenta en Panamá”. El tono general del acto es de un apoyo entre político y cariñoso a la ex presidente, más allá de las viejas rivalidades con el Grupo Clarín, Macri y la corporación judicial.

Uno de los delegados de Sadop Capital, Silvano, licenciado en Ciencias Políticas y profesor de Historia, explica que a él Cristina sí le cambió la vida. “En 12 años recuperamos las partitarias y sumamos más de 70 mil nuevos afiliados. Mi mamá ama de casa se pudo jubilar, y yo me compré un auto, una casa en Pilar y me fui de vacaciones. En los noventa yo atendía un kiosko”.

Con 45 años, barba y tono pedagógico, Silvano además es Doctor en Historia, recibido en la Universidad de Lanús (una de las creadas en el ciclo kirchnerista).

Sobre los casos de corrupción que involucran al anterior gobierno, este intelectual blanquea un tema incómodo: “Donde hay poder, siempre hay corrupción. Y está mal. Pero yo prefiero hablar de lo medular: la industria, el trabajo y los derechos ganados”.

Cuando el movilero de América TV le pide al vendedor de choripanes y hamburguesas que repita a cámara “a los choripaneees”, un veterano con escarapela se enoja. “No mostrés esta pavada. Enfocá a la gente, que es lo importante”, lo increpa Rodolfo Sereceli, abogado de 67 años, oriundo de San Isidro. “Calmate que te va a hacer mal”, le responde el cronista, y el abogado engrana aún más. “No me tratés como un boludo, eh”, lo desafía, pero el cruce queda ahí. No es el único momento de fricción con la prensa: horas antes, la movilera de Radio Mitre, Mercedes Ninci, fue agredida por unos militantes camporistas.

Con su reaparición anticipada, Cristina volvió a hacer gala de su principal capital político. Porque si hay algo que mantiene con vida al espacio de la expresidenta (incluso dentro del PJ, donde hay muchos sectores que la quieren jubilar), es la demanda de representación que todavía la elige. Una preferencia política, ideológica y hasta emotiva. Se trata de un sector de la población que valora a Cristina y a lo que ella expresa, en medio de una evidente crisis de liderazgos capaces de reemplazarla.

Sin el cristinismo como opción, ese pedido de representación se queda huérfano. Es una demanda ajena a la rosca del PJ, las inquinas y los gestos superestructurales. Eso se vivió en Comodoro Py: un capital político algo inorgánico, continuador de las plazas de la resistencia, la activación K en las redes y la retórica sobre los empoderados. Tras cuatro meses silenciosos, Cristina propuso articular toda esa energía desde abajo, para que no se corte ni se diluya.

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