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11 jun. 2016

Cuestiones sobre el Frente Ciudadano

Las notas publicadas en La Tecl@ Eñe sobre las implicancias de conformar un Frente Ciudadano generaron el debate al que se suma Horacio González. Polemizar sobre la idea ciudadana de frente remite a cierto nihilismo del nombre. A los nombres se llega. Nunca son el punto de partida. En ese sentido es que Horacio González defiende esa rara expresión que surgió inopinadamente un día contencioso de lluvia, entre el Puerto y los Tribunales, de boca de la ex presidenta judicializada. Ante este vendaval frenético de medidas antipopulares es necesario un Frente de las conciencias activas, sensibles, social y políticamente situadas como poseedoras de grandes herencias de lucha. Para un Frente son necesarios nuevos nombres, puntos de apoyo originales, reconocimientos súbitos de una necesidad que antes no aparecía con tanta nitidez.
¿Somos demasiado vertiginosos para poner los nombres? ¿Acudimos al procedimiento de los tiempos nuevos, donde es necesario adquirir rápidas identidades? ¿Qué sepan quienes somos sin dar lugar a confusiones? ¿Pero con derecho a la mudanza rápida de las máscaras? ¿Nos llamamos kirchneristas, peronistas o izquierdistas y al parecer todo termina allí, en la tranquila denominación que asegura nuestro decir, que según dicen los especialistas, le da entidad al lugar de enunciación? Sin embargo, la cadencia sosegada que nos permite descansar en el goce del nombre, está hoy en discusión, y si no lo estuviera, lo debería estar. ¿Cuándo un nombre político, que en general se desprende del patronímico de un líder nacional se puede considerar a la altura de una vigencia asegurada? ¿Ocurre eso con el peronismo? ¿Es mejor apelar a plasmas de identificación basados en tradiciones ideológicas más “conceptuales”? Sobre este tema nunca están cerradas las discusiones. “Personalismo” y “antipersonalismo” podrá no ser una gran disyuntiva histórica, pero con esa denominación o con otra, siempre aparecen en disputa las filiaciones que se inscriben en un nombre, ya sea por amor intellectualis, ya sea por amor filial.

A los nombres se llega. Nunca son el punto de partida. El peronismo ya parece tener una configuración calcárea. Casi siempre es ahora el “segundo componente” de otra cosa. Se podrá decir que siempre es bueno estar en la primera fila; pero el peronismo –a secas- ya está siempre como un telón de reserva de los que tratan de pescar adelante. En un tiempo se dijo que había que tener una “pata peronista”. Las jergas políticas no se privan de hablar de un modo directo, descarnado. En este caso se trataría de forjar composiciones ad-hoc, predispuestos políticos de primera instancia para operatorias rápidas. Entonces se apreciará ¡¡¡la pata peronista!!!

Todos precisan la pata peronista, reducida así a una de las tantas apoyaturas que debería tener un magma nuevo, con su actualidad rebosante. La necesidad de este adminículo locomotriz tan connotado –el peronismo, tomado como un madero, entre otros varios leños innominados donde apoyarse-, no se escucha decir del mismo modo en el caso de las “pata radical” o “la pata liberal”. No, la pata peronista es la forma de presentarse del peronismo, lo que llamamos peronismo en segunda instancia. Es una variedad de la frase “peronistas somos todos”, pronunciada en el tiempo en que el peronista también estaba adelante y atrás. No era adecuado allí el concepto de “pata peronista”. Pero ahora hay macrismo con “pata peronista”, massismo con “pata peronista”, y kirchnerismo….

Pues bien, ¿es aceptable en el kirchnerismo decir “pata peronista”? Al menos, no abundan los que han escuchado o pronunciado este noción. Más bien se habló del tema de otra manera. Una de ella es la idea que siempre ronda, ese acecho constante que viene de los tiempos de Cooke y que nunca dejó de revelar el trasfondo hegeliano de tantas conciencias militantes, que lo supieran o no, tenían ese lejano rumor a sus espaldas. La “superación dialéctica”, que no ocurriría hasta que las exigencias de la historia, esa dama caprichosa, no los demandara. Había que estar preparado para escuchar los reclamos del tiempo, en ese indescifrable momento, tan preciso, en que “lo anterior no daba para más y lo nuevo comenzaba a anunciarse”. Mientras tanto, quedaba vigente el vacilante punto intermedio, “ni apresurados ni retardatarios”, ese “tropo” que parece tenerse siempre a mano, pero se deslocaliza apenas creemos estar sobre él, y se nos aparece claramente frente a nosotros cuando nos declaramos desorientados en un mar de utopías.

En la última década escuchamos a menudo decir que el kirchnerismo es una fase –la fase actual- del movimiento nacional, que ya ha recorrido distintas etapas, fugacidades, permanencias y denominaciones. A veces se lo dice concediendo demasiado a una visión lineal de la historia, donde una energía interna siempre renacida de sí misma iba mutando según las necesidades de cada generación. Este punto de vista, sin duda, simplifica demasiado el modo histórico más evidente, que es más quebradizo y repleto de lagunas y olvidos de lo que creen los compañeros más ceñidos al canon historicista. Pensamiento más exigentes, encontraron allí una paradoja de difícil resolución, ya sea afirmando que para ser kirchnerista antes era necesario cargar la plataforma histórica del peronismo. En otra versión, el kirchnerista podía serlo sin esas exigencias previas, bastando con no manifestarse en contra de ellas. ¿Las ventosas nutritivas del peronismo orgánico reabsorberían la kirchnerismo, o el sesgo bullicioso renovador de éste impregnaría al remanente total de peronismo? Es más o menos el mismo problema que atravesó Forja, tanto en relación al radicalismo como al peronismo.

Y luego, nos encontramos con quienes anuncian que bajo el manto implantado de kirchnerismo, sin mantener ambigüedad alguna en relación al peronismo, puede manifestare la construcción del Frente necesario para encarar la grave situación actual. ¿El nombre del Frente? Además de mentarse notoriamente el Frente Ciudadano, ya se han dado varios, y sin duda esto introduce un nuevo tema en relación, por lo menos, a cómo llamarse a sí mismo. Lo que ahora tenemos ante la vista tiene dimensiones ruinosas, parecidas al desalojo compulsivo de un núcleo familiar acusado de no pagar las expensas de su morada. Lo vemos en la calle, con los colchones enrollados, los niños muertos de frío, el padre con las manos vacías, y la madre preparando un guiso precario en una olla renegrida, allí en vereda, ante el pavor de los vecinos que en su secreta incomodidad, piensan cuándo les llegará ese mismo destino. ¿Mera fantasmagoría de una hambruna que jamás sucederá? No tanto, el “dolce stil nuovo” está volcado enteramente a deshacer casi un siglo de historia argentina, desde la elección de Yrigoyen en adelante. Toda una memoria, una densa repisa de símbolos, una parte del país desalojada de sus basamentos morales. ¡Y acusada de corrupción, de acaparar cientos de estancias en la Patagonia y lavar dinero en hoteles prefabricados!

Aquí hay dos temas: el tilde de verosimilitud causada en procedimientos de descuido, irresponsabilidad u oportunismo que puedan tener esas acusaciones sobre enriquecimientos “al calor de favorecimiento estatal”, y el modo en que se denuncian, desde un nuevo despotismo jurídico-comunicacional, pues a aquellas conjeturas de corrupción, en la parte de autenticidad que contuvieran, se las corrompe al mismo tiempo con un estilo de trabajo cegado por el ansia de destrucción, ofuscado por el afán de las nuevas derechas de producir un blanqueo de la historia con un “ground zero” donde se fija el punto final de demolición, donde ya no habrá “tiempo pasado”. Las acciones para ello son el constante bombardeo judicial y comunicacional, basado en el descrédito, la injuria, la dispensa total de argumentos, ya que se sabe de antemano todo, pues en la bóveda de los secretos revelados, vemos siempre la imagen del espectro kirchnerista con su fábrica mental de papeles falsos, operaciones a futuro, facturas truchas, sobreprecios, estancias particulares en parque nacionales, terrenos privilegiados frente a los grandes lagos del sur, etc.

Ante esto –pues no dejamos pasar esta discusión, aunque aún no sabemos bien donde colocarla- hay que exigirse un gran salto conceptual que ponga en juego todas las identidades conocidas, sin negarlas, sino al contrario, para reconstituirlas en su operatividad moral e intelectual, lo que es lo mismo que decir en la revolución permanente de su autocrítica. Es preciso una respuesta ante el modo en que se gobierna hoy bajo la bandera del desalojo y desahucio de los intrusos. Y nosotros, los así considerados, encontrar en nuevos diccionarios la forma de situar en la historia todo lo que se hizo, lo que se intentó hacer y no se pudo, y lo que de nosotros mismos somos capaces de ver como lo que no debió hacerse, o lo que debió exigir procedimientos más claros. No puede haber identidades con permanencia más asegurada, antes de que actúe en nosotros mismos una pedagogía de la revisión, recomposición y recreación de lo desplegado anteriormente. A esta tríada de acciones puede llamársela el modo específico de estar en la historia de los movimientos democrático sociales o nacionales y populares.

Es claro que conocemos todas las críticas que se le pueden hacer a la formulación del Frente Ciudadano, escueto en su denominación, demasiado vago en su generalización y bastante impreciso en su capacidad de distinguir sectores activos que lo encabezarían. Podría ser tan indeterminado como la empanada de la publicidad oficial, que se convierte en un ser abstracto sin conflictos a pesar de que reúnen en forma omnisciente todas las fuerzas productivas del país, representadas por su nombre propio, a modo de un falso singular, doblemente abstracto. (Ver artículo de Conrado Yasenza en La Tecla Eñe). En ese sentido admito las dudas, siempre dichas con elegancia, que lo preocupan a Eduardo Grüner (en un artículo anterior de este mismo medio). Pero me gustaría, sin hacerlo parte de un debate ocioso, defender esa rara expresión que surgió inopinadamente un día contencioso de lluvia, entre el Puerto y los Tribunales, de boca de la ex presidenta judicializada. En primer lugar, deseo explicarme a mí mismo porqué fue tomado con entusiasmo por personas, que como bien dice Grüner, no habían frecuentado demasiado el lenguaje de los derechos civiles, presuponiendo lógicamente que en ellos se resuelve finalmente el concepto de ciudadanía con exclusión de otras identidades sociales más fuertes. Precisamente por ser relativizados frente al poder imantado que tenía el fraseo “nacional popular”, esos conceptos “ciudadanos” ahora acuden, como complemento necesario, a la manera del “miembro fantasma” que sigue siendo imaginado en el cuerpo aun después de una mutilación.

Nunca sabremos lo que puede un nombre. Pero ellos no son anulables, solo que siempre solicitan tipos de alusión específicos. Se leen habitualmente diversas consideraciones sobre los nombres. Se destacan en la discusión las que tienen que ver con los bautismos de lugares públicos con nombres de figuras históricas y políticas. Pero ahora el problema se refiere al nombre de un Frente, un Frente Ciudadano. Dos problemas aquí. Primero, la expresión Frente. Sin duda, el concepto tiene una vieja prosapia. Los Frentes populares fueron una política de la izquierda desde mediados de los años 30; se destacaban por convocar a todas las fuerza antifacistas. En los años sesenta, los “Frentes Antiimperialistas” o de “Liberación”, tenían una fuerte marca anticolonialista o tercermundista. La palabra quedó. Ningún diccionario actual deja de ser al mismo tiempo un catálogo de recuerdos. La palabra Frente está a la cabeza (sirva esta vulgar concordancia) de esos recuerdos. Cuando dos o más partidos de ámbitos reconocidamente semejantes se unen con propósitos específicos, electorales o no, es en verdad una alianza, aunque pueda denominarse Frente, como ocurre ahora con el Frente de Izquierda. Un Frente es más un hálito, un llamado, la revelación de una urgencia,

No obstante, la cuestión es el airecillo alfonsinista que tiene la idea de Ciudadano. Aceptarlo significa proponerse algunos esfuerzos, ciertas absoluciones y algunas magnanimidades. Ciertamente, no es lo que flotaba con más perseverancia en nuestras terminologías corrientes. Obliga a estos desmayos en nuestro catálogo de preferencias, pues lo exige la gravísima (no grave, gravísima) situación en que puso al entero país el gobierno actual. El desenfado brutal con el que procede, el abandono de toda institucionalidad con el desparpajo de los embusteros, el desaire permanente al peso de la actualidad en nombre de inasibles promesas, el despojo al trabajo, no solo salarial, sino en la dignidad de su práctica, el servilismo con el que actúan sus funcionarios, que son patrones arbitrarios pero obedecen sin chistar a otros patrones aún más poderosos que ellos (y que quizás por eso hasta no precisan ser más autoritarios). Han pasado todos los límites en materia de arrasamiento de la materia social, fueron de decir que al despedir a alguien se le hace un favor, hasta pedir perdón a los inversores extranjeros; cambian la orientación del país hacia la alianza con el conglomerado capitalista militarista mundial más agresivo y mezclan en política interior el idioma del blanqueo de capitales con la obtención de recursos para los jubilados, lo que a la vez lleva a querer desprenderse de las acciones privadas en poder del Estado que garantizan esos recursos, además de una cuota de demagogia sensiblera con la que atienden a personas “postergadas”, lo que por otra parte, estaba perfectamente al alcance del anterior gobierno poderlo hacer. Y no como el ángel de la piedad capitalista sino como un proyecto de fortalecimiento de las aristas sociales y colectivas del Estado. Esta y otras penas pueden computarse en principio sobre lo que estaba al alcance realizar y no se hizo.

Ante este vendaval frenético de medidas antipopulares y de reagrupamiento de la vida social alrededor de una coacción irracional que sin embargo opera con un instrumentalismo formalista que a su cuchilla empresarial puede revestirla de todos los nombres posibles (pues ven la historia como un sumidero donde la única actitud táctica es la del reciclador de residuos), es necesario un Frente de las conciencias activas, sensibles, socialmente y políticamente situadas como poseedoras de grandes herencias de lucha. Para un Frente son necesarios nuevos nombres, puntos de apoyo originales, reconocimientos súbitos de una necesidad que antes no aparecía con tanta nitidez. ¿Una disyuntiva? O decir los nombres, imperiosamente, en su plenitud y esencia. O decirlos indirectamente, declinarlos arrojando sobre ellos una luz oblicua, sacarlos solo parcialmente de la semi-penumbra. Así como es incómodo cargar una identidad, pero lo hacemos (sea una sigla partidaria de izquierda, sea “kirchnerismo”, sean cualesquiera otras surgidas de una “personalización” o de un “logos” partidario), tampoco se luce mucho en su papel el que cree que asignarse un nombre colectivo perturba el autonomismo de las conciencias. Cierto nihilismo del nombre, sugerido por la lectura –entre otros- de Meister Eckart, nos puede indicar como la alusión a cualquier singularidad a la que adhiramos, precisa constituirse en términos del ser y la nada. En ese sentido, toda identidad es parcial y así, “frentista”. Los nombres, portadores de una negatividad antes que de una esencia plena, es así que se abren al mundo. Por eso, la cuestión es cómo se usan los nombres, como se pulsan tanto en el registro de la voz como en la modalidad de lo escrito. Postulamos una pulsación implícita (por rodeo, por omisión parcial, por un acto de sorpresa fragmentario o por contravención lingüística) como formas de identificación real, a las que paradójicamente las reinventa el deliberado desapego –en los momentos que corresponda- de lo que evidentemente somos. “Frente Ciudadano”, precisamente por su indeterminación, no me disgusta, con tal que se diga que surge de un sentimiento de consternación ante tantos actos de despojo y hurto de la memoria, a los que una porción popular significativa se ha prestado sobre la base de una ilusión.

Sé que muchos no piensan así y se sienten extraños si no se declara el nombre de resguardo común atendiendo a las fibras sueltas que quedan de la historia anterior. Por supuesto, eso no me parece molesto, pero acá decimos que existen muchas otras posibilidades. ¿Un nombre siempre en saturación, no colma a la historia de una totalidad paralizante? Por eso, estudiar lo que ocurre bajo el único y atiborrado nombre de macrismo, parece tan necesario como delicado. Pero ese nombre y los demás deben ser aludidos cuando lo que queremos saber es “de qué se trata”. Es decir, cuando los consideramos nombres que recubren una serie de problemas que están desprovistos de nombre o su verdadero nombre se halla apagado por el que de todas maneras aceptan: macrismo. Nombre que emana de una persona y nombre de nombres y situaciones. No decir macrismo, dejaría entonces sin especificidad la descripción de lo que ocurre. Pero sabemos que lo que ocurre va mucho más allá de ese nombre, y hay que recurrir a otros repertorios, entre los cuales, el primero es el examen del capitalismo mundial en este momento, que como siempre, contiene una historia política más amplia. Pero yendo hacia otras direcciones sin abandonar ésta última, macrismo es también cierto estilo de considerar las memorias públicas, la promesa política y el castigo (o penitencia) de los que se definen como culpables de lo que estaba “a punto de estallar” si no llegaban los redentores. Hay también para estudiar, así, una cuota, por mínima que sea, de mesianismo neoliberal –como queramos llamarlo- en el macrismo.

Pero luego de estas advertencias, comencemos de alguna manera. Macrismo, entonces. Porque bajo esa cutícula nominal hay responsabilidades y alineamientos, luchas y afecciones, que siempre exigen el juicio y la crítica del juicio. El macrismo es un aparato de enjuiciamiento, de por sí y en sí, de todo un período histórico. Es lo primero que diremos. ¿Qué enjuicia y cómo lo hace? Quizás se pueda calificar a todo gobierno según la manera que enjuicia al anterior (o al período histórico anterior) en relación a ciertas hipótesis de continuidad y memoria. El macrismo moviliza sobre el ciclo anterior con pinzas para demolerlo por corrupto, y en tal sentido, es lo más político que hay, pues establece la lucha de la razón eficientista contra los simbolismos heterogéneos de la razón. La madeja es tan compleja, que el concepto de “lo corrupto”, con su viscosidad pegadiza, ya abarca todo, lo que viene de Panamá y lo que viene del Sur, y en este surtidor de insensateces, ante la insinuación de una expurgación empresarial moralizante que nos deje en manos de los escatológicos Comités de Salvación Moral, mejor un Frente Ciudadano. Es la manera de pensar otra cosa que no sea ese aparato de enjuiciamiento, salir del juez de instrucción y de las fiscalías imaginarias en medio de las ventiscas, para reponer lo que a fin de cuentas es lo ciudadano por excelencia, la noción de justicia como el “estado de la cuestión de la memoria”. Así concebido, el Frente admite muchos adjetivos y toda clase de discusión sobre los adjetivos, sin perder su sello de urgencia.

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