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11 jun. 2016

Lo binario, lo democrático y el peligro que enfrentamos

La “normalización” neoliberal tiene un problema clave a resolver que es la extirpación del virus del populismo kirchnerista, que volvió a sacudir al peronismo convertido desde la reconquista de la democracia electoral en un “partido del orden”, y que llegó a ser el arquitecto de la dura etapa de reconversión neoliberal del país en las mismas huellas que abriera la dictadura cívico-militar. Así, el concepto de lo binario retorna para darle nombre al proyecto de “normalización política” de la Argentina.


La condena de lo binario –como la que hace Ricardo Rouvier en estas mismas páginas ("El estrecho sendero de Macri")-  tiene un explicable prestigio. Es una precaución contra la reducción simplista de la mirada sobre experiencias complejas como son las sociedades modernas. El juicio contra lo binario suele estar acompañado de una mirada crítica sobre lo que se considera una exagerada “ideologización” de la realidad que terminaría desconociendo los matices, las contradicciones y obstruyendo una mirada más realista del mundo en el que vivimos.

En los años noventas se puso de moda la idea posmoderna del fin de los grandes relatos. Es decir la decadencia de las grandes filosofías de la historia, muy en particular del marxismo, después de que la caída del muro de Berlín desatara la implosión del mundo socialista hegemonizado por la Unión Soviética. En nombre del fin de los relatos se construyó uno nuevo, que se colocó en el lugar de una nueva verdad de época: el relato de un mundo sin conflictos centrales, una política reducida a la administración de los asuntos públicos sin otro horizonte que la “gobernanza” a favor del dominio del gran capital global. Fue una orgía de despolitización que en la llamada ciencia política encontró una paradójica animadora. Sistemas de pocos partidos que no polarizaran sus posiciones, estímulo de los grandes consensos interpartidarios, apaciguamiento sistemático de los conflictos. Claro que estas dulces verdades tomaron la forma de una alternancia insípida donde los partidos de oposición criticaban al gobierno para ganarle las próximas elecciones y hacer desde el gobierno lo mismo que mereció esas críticas. Ese era el “sistema político”. Fuera del sistema, fuera de los consensos quedaba la revuelta inorgánica para la que se utilizaba el certero recurso de la represión violenta. En Bolivia los partidos pactaban caballerosamente mientras el país se incendiaba en la guerra del gas y del agua. En Argentina justicialistas, radicales y progresistas se sucedían pacíficamente y gobernaban sistemáticamente a favor de las corporaciones; las rebeliones de los excluidos eran salvajemente reprimidas, desde Cutralcó hasta la Plaza de Mayo. En Brasil funcionaba muy bien el institucionalismo liberal dejando millones de hombres y mujeres en la más completa exclusión. ¿Qué tiene de extraño que después de esas violencias soterradas bajo el discurso del pluralismo y los consensos, nuestros países entraran en un período de conflictividad y polarización política? La única alternativa después de la tremenda crisis del consenso de Washington hubiera sido que en lugar de polarización se hubiera llegado a un estado de violencia anómica generalizada, imposible de canalizar políticamente.

Hoy se vuelve sobre el tema de lo binario para darle ese desgraciado nombre a un fenómeno que no lo merece. En nombre de lo razonable, lo pragmático y el rechazo al ideologismo se le abre paso a un proyecto de “normalización política” de la Argentina. Se procura reconstruir un peronismo normal, convocando en ayuda de ese objetivo una narrativa histórica muy discutible según la cual el peronismo fue siempre un garante del sistema, una clave de la gobernabilidad pacífica aún cuando detrás de ese noble objetivo anidara el salvajismo social y la violencia política. Se mezcla de un modo no muy claro los conceptos. Negociar con el macrismo es, de por sí, una virtud pragmática, inalcanzable para los binarios. Resistir los atropellos inéditos que en pocos meses se desataron contra los sectores más vulnerables del país equivale a un brote de neurosis ideológica cuya finalidad parecería ser el caos, con el objetivo de sacar ventajas de su emergencia. Lo que está ocurriendo no es ninguna sorpresa. Fue alertado durante toda la campaña electoral por quienes fuimos acusados entonces de poner en marcha una campaña del miedo y hoy somos los binarios contumaces. Dijimos y seguimos sosteniendo que hay dos proyectos antagónicos de país entre nosotros. Eso no quiere decir que haya que cerrar el Congreso y resolver violentamente el conflicto. No fuimos nosotros los que designamos jueces de la Corte por decreto. Ni los que por la misma vía derogaron la ley de servicios de comunicación audiovisual, la más discutida y protagonizada de nuestra historia y una fuente de inspiración para los auténticos demócratas de todo el mundo. La idea de que hay dos proyectos no parece tan difícil de comprender ni tiene nada que ver con una visión binaria de la política. Reconoce el pluralismo y la complejidad. No excluye sino que presupone el diálogo, el acuerdo y las alianzas políticas. Lo único que hace es reconocer una frontera política, un parteaguas. Y no es una frontera muy distinta de la que establecen los documentos del papa Francisco sobre lo que él considera la enfermedad de una civilización que está amenazando la propia preservación de la especie humana y del planeta en la que se desarrolla.

La “normalización” neoliberal tiene un problema clave a resolver. Es la extirpación de un virus, el virus del populismo kirchnerista. Que volvió a sacudir al peronismo, convertido desde la reconquista de la democracia electoral en un “partido del orden”, que llegó a ser el arquitecto de la dura etapa de reconversión neoliberal del país en las mismas huellas que abriera la dictadura cívico-militar. Y que en el nuevo siglo se ofrecía como el garante del orden y la gobernabilidad después del derrumbe de 2001. Lo principal del kirchnerismo no fueron los superávit gemelos ni el orden de las cuentas públicas. Ciertamente Néstor Kirchner fue un gran pragmático y un gran calculador. Pero su pragmatismo y su cálculo se centraban hasta la obsesión en el empleo, en el consumo popular, en una visión soberana del país. El proyecto no es una suma de instrumentos. El proyecto es un rumbo, es una concepción del país y de su lugar en el mundo. Y desde esa concepción, los instrumentos de la acción política se van decidiendo de modo concreto y práctico, tal como lo hizo Cristina, cuando después de planteado el gran conflicto con las patronales agrarias adoptó el rumbo de la profundización estructural del rumbo iniciado en 2003. Claro que no se completó ninguna revolución en la Argentina. Claro que siguió habiendo pobreza (menos que antes y menos que después) y gente sin empleo (menos que antes y que después) e injusticias (menos que antes y que después). Claro que no se produjo la “revolución industrial” que nos preservara –hasta cierto punto, claro- de las crisis globales del capitalismo. Pero se puede sospechar que es por el camino de los últimos doce años como se puede avanzar en esa dirección y no de la mano de un gobierno “modernizador” cuya primera medida fue fortalecer a la república sojero-financiera con miles de millones de pesos más para sus negocios.

Para terminar, creo que los que están poniendo en riesgo la democracia no son los intendentes ni los activistas sociales, ni los periodistas binarios que denunciamos lo que está pasando. Lo que la está poniendo en riesgo es una política brutal de empobrecimiento, de exclusión social, de degradación ideológica y cultural, de vergonzosa colocación de la nación como mendicante internacional, como arrepentida de sus gestos de soberanía, como militante entusiasta de la causa de la homogeneización neoliberal del mundo. Creo que oponerse a ese rumbo, construir un amplio frente que esté en condiciones de frenar esa brutalidad no es ideologismo ni binarismo. Ni mucho menos golpismo calculador. Es una manera de pensar la democracia y una manera de mirar el país.

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